Una vida que hay que cuidar
Ernesto González Valdés egonzav@uam.edu.ni
Hace unos días recibí la llamada de un amigo, cuya madre de visita en nuestro país, le llamaba mucho la atención observar en más de una vez cómo padres de familia, mamá o papá, cuando llevaban a los niños o niñas a la escuela, sobre todo del nivel preescolar, a pesar de existir los andenes la persona adulta, caminaba de una manera totalmente despreocupada con la criatura —de 6 a 8 años— o simplemente circula por la calle, e inclusive de espaldas al tráfico vehicular.
Le comenté que ya en varias ocasiones había escrito en la presente columna sobre la educación vial, sin embargo me insistió, reflexioné y lo consideré necesario escribir una vez más, ¿por qué? simplemente porque debemos convencernos todos que la educación tiene que ser sistemática y en este caso repetir hasta la saciedad, porque el objetivo en este caso es prevenir, en vez de lamentar.
Recuerdo una anécdota, contaba un familiar, que un amigo suyo, persona profesional, recta, responsable, con mucha experiencia en el arte de manejar, se dirigía a su trabajo temprano en la mañana. Posiblemente faltarían doscientos metros para llegar a parquear, casi frente a la escuela, lo evidenciaba la cercanía, los padres de familia que junto a sus hijos caminaban en la misma dirección del vehículo.
Cuando el profesor se trasladaba lentamente de una manera innata, moviéndose entre los transeúntes, ocurrió un grave percance. Una mamá llevaba a su niño agarradito de la mano, conversaban, ambos sonreían, de pronto el niño se zafó de la mano que le servía de asidero, para tomar de la propia calle un objeto que le llamó la atención, al tratar de hacerlo tropezó y cayó debajo del automóvil del docente.
El tiempo pareció detenerse, muchas personas movieron su cabeza al compás del ruido seco de las llantas, la madre al ver al niño bajo las llantas, palideció, enmudeció, se llevó las manos a la cara. ¿El profesor? Vio como el niño tropezaba y de pronto desaparecía, su sistema nervioso reaccionó en cuestiones de segundos, diría de microsegundos.
Las manos del conductor–profesor se quedaron pegadas al timón, quería que la tierra lo tragase, la tensión iba en aumento, alrededor de él se iban acumulando madres que gritaban, otras le cubrían los ojos a los otros niños. Para él no sólo la vida del menor había concluido, sino también la propia.
De pronto el tiempo volvió a detenerse, cuando todo indicaba que esa noche habría muchas personas enlutadas, hogares tristes, y de una manera inocente Carlitos —dicen que era el nombre del niño accidentado— salió debajo del auto, casi como si saliese del escondite, nervioso, su cuerpo temblaba, no sabía si llorar o reír, se puso de pie, tambaleándose aún no recuperado del susto, y al ver a su mamá llorando, se dirigió a ella, gritando ¡mamá, mamá, estoy bien!
¿Un consejo? Después de leer este artículo, hoy cuando vaya a buscar a su hijo, o mañana cuando lo lleve, por favor, agárrelo bien. 
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