Managua antigua
José F. García D.
El nicaragüense es amistoso, hospitalario y fraterno, y con los extranjeros a veces hasta se exceden. En la Managua de antaño, en los vecindarios de la ciudad las personas se trataban como si eran miembros de una sola familia; cada habitante se mantenía pendiente de lo que le acontecía al vecino, compartían las alegrías y las tristezas.
Cuando alguien se enfermaba, al siguiente día todos preguntaban cómo amanecía, y le ofrecían su ayuda llevándole algún cocimiento, ungüento o pomada, así como también celebraban juntos los días de sus santos, cumpleaños, bautizos o fiestas con sus correspondientes regalitos.
Cuando moría un vecino, los habitantes del barrio se presentaban a la casa de los deudos con sus condolencias y para acompañar a la familia tanto en la vela como en el entierro, ayudando, además, con café, cigarrillos y otros servicios .
Cuando un vecino cambiaba de domicilio se despedía de sus amigos y se ponía a la orden en su nuevo hogar. Asimismo, cuando llegaba al barrio una nueva familia los residentes la visitaban y les ofrecían sus servicios. Era costumbre bien arraigada hacerse regalos recíprocos de vez en cuando, como comidas caseras, frutas, golosinas y dulces.
Para temporada de Semana Santa no faltaban en el vecindario los regalos del legendario curbasá y los almíbares, y para Navidad, los vecinos asistían juntos a la Misa del Gallo y muchas veces compartían la santa cena, sin faltar la sabrosa sopa borracha.
Así transcurría la vida tranquila y sosegada de los vecinos de la Managua de antaño, conservando una amistad sincera y fraterna que hacía que todos los parroquianos se trataran con el cariño y mutuo respeto que tanto nos hace falta hoy. 
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