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DOMINGO 26 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22740 / ACTUALIZADA 02:00 am
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El Limón: No brilla todo lo que es oro

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.La Mina El Limón es un pueblo minero en decadencia, donde enfermedades como la silicosis, tuberculosis e infecciones de las vías respiratorias y urinarias son tan comunes como la gripe. Los pobladores trabajan a trescientos metros de profundidad en una compleja red de tres kilómetros de túneles. Aunque el poblado tiene energía eléctrica, transporte escolar y hasta una canasta básica gratis, el costo que sus habitantes han pagado es alto. Tiene que ver con la vida misma.

En medio de cerros casi secos por el intenso calor de verano, el poblado de Mina El Limón se destaca por el verdor de la vegetación que sus habitantes han plantado.

 

Orlando Valenzuela
Reportaje y fotografías
orlando.valenzuela@laprensa.com.ni

Si usted pasa en verano por las polvorientas calles del poblado minero de El Limón, difícilmente imaginará que bajo sus pies, a más de 300 metros de profundidad, centenares de hombres, provistos de máquinas excavadoras, libran una dura batalla para arrancar de las entrañas de la tierra uno de los metales más preciados y codiciados desde tiempos inmemorables: el oro.

La Empresa Minera Tritón S.A., de capital canadiense, es la que desde 1994, después del proceso de privatización, explota el oro de la vieja Mina El Limón, que empezó a operar desde 1944. Durante más de medio siglo, centenares de miles de onzas del valioso metal brillante ha salido del subsuelo donde en la actualidad viven más de 13,000 personas, las que de una u otra forma llegaron a esta zona motivados por la actividad minera, de la que aún muchos dependen.

Pero lejos de forjarse una fortuna, los habitantes de El Limón llegaron para quedarse alrededor de la mina que ahora, al agotarse sus reservas, amenaza con convertir a este caserío en un pueblo fantasma, donde la sífilis, la tuberculosis y las infecciones renales acabarán con los viejos y jóvenes que se resistan a buscar otras opciones de vida.

Al igual que ocurrió con otros pueblos mineros, en El Limón, su población tampoco se benefició con los impuestos que durante tantos años generó la explotación de sus recursos naturales, pues basta recorrer sus calles y ver alrededor los cuadros de miseria que exponen muchas de sus casas.

La empresa minera admite que, efectivamente, las reservas se están agotando, pero asegura que tiene un millón de dólares en exploración para continuar operaciones. De todos modos, pide a sus trabajadores buscar opciones en la siembra de hortalizas y otros productos agrícolas para sobrevivir cuando las reservas se agoten totalmente.

Aunque el oro existe en el subsuelo, en El Limón no existen güiriseros, ya que el metal se encuentra a gran profundidad y en terreno muy duro, contrario a la zona de Chontales y del llamado Triángulo Minero, donde la población “lava” este brillante metal en los ríos cercanos.

A pesar de esta limitación, la población de El Limón ya hizo de este lugar su hogar definitivo, pues aquí no sólo han nacido sus hijos y muerto muchos de sus fundadores, sino que además, la pobreza los obliga a vivir aquí, ya que en su mayoría no tienen otro lugar adónde ir.

Por eso, mientras la empresa minera siga funcionando y los mineros sigan trabajando, en el pueblo siempre habrá fiestas los días de pago, los bares estarán llenos y los billares estarán alegres para unos, mientras que para otros cada día que pase, será uno menos en el calendario que señala el momento del fin de lo que por mucho tiempo fue la Mina El Limón.

UN MINERO LUCHADOR

Hace 52 años, don Domingo Alfonso Sirias salió de su natal Acoyapa rumbo a la Mina El Limón, con la intención de hacer buenas ventas, ya que su olfato de buhonero le indicaba que este era un lugar apropiado para comerciar.

Jamás se imaginó que en ese viaje encontraría a la mujer de su vida y que se quedaría a vivir en este lugar por más de medio siglo.

Desde que llegó, don Domingo se olvidó del negocio y empezó a trabajar en la empresa minera, donde por poco llega hasta las puertas del infierno, pues como minero le tocó bajar a los subterráneos, donde la temperatura era de hasta 70 grados centígrados.

“Nosotros trabajábamos ‘a la bruta’. Yo usaba una ‘moleta’, que era una máquina para taladrar el cerro”, cuenta don Domingo. “El horario de trabajo era de ocho horas diarias, pero nos hacían trabajar hasta seis horas más en condiciones insalubres, violentando las leyes, hasta que en 1976 hicimos una huelga y logramos, además del primer convenio colectivo y un aumento salarial, reducir la jornada laboral de ocho a seis horas en el subterráneo, conforme la ley. Ese fue un triunfo para los trabajadores”, recuerda con doble satisfacción, ya que en ese entonces él era uno de los principales dirigentes sindicales.

Don Domingo, que vive en la misma casa que compró hace más de cuatro décadas, refiere que cuando él empezó a trabajar en la Mina Santa Pancha, a sólo cuatro kilómetros de El Limón, laboraban más de 1,400 personas y sacaban unas cuatro mil onzas de oro mensuales, en cambio ahora, con menos de cuatrocientos trabajadores sacan hasta ocho o nueve mil onzas al mes.

A pesar de haber contribuido con su trabajo a extraer miles de onzas de oro de las entrañas de la tierra, la vida de don Domingo, al igual de la de todos los pobladores sigue transcurriendo en la misma miseria, pues como ya es un decir común en este lugar, “donde hubo oro, sólo pobreza y enfermedades quedan”. “Dejamos la juventud en esos hoyos”, se lamenta.

MISERIA Y ENFERMEDADES: HERENCIA DEL ORO

En la Mina El Limón, al igual que ha ocurrido en otros lugares donde se ha explotado el oro, la población siempre ha padecido de enfermedades que son como propias de esta actividad, incluso, algunas ya son llamadas “el mal del minero”, como la silicosis y la tuberculosis.

Sin embargo, en este poblado minero, después de más de medio siglo de explotación y procesamiento del oro, sus habitantes están seguros de que la mayoría de sus males de salud están relacionados no sólo con el trabajo minero, sino también con el hecho de vivir cerca de la planta procesadora del preciado metal.

Según datos del Hospital “Doctor Roberto Cortés Montealegre”, la infección renal ocupa el primer lugar como causa de muerte entre la población, y como prueba de este padecimiento, durante el primer trimestre de 2001 se reportaron 395 casos de infección de vías urinarias, y para este año 2002, en el mismo período, se registraron 385 casos.

Otras enfermedades que también afectan a la población son la amigdalitis, que el año pasado registró 534 consultas en el centro asistencial, en cambio, en el primer trimestre de este año la cifra bajó a 520 consultas de la misma afección.

También son preocupantes los datos estadísticos que señalan que durante todo 2001 setenta personas llegaron a consulta al programa de tuberculosis, y de éstas 14 fueron ingresadas, y dos de ellas murieron por este mal. En lo que va de este año, ya se registran veinticinco consultas, pero hasta el momento ninguno ha salido positivo.

La doctora Ana Velásquez Maravilla explicó que las causas de la infección renal se pueden encontrar, entre otras, en que existen problemas de alcoholismo en el lugar y a la calidad del agua potable que consume la población, la que al parecer tiene muchos elementos.

En similares términos se expresó Oscar Dávila, Gerente Administrativo de la Empresa Minera Tritón S.A., quien afirmó que la transnacional no contamina el medio ambiente, y que en el caso del agua, ésta es una microempresa que administra la Alcaldía, que trae el agua desde siete kilómetros por tuberías, pero que este líquido contiene mucha concentración de calcio, que es lo que probablemente esté afectando a la población. Agregó que la empresa minera tiene una clínica médica que atiende a sus trabajadores.

En todo caso, mientras no se encuentre la verdadera causa de los problemas que afectan la salud de los pobladores, unos le seguirán echando la culpa al agua potable, mientras otros pensarán que todo es parte de las enfermedades que la actividad minera le deja a la población.

UNA HISTORIA COMÚN

Sentado en una banca de tablas que usa como respaldo las paredes de su casa, don Héctor Olivas luce preocupado por el estado de salud de su esposa, dos de sus hijos y de él mismo, pues todos padecen de la misma enfermedad: infección renal.

Don Héctor tiene 55 años, de los cuales 32 los pasó como fontanero de la Mina Santa Pancha. Su trabajo consistía en instalar las tuberías de agua y aire para las máquinas que operaban en los pozos subterráneos, donde la temperatura llegaba hasta los sesenta grados centígrados.

“El agua en los subterráneos salía hirviendo de las paredes, como fuentes termales que emanaban bastante vapor y que hasta casi no nos dejaban ver, además, todo el día inhalábamos aire contaminado, como ahora, que aunque la gente no trabaje en la mina, con sólo vivir en el pueblo le afecta porque está aspirando ese polvillo que lanza la mina”, aseguró.

La preocupación de don Héctor es mayor cuando recuerda que su padre, también minero, murió hace seis años de silicosis, enfermedad muy común en este tipo de actividad productiva.

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