Rechazan favoritismos
Mario Sánchez P. mario.sanchez@laprensa.com.ni
En el penal de Tipitapa se está viviendo una realidad inverosímil, surrealista: por un lado, millares de reos pagan condenas apiñados en celdas donde duermen en camas de concreto, sin agua, con energía eléctrica racionada, que “agarran puntería” en un hoyo en el piso para hacer sus necesidades fisiológicas, según relatan los familiares de “los reclusos pobres”.
Por el otro están los reos del “Galerón de los Ricos”, que tiene capacidad para 20 personas, pero sólo guarda a Byron Jerez y a doce presos más de los enjuiciados por robos en los bienes y recursos del Estado, que tienen condiciones similares a los de un hotel de regular categoría.
Según los familiares de los reclusos pobres, Byron Jerez tiene una empleada que lo cuida y le prepara sus alimentos.
Rosario Gaitán, directora del Sistema Penitenciario Nacional, no quiso referirse al tema durante la visita que hizo a la cárcel de mujeres La Esperanza, ubicada en la entrada de Ticuantepe, donde acompañó a doña Lila T. de Bolaños. “En este momento no voy a hablar de ese tema”, respondió a una periodista de LA PRENSA.
CERRADO PARA UNOS, ABIERTO PARA OTROS
Las visitas autorizadas al penal de Tipitapa son programadas sólo para sábados o domingos, en cambio, los presos ricos reciben visitas a cualquier hora y día, de parientes, amigos y “socios” que entran en sus “camionetonas” o carros de lujo.
En cambio, los familiares de los restantes 3,055 reos de La Modelo deben caminar cargando las bolsas de alimentos desde el parqueo ubicado a unos 200 metros de la aguja, donde son sometidos a una rigurosa revisión.
En ese trayecto se observan las romerías de viejitas, viejitos, esposas o hijos que cargan los “barcos”, grandes bolsas plásticas con alimentos, cigarros, papel higiénico, jabón, shampoo, pasta dental, cepillos, chinelas, etc.
Quienes viven este martirio cada semana dicen sentir indignación y coraje de que mientras a ellos se les ponen inimaginables restricciones para entrar, a los familiares de los reos “de cuello blanco” prácticamente les “abren” la cárcel para llegar cuando quieran.
Los entrevistados dijeron que si reos como Byron Jerez quieren tener una cárcel de lujo, que se comprometan a mejorar al menos un pabellón o galería del penal o que pague el mejoramiento del galerón de visita, para que sea un lugar digno.
PROTESTEMOS
Algunos de los consultados creen que deberían hacer una protesta para mostrar su inconformidad:
Mary Ruth Centeno, que llegó a ver a su esposo Santos Raúl Navarrete, condenado por el robo de una pistola que había recibido prestada de un amigo, dijo que la población debería protestar por las exageradas comodidades que se le permiten a Jerez y compañía, porque “su cárcel la está mejorando con los mismos recursos robados al pueblo”.
Ella se quejó de que mientras su marido aguanta hambre porque les dan una pequeña ración, duerme en una cama de concreto y no recibe atención médica, a Jerez le permiten hasta una empleada para que le cocine y lo cuide en la cárcel.
Narcisa Selva Marenco dijo que su marido, cuyo nombre no reveló, tiene que “agarrar puntería” porque en la cárcel no hay inodoro, y que el hoyo donde los reos defecan es lavado hasta que termina el racionamiento del agua, porque el penal recibe un bajo presupuesto del Estado.
Edwin Antonio Murillo Cruz, de Ciudad Sandino, llegó a visitar a su papá que fue condenado a tres años por lesionar a una persona durante un accidente de tránsito. Denunció que su padre, que tiene 60 años, está muy enfermo porque duerme en el piso y se ha agravado porque la prisión se moja durante la lluvia.
“El pueblo debe levantarse en protesta. Esto no debe permitirse. La ley debe ser pareja”, expresó, al comparar las condiciones en que se encuentran los 3,055 reos, con las de Byron Jerez y los otros doce acusados de corrupción.
TODOS IGUALES, ¿O NO?
“Deben pagar en iguales condiciones sus condenas. Ellos también son reos y no huéspedes de un hotel. Esto da coraje. A nosotras no nos dejaron pasarle ni una almohada, ni un radito de audífono”, dijo una joven que acompañaba a la anciana Luisa Amanda Moreno, que llegó a visitar a su nieto el día que cumplía año y medio de una condena de cinco. 
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