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SáBADO 30 DE NOVIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22928 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Blanco y negro
Nuestra nobleza chapiolla

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Eduardo Enríquez
eduardo.enriquez@laprensa.com.ni

Yo estoy claro que el problema de los megasalarios en las altas esferas gubernamentales es cultural o sociológico. No importa a quién pongamos en la Presidencia o en el gabinete siempre va a ser lo mismo. Tal vez por aquel dicho de que el que reparte y comparte agarra la mayor parte.

Examinemos bien este fenómeno que afecta por igual a somocistas, sandinistas, chamorristas, arnoldistas y ahora bolañistas. En todos los casos los salarios han sido astronómicos —y que no salten los sandinistas porque a los ministros de ese régimen el presupuesto les daba todo—. Pero ¿por qué?

Creo que se debe simplemente a que nosotros tenemos confundido un concepto clave. O sea, lo que en cualquier democracia bien entendida se conoce como un “servidor público”, definición que en esos sistemas se aplica desde el presidente hasta el más humilde de los empleados estatales. Aquí ese término no existe.

Los grandotes en Nicaragua son “funcionarios”, “señores ministros” o “excelentísimos presidentes”, “honorables magistrados y diputados”, y todos acompañados de esos curiosos y bien pagados personajes conocidos como los “asesores”. Y la razón, como la justifican esos “megasalarios”, es que todos aquí tenemos la impresión de que esas personas, sólo por el cargo temporal que ocupan son consideradas una versión chapiolla de la más rancia nobleza europea.

Sólo hace falta ver la reverencia con que nosotros, la plebe que contribuye con sus impuestos a los lujos de la nobleza, estamos supuestos a reaccionar ante la presencia de “tan alto dignatario”.

Para la “dignidad de su cargo” esta persona necesita —además de recibir un salario que anda entre 7,500 y 13,700 dólares— conductores, camionetonas, no importa que el ciudadano haya manejando su propio vehículo toda su vida, antes de ser ordenado al menos caballero de la corte. Y no olvidemos las correspondientes becas para los brillantes hijos del cortesano.

Esto sin contar meseros, asistentes, secretarias —todos con celulares— y el resto de “beneficios” que conlleva ser parte de la nobleza chapiolla.

A partir de 1990, que es desde cuando se pueden discutir estas cosas sin ser acusado de diversionismo ideológico, la nobleza chapiolla de turno ha usado el argumento de que esos ministros y funcionarios ganarían más dinero estando en el sector privado. Mentira. Sobran los dedos de una mano para contar los casos en que eso es cierto.

Pero ahora están diciendo que “nada se gana con reducir los salarios de los ministros”. Otra mentira, porque sí se podría comprar un poco más de medicina por ejemplo, pero ése no es el punto. El punto es que este es un país paupérrimo, cada centavo cuenta y supuestamente es una democracia, donde los servidores públicos llegan, hacen su trabajo, se les remunera y se van, pero en ningún lado dice que tienen que salir millonarios o con grandes mansiones —que es lo que empiezan muchos a construir casualmente hasta que llegan a ser nobleza chapiolla— y en muchos casos pierden cuando dejan de serlo.

Y por último, si en realidad estos señores y señoras fueran tan geniales y brillantes como para ganar esos salarios tan desproporcionados con la realidad nacional ¿estaría el país en las carnes que está?

Voy a ser generoso, un salario que además de sincero fuera real, no debería pasar de $6,000 dólares para el presidente, y de ahí para abajo. Son servidores públicos en un país paupérrimo, no miembros de la corte de su Majestad Británica.  
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