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LUNES 27 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22741 / ACTUALIZADA 1:30 am
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El antídoto contra el fracaso

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Ernesto González

Creo que para ninguno de mis lectores: profesores, maestros, estudiantes, jóvenes, población en general, es un secreto que mi columna se nutre de experiencias que me suceden en las clases.

El hecho que les relataré, ocurre cada año cuando se inicia un curso escolar, sobre todo con los estudiantes que ingresan por primera vez a la universidad (bien sea regular, donde predominan los alumnos recién graduados, el turno nocturno o aquellos que estudian el fin de semana), y a estos últimos deseo referirme.

Los estudiantes de sábado o domingo, proceden de diferentes lugares, y fundamentalmente son estudiantes trabajadores, pero que a su vez tienen la característica —casi en un 50 por ciento— que por un motivo u otro, se reintegran a la universidad después de dejar de estudiar por algunos años.

Un estudiante recién graduado, sin haber repetido algún año de estudio ni en primaria ni en secundaria, debiera ingresar a la universidad con unos 16 ó 17 años. En estos grupos la edad promedio oscila entre 20-22 años ¡y cuidado!

¡Buenos días! La mayoría respondió el saludo, día domingo 8 de la mañana, el local ocupado por más de 40 estudiantes deseosos de aprender y de quitarle tiempo al tiempo, y dentro de cinco años, recibir su diploma como ingenieros. Muchos con rostros que denotaban el esfuerzo de madrugar para llegar a tiempo a clases.

Ese día correspondía clase práctica, una de las modalidades como forma de organización de la enseñanza, en que el alumno defiende a capa y espada toda una serie de ejercicios entregados de antemano, que abarcan los contenidos de una serie de conferencias, previamente impartidas.

Pensará el lector, ¡qué fácil! Preparo los ejercicios en casa, con apoyo de mi cuaderno y el libro de texto (diría el mejor estudiante), pero el estudiante que viene sufriendo un período de desorientación, pensando que la universidad es una continuidad de la enseñanza media, refleja en sus resultados de las evaluaciones un saldo negativo, y a la semana de haberse integrado al Alma Mater, este joven comienza a darse cuenta que este juego realmente es al duro.

Ese día de marras, busqué mi lista, y en el momento que iba a seleccionar a alguien para iniciar la clase, se levantó una mano: era una joven que de manera muy respetuosa me solicitaba que un criterio del colectivo es que ellos no se encontraban preparados para enfrentarse a la evaluación. Frase célebre y esperada cada año.

Ellos reclamaban que en las conferencias habían entendido de manera satisfactoria la información, pero ya aplicarla —para lo cual se requería de muchos datos— no les era posible, y preferían ser honestos y por supuesto con ello tratar de que el corazón se me ablandara. Pero no lo lograron del todo, cambié la mecánica de la clase, dejé que los mejor preparados participaran, por supuesto éstos salieron bien, y pasaron a comprobación escrita, y aquí salieron mal.

Moraleja: El factor cambio de enseñanza-edad, no es un factor negativo para aquel que se esfuerza. Estudiar mucho más, aunque el tiempo escasee, es el antídoto adecuado.

egonzav@uam.edu.ni  
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