Uribe: duro, abstemio y adicto al trabajo
EFE
Bogotá.-Álvaro Uribe Vélez, un abogado a punto de cumplir 50 años, se ha proclamado el domingo el presidente electo de Colombia, con un porcentaje del 53 por ciento de los votos.
Por primera vez desde que se estableció el sistema de doble vuelta en la elecciones entre los dos candidatos más votados, en 1991, un candidato consigue el triunfo en la primera votación al alcanzar la mayoría absoluta.
Disidente de su partido, el Liberal, este ex gobernador de Antioquia, ex congresista, antiguo alcalde de Medellín, su ciudad natal, y practicante de yoga, ha sido y se ha considerado, desde siempre, como un triunfador, pese a tener fama, también, de ser un “hombre duro” y representante de la extrema derecha.
Él lo niega y prefiere hablar de autoridad y de firmeza democráticas, pero con un discurso belicista y sin concesiones a las guerrillas.
Desde sus aulas en la secundaria, en la universidad, en los distintos cargos y escaños ocupados, ha sido un líder nato, un calculador al que difícilmente se le escapa la sonrisa.
Todo indica que Uribe no será un presidente cualquiera: será el gobernante que ha llegado al más alto cargo del país sin el apoyo directo de su partido y al que, decenas de políticos, al ver su ascenso, “llegaron a su campaña como moscas a la miel”, según decía una publicación.
El ascenso de Uribe Vélez hacia la jefatura de Estado ha sido meteórica y sorpresiva, ya que hace poco más de un año tan sólo alcanzaba el 5 por ciento en intención de voto; en noviembre del año pasado comenzó a repuntar y a acercarse a su principal contrincante, Horacio Serpa, candidato oficial del Partido Liberal.
Pero fue a partir de enero de este año cuando comenzó a subir en las encuestas y alcanzó su cenit en marzo, cuando se acercó al 60 por ciento.
En este espectacular aumento influyó, sin duda, la ruptura del proceso negociador de paz entre el gobierno de Pastrana, y la principal guerrilla del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y la terrible ofensiva rebelde subsiguiente.
Su discurso, casi monótono, pero firme y de autoridad, caló entre los colombianos, hartos de una situación cada vez más deteriorada en cuanto al conflicto armado, sin contar con lo económico, insistiendo en que había que recuperar la legitimidad y la autoridad del Estado frente a los actores armados.
Pero detrás del político duro y calculador, está un enamorado del campo que procura pasar la mayor parte del tiempo posible en una finca cerca de Medellín o en otra, dedicada a la ganadería, en el departamento de Córdoba, en el noroeste del país.
Austero, no bebe licores, siente una verdadera pasión por lo caballos y comparte al máximo con su mujer, Lina, una filósofa, y con sus dos hijos, Tomás y Jerónimo, de 20 y 18 años, los pocos momentos libres.
Quienes lo conocen de cerca aseguran que “es un adicto al trabajo”, un perfeccionista, mesurado, calculador, de memoria prodigiosa para recordar detalles, nombres, citas y cifras, y muy madrugador. 
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