Apologética a la Madre Universal
Franklin Bordas Lowery lowery@cablenet.com.ni
¿Comprendemos que María es madre y primera apóstola de Jesucristo?... ¿que ni siquiera San Pedro, o San Juan o Santo Tomás, ni uno solo de los apóstoles pudo conocer con profundidad al Dios-Hombre sino su madre, que lo acompañó desde el alumbramiento hasta su muerte y resurrección?...
“Jesús hace ya días que tiene los ojos preocupados. Le noto que me huye la mirada cuando nos quedamos solos. Y habla de cualquier cosa sin parar, porque sabe que si hace un segundo de silencio, yo le haría la pregunta que él teme. Sabe que no he olvidado las palabras de Simeón, y que sigo teniendo la espada bien adentro. ¿Puede acaso una madre olvidar que su hijo caerá crucificado entre el amor y el odio?” Páginas del Diario de la Virgen 1963.
Como toda madre, Maria lo cubre con sus brazos y lo arropa, lo entibia, y le canta para que aquel niño —Dios viviente—, alcance la seguridad de cualquier recién nacido. Como cualquier mamá, le da su alimento, se preocupa ante su llanto de infante, permanece atenta cuando gatea, y luego, cuando sus primeros pasos. Cuando balbuceó nuestro Señor sus primeras palabras, y le salieron sus primeros dientes; en las primeras e inevitables caídas de pequeño, allí estaba María su madre, perseverante y tenaz, protegiendo al rey de reyes, cuyo misterio le fue revelado por Gabriel, el ángel enviado por Dios.
María Santísima, no parece ser una madre diferente a las madres de hoy y de siempre. No parece diferenciarse mucho de una madre nicaragüense en cuanto al celo en el cuido y protección de su niño. Al caminar María por las calles de Nazaret con su niño —nuestro Dios vivo— como cualquier mamá, sosteniéndolo en su regazo, nadie imaginaria en esos momentos que aquella mujer era la escogida por Dios para ser madre del redentor, y que cargaba al Señor Jesucristo en sus brazos, al mismísimo Dios en la Tierra.
María, madre de las madres, reina de los cielos, esposa del Espíritu Santo, hija de Dios y madre de nuestro Redentor “quien formó al jefe de los predestinados (cf. Col 1,18) que es Jesucristo”. ¡Mater Graciae¡, Madre de la Gracia, se le llama a María, porque sólo ella ha hallado gracia delante de Dios, tanto para sí misma, como para cada hombre en particular (Lc 1,30). María dio el ser y la vida humana al autor de toda gracia; “ni los patriarcas, ni los profetas, ni ningún santo de la antigua ley pudieron hallar esta gracia” (El Secreto de María, San Luis de Monfort).
“Así como en el orden natural hace falta que un niño tenga un padre y una madre, así también en el orden de la gracia hace falta que un verdadero hijo de la Iglesia tenga a Dios por padre, y a María por madre”, continúa diciendo San Luis de Monfort.
María sin embargo no era una madre cualquiera, era una madre llena del Espíritu Santo de Dios. Podemos entender que ella conocía perfectamente el poder de su hijo Jesucristo, pero su misión era apoyarlo, y guardar los secretos que le fueron confiados. Una madre que conocía por revelación divina, del trago amargo de la cruz de su hijo, que habría de sobrevenir. Y era sólo por el poder del Espíritu Santo, que nuestra madre adorada, calladamente ya soportaba la cruz.
El Santo de Monfort escribe: “no hay ni habrá jamás creatura alguna en que Dios manifieste tanto sus perfecciones externas e internas, como en la divina María, sin excepción ni de los bienaventurados, ni de los querubines, ni de los serafines más altos en el mismo paraíso. María es el paraíso de Dios”.
María estuvo siempre respaldando a su hijo, como las madres nicaragüenses lo hacen también. María se angustió al extraviarse su hijo para luego de tres días de afanosa búsqueda, ser encontrado en el templo. También las madres de hoy sufren el extravío de sus hijos, en un mundo cada vez más engañoso y llamativo, y luchan con angustia y terquedad amorosa, un reencuentro. Las madres Marías, transigen con el sufrimiento de sus hijos.
María Santísima es la madre por antonomasia. Madre de Madres. Hija de Hijas también. El ejemplo más grande a seguir para buscar la perfección de madre. Alegría máxima y sufrimiento por un hijo. La primera apóstola. Ella dijo: —Hagan lo que Él dice— (bodas de Cannan).
¡Feliz y mil veces feliz en la tierra es el alma a quien el Espíritu Santo revela el secreto de María, para que lo conozca, a quien abre este huerto cerrado (cf. Ct 4,12) para que entre en él, esta fuente sellada, para que en ella saque y beba a largos sorbos, las aguas de la gracia!, San Luis de Monfort.
En el Día de la Madre pido a María que interceda ante su hijo nuestro Señor Jesucristo, para que la alegría y la paz sea derramada con abundancia en todas las madres de Nicaragua, y que ese amor en Jesús su hijo, pueda replicarse, sea edificador y de bendición para toda la gran familia nicaragüense.
El autor es escritor. 
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