La caída del Procurador
La brusca destitución del Procurador Especial en los casos del Canal 6 de Televisión y las notas de crédito de la DGI, doctor Alberto Novoa, se ha percibido públicamente como un indicio de que el gobierno del presidente Enrique Bolaños comenzó a ceder en la lucha contra la corrupción.
Por otro lado, dicha destitución pareciera indicar también que el gobierno se ha doblegado ante las presiones de los obispos de Nicaragua, pues se produjo inmediatamente después de que Novoa hizo una declaración contra Coprosa, la ONG de la Iglesia Católica que ha sido involucrada en algunos supuestos actos irregulares de los muchos que se habrían cometido en el gobierno anterior. “Coprosa existe y uno de sus deberes es presentar sus libros de contabilidad. Está disimulando cómo actúa. Y para mí los efectos presentes en este caso son de engaño para constituir una estafa”, aseguró Novoa un día antes de ser abruptamente despedido.
Ahora bien, es lógico que la ciudadanía reaccione a favor del ex procurador especial Novoa, pues éste se convirtió en una especie de héroe nacional después de acusar y lograr que se enviara a la cárcel a varios ex funcionarios involucrados en los casos del Canal 6 y la DGI, incluyendo al poderosísimo Byron Jerez. En realidad, tanto Novoa como la juez suplente Gertrudis Arias —quien fulminó con auto de prisión a los acusados por el fraude en el Canal 6— se convirtieron en virtuales paladines de una sociedad hambrienta de justicia y liderazgo y moralmente desolada por la tremenda corrupción que hubo en el gobierno anterior, que hasta fue institucionalizada con un pacto entre el PLC y el FSLN.
Sin embargo, la explicación que dio el gobierno por medio del Subprocurador General de Justicia, doctor Francisco Fiallos, es que Novoa no trabajaba en equipo y que hablaba en público más de la cuenta, a título personal pero comprometiendo el criterio de la Procuraduría. Fiallos también desmintió que la destitución de Novoa se hubiese debido a las presiones de la jerarquía católica, y aseguró que la lucha contra la corrupción no se va a detener.
Si la explicación de Fiallos es veraz o no, sólo con el tiempo se podrá comprobar. Lo que sí es cierto es que ningún procurador —ni fiscal, juez, magistrado o contralor— debe andar hablando de todo con cuanto periodista se encuentra en el camino, pues por la naturaleza de sus responsabilidades públicas ellos deben ser discretos y declarar sólo lo indispensable. Sin embargo, lo que hacen tales funcionarios es todo lo contrario, o sea que actúan igual que los políticos profesionales y aficionados que siempre tratan de llamar la atención, padecen el “síndrome del figureo” y opinan sobre todo —aunque no sepan de nada—, para hacerse notorios y atraer votos en las siguientes elecciones.
Al respecto, el ex procurador especial Novoa reclamó su derecho constitucional de opinar, siendo Procurador, sobre el caso de Coprosa y cualquier otro asunto. Pero no es cierto que los funcionarios públicos, y sobre todo los encargados de procurar y administrar justicia, tengan el mismo derecho irrestricto a la libertad de expresión que tienen los ciudadanos comunes y corrientes, quienes sólo son limitados por el derecho de los demás y por las penas con que la ley castiga los abusos. El funcionario público tiene que someterse a un régimen de incompatibilidades legales, políticas y éticas, que han de ser respetadas escrupulosamente, y si esto no le parece debe renunciar al cargo que se le ha confiado.
Precisamente por eso es que ha llamado la atención que al ex procurador Novoa lo destituyeran supuestamente por lo que dijo de Coprosa, y sin embargo no hicieron lo mismo con el procurador general Oscar Herdocia, quien actuó exactamente igual con respecto al caso del doctor Francisco Mayorga y la quiebra del Bancafé, y reivindicó el mismo derecho constitucional que después reclamó Novoa.
La verdad es que hay mucha turbiedad en este asunto, y el presidente Enrique Bolaños debería explicar públicamente, con toda franqueza, honestidad y claridad, qué es lo que está pasando. De otra manera la credibilidad de la que tanto se ufana se va a terminar más pronto de lo que él mismo puede suponer. 
|