Cuarta generación de chinos comunistas
Emilio Álvarez Montalván
Se creyó en un tiempo que el desplome de la URSS traería consigo el fin del comunismo como sistema de gobierno. Fue esa una verdad a medias, porque si bien el materialismo histórico y la lucha de clases han sido puestos de lado como instrumentos de análisis, el componente dictatorial y la violación de los derechos humanos, típicos del marxismo leninismo permanecen vigentes, como lo prueban China Continental, Viet Nam, Cuba y un puñado de países africanos.
Esta apreciación fue confirmada una vez más con el desarrollo y resultados del 16 Congreso del Partido Comunista Chino que reunió a 2,000 delegados y que se celebró la semana pasada en Beijing. Esta vez ha habido un relevo generacional tranquilo, negociado tras bastidores sin que en ningún momento interviniese la voluntad popular. Surgió así la cuarta serie consecutiva de dirigentes de la China comunista, iniciada por Mao Zedong en 1949, seguida por Deng Ziaoping, (1978), Jian Zemin (1997) y ahora por Hu Jintao quien accede al Secretariado General del poderoso Comité Central. La clave es que el mecanismo de sucesión es el tradicional, o sea que quien deja el mando (por muerte o edad) escoge a su sucesor.
Esta vez la situación es algo diferente porque Hu Jintao asciende después de diez años como miembro del Comité Central, al que fue promovido por su protector Jiang Zemin y también porque éste logró conservar su influencia, colocando allegados en el Politburó y tener así a su ahijado bajo control. Al mismo tiempo desplazó a su rival Lui Ruihuan, un franco reformista, mientras que Jiang retuvo su cargo de jefe del Ejército al ser ratificado como presidente del poderoso Comité Militar del Partido
Por lo demás, es evidente el progreso alcanzado por China Continental al lograr multiplicar por ocho su producto económico en 25 años, ingresar a la Organización Mundial de Comercio, mantener relaciones normales con Estados Unidos y recibir de éste el trato de nación más favorecida.
Pero no obstante esos éxitos, China comunista prosigue su política agresiva, al hostigar permanentemente a Taiwan su pacífico vecino. Deberían reconocer los nuevos gobernantes chinos que países pequeños como Luxemburgo cuyo territorio formó parte de Francia, goza ahora de completa soberanía e independencia, lo mismo que Andorra y San Marino.
Por otro lado, todavía está vivo el recuerdo de la masacre perpetrada por el Ejército en la plaza de Tiannanmen al asesinar a 5 mil estudiantes en 1989. Hay que señalar, finalmente, que aires capitalistas están penetrando en el régimen chino al reconocerse a las “fuerzas productivas de avanzada”. Aunque éstas no son genuinas se aceptan como propietarios de fábricas privatizadas que tendrían sitio en el Politburó. Son cambios tímidos, que aún no presagian el surgimiento de un líder reformista como Gorbachev, que corrija el estatismo y el irrespeto a los derechos humanos. La pregunta es si un país de un billón de habitantes y grandes tensiones sociales sumergidas, podrá mantener el prolongado statu quo de rechazo a la democracia.
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA. 
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