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LUNES 27 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22741 / ACTUALIZADA 1:30 am
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Saboreando buenos precios

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Este viernes pasado, en el Salón de Convenciones del Hotel Intercontinental Managua, se llevó a cabo un evento extraordinario: 23 caficultores nicaragüenses fueron premiados por un jurado internacional que determinó que el café producido por ellos es de una calidad tan superior, que los hace merecedores de recibir el prestigioso premio conocido como “La Taza de la Excelencia”.

Pero aparte del reconocimiento honorífico, hay algo aún mucho más importante: los lotes de café que ellos presentaron al concurso —en el que participaron 285 productores nacionales— serán vendidos en una subasta pública a realizarse por Internet el primero de julio de este año. Los compradores en esa subasta serán tostadores de países desarrollados interesados en proveer a sus consumidores un café de la más alta calidad posible. Por su parte, el precio más bajo que recibirán los productores será de 125 dólares por quintal, pero, con la posibilidad de recibir precios mucho más altos todavía, lo que hace que el negocio —si tomamos en cuenta el precio internacional actual, que anda escasamente por los 50 dólares— no esté del todo mal. Sin embargo, estoy seguro de que más de alguno por ahí se quejará de que el concurso ha beneficiado solamente a 23 productores y que muchos otros miles no se beneficiarán. Eso es parcialmente cierto, lo cual, sin embargo, no le resta validez al evento. Veamos.

En primer lugar, el concurso y la subasta están sirviendo para que el mundo sepa que en Nicaragua hay caficultores que producen cafés de excelente calidad. No hay duda de que los 23 ganadores estarán de ahora en adelante en mejor posición para comercializar sus cosechas futuras. Pero como la buena calidad del grano es una función de la altitud de la finca, del tipo de suelo, del microclima, y de las buenas prácticas culturales, así como también del tratamiento después de cortado, resulta entonces muy probable que los productores ubicados en la misma zona de los ganadores, se den cuenta de que ellos también pueden resultar beneficiados si se esfuerzan en producir y comercializar mejor, o sea, en ser más empresarios. No tienen por qué ser lo que en economía se conoce como “tomadores de precio”, sino que pueden y deben convertirse en “buscadores de precio”.

En el evento de premiación tuve oportunidad de conversar con algunos amigos que el año pasado manifestaron su desacuerdo con un artículo mío titulado “Réquiem por el café”. Me preguntaron que si lo que estaba presenciando esa noche me hacía cambiar de opinión. Les respondí que todo lo contrario, que más bien sentía que el concurso de “La Taza de la Excelencia” me reafirmaba en los conceptos que expresé el año pasado, porque en esa oportunidad lo que dije fue que la actividad cafetalera, tal como la habíamos conocido en Nicaragua por más de un siglo, había llegado a su fin, pero que eso no significaba que la caficultura debía desaparecer de nuestro país, y que lo que tenía que hacer era transformarse, desarrollando marcas, industrializándose, haciendo alianzas estratégicas, y buscando nuevos esquemas de comercialización, entre otras cosas. Y si algo vi esa noche, fue, precisamente, un modo de comercialización nunca antes visto en Nicaragua. ¡Enhorabuena! ¡Estamos aprendiendo!

Pero, ¿y el resto de los caficultores? Bueno, la tasa de crecimiento de la demanda en el mercado tradicional se mantiene por debajo del crecimiento de la oferta, lo cual garantiza la permanencia de precios bajos por un período de tiempo imposible de definir. Hay que tener claro, además, que el mercado de los cafés especiales —que es el que paga buenos precios— es todavía un mercado relativamente pequeño, aunque la demanda en el mismo esté creciendo a una tasa muy superior a la tasa de crecimiento de la demanda del mercado tradicional. Eso hace impensable que la totalidad de la cosecha nicaragüense —y ni siquiera una parte substancial de ella— pueda venderse en él, de forma tal que muchos de los productores que por cualquier razón no puedan producir para el segmento más sofisticado del mercado, tendrán, muy probablemente, que dedicarse a otra actividad.

Me es grato haber presenciado un merecido reconocimiento al esfuerzo inteligente, a la calidad, y a la excelencia, algo a lo que, queramos o no, tendremos que acostumbrarnos en cualquier actividad productiva en la que nos involucremos, si es que queremos vivir y progresar en este mundo irremisiblemente globalizado. Mi reconocimiento, entonces, a los organizadores del evento y a los productores que han demostrado que ¡sí se puede!

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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