Mujer y madre para siempre
En todas las culturas del mundo la madre ocupa y ha ocupado siempre el lugar central en la familia, y por lo tanto en la sociedad, inclusive donde es y cuando ha sido subordinada.
En nuestra cultura occidental de raíces greco-romanas la madre es el símbolo de la purificación y del bautismo del hombre, pues sólo en ella se concibe, se gesta y viene a la vida. Pero también por ancestros indígenas concedemos a la maternidad un valor superior, pues no en balde la deidad principal de nuestros antepasados aborígenes era una madre (Cipaltoval), creadora del cielo, de la tierra y de todos los hombres.
En realidad, si partimos del criterio de que la maternidad es función exclusiva de la mujer, necesariamente tenemos que deducir que sus cualidades se manifiestan a plenitud únicamente cuando se convierte en madre; y que la maternidad, además de ser una función natural, es también y al mismo tiempo una elevada misión educadora y moral.
Sin embargo, actualmente una de las discusiones más intensas es la que sostiene, por un lado, que la maternidad es sólo un hecho esencialmente biológico derivado de que las mujeres pueden concebir, gestar y dar a luz una nueva vida; y por otra parte, la que plantea que la maternidad es fundamentalmente una construcción cultural, y que por lo tanto la mujer debe romper el yugo de la subordinación doméstica de madre y asumir roles hegemónicos en la organización, el desarrollo y la conducción de la sociedad.
Lo cierto es que el concepto de maternidad ha cambiado mucho a lo largo de la historia y en términos generales de manera positiva. Con la evolución del género humano también ha progresado el concepto acerca de la maternidad y del rol social de la madre. De modo que a estas alturas son pocas las personas que siguen creyendo que parir con dolor es una maldición divina contra toda mujer, que el único quehacer de ésta es procrear y cumplir las obligaciones derivadas de la maternidad, y que su mundo tiene que ser únicamente la crianza de los hijos y la realización de las labores domésticas.
En el siglo XX —llamado también el Siglo de la Revolución de los Derechos Humanos—, las mujeres en general y las madres en particular lograron el reconocimiento de sus principales derechos naturales y sociales. Sin embargo, como bien lo dijo Voltaire (Francois Marie Arouet, 1694-1778): “la justicia cuando es llevada demasiado lejos puede transformarse en injusticia”, y en algunos aspectos la emancipación de la mujer y la reivindicación de los derechos de la madre han sido conducidas a exigencias extremistas.
De manera que ahora se pretende imponer de hecho y de derecho, a toda la sociedad, “nuevos” conceptos ideológicos de que la maternidad y la familia son construcciones culturales de carácter social que aparecieron en una determinada época de la historia humana, que se han modificado en el transcurso del tiempo y que deben transformarse radicalmente en nuestra época, e inclusive desaparecer.
Por eso es que se dice con inusitada frecuencia y con un gran ascendiente sobre los medios de comunicación masiva, que la madre no sólo es la mujer que alcanza ese grado máximo de su realización fisiológica, psicológica, espiritual y moral, sino cualquier persona hombre o mujer, a partir de la tesis de que tampoco hay sólo un tipo de familia —la que se funda en la unión de hombre y mujer— sino diversas clases de familias que se forman sobre la base de uniones homosexuales o de cualquier otra índole.
Pero el reconocimiento de los derechos individuales de la mujer, su igualdad social, política y jurídica, así como su dignidad humana plena e integral; y el respeto a las opciones sexuales de cualquier persona que siendo biológica y físicamente hombre y mujer no acepta pertenecer a su propio sexo, de ninguna manera puede llevarnos a aceptar que la familia no debe fundarse más en la unión de hombre y mujer y en la sagrada función de la maternidad.
La verdad es que aceptar esa proposición no sería progreso, sino retroceso a formas de promiscuidad sexual y social que hace mucho tiempo fueron superadas por el desarrollo de la civilización, de la cultura y de la moralidad humana. 
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