A todas las madres
Ivette Mendoza de Urroz yvette@vcn.bc.ca
¡Oh! madre mía quiero darte gracias en este día, cuánta pena, cuánto dolor y cuántas alegrías, pasaste cuando me cargabas día a día.
Cuando el día de dar a luz se acercaba, ya tu vientre no aguantaba. Luego, el momento llegó y qué gran dolor sentías. Desde el primer momento que me viste, todo tu corazón derramaste y me lo diste.
Hacia tus pechos me acercaste y me envolviste con tu calor. Contemplabas mi pequeño cuerpo con un inmenso amor.
Yo me sentía seguro, quieto y protegido, aunque tú me mirabas completamente dormido.
Con paciencia, el lenguaje de mi llanto entendiste, y a través del tiempo a tu fruto viste creciendo. Una nueva relación y entendimiento fue naciendo.
¡Oh, madre mía!, a todas las madrecitas queridas. Tu papel de madre ya existía antes del Paraíso de Edén. Dicen que allí pecaste, y por eso algunos te miran con desdén.
Tú eres como la tierra que te mostró su fertilidad. Esa misma tierra que ama a su fruto con mucha lealtad. Sí, sí, así ama esa madre con toda sinceridad. Sale a mirarlas a todas ellas con grandiosidad. ¡Mira el fruto de tu tierra! ¡Mira el fruto de tu vientre!
Sin sus presencias no hubiera frutos, ni hombres en esencia, tampoco esa parte maternal y femenina que te aparta de la indolencia. Hombre, hijo acoge humildemente esa otra parte que te pertenece, de esa mujer y madre que de allí vienes. ¡Oh madre mía! ¡a todas las madres muy queridas! tú que obedeces el papel que te dio el Creador, y al igual que tú, madre, la luna, la tierra, la hembra Él las hizo con amor. 
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