Nuestra Gente - Cosas Veredes Sancho Amigo
Don José Santos Bonilla, el hombre de tres siglos
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 | En el corredor de su casa, sentado en una silla de lona, muy elegante y de gran pierna cruzada, encontramos a don Chepito, albañil de profesión, incansable lector, genial autodidacta, a quien le gusta plantear problemas difíciles a los que dicen que saben |
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Desde este cuerpo humano, 102 años os contemplan. Don José Santos Bonilla, un gran conversador. |
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Mario Fulvio Espinosa
Hace algún tiempo, por utilizar la palabra “anciana” para referirme a una dama de 65 años, se generó una refrescante controversia entre el que esto escribe y dos amigos dilectos: los periodistas Manuel Eugarrios y Ricardo Trejos. Reclamaban los colegas que una persona de 65 años no merece llamarse “anciana o anciano”, porque tiene enteras sus facultades físicas e intelectuales, y que ese calificativo se debe aplicar a gente que ha dejado atrás la tercera edad, cuando ya no coordina a cabalidad sus pensamientos.
La discusión no fue estéril, pero a mí me dejó traumatizado. Desde aquel día me volví escrupuloso con el tratamiento dado a los humanos provectos, en grado tal que ya no utilizo esos términos y prefiero hacer un rodeo cauteloso para obviarlos.
Esos complejos los aventé al charral cuando me vi frente a don José Santos Bonilla, el patriarca de Potosí, departamento de Rivas. Nacido en noviembre de 1900, a este varón de tres siglos ni le va ni le viene que le digan viejo, y si no vean el agallaje que tomé para lanzarle la pregunta inicial.
Don José, usted ya va sobregirado. ¿Qué siente al tener tantos años?
Pues amigó, aquí estoy por la voluntad de Dios, las cosas son como son y no como uno quiere. Y no me despido porque el que mucho se despide pocas ganas tiene de irse.
¿Qué se debe hacer para llegar a su edad?
Bueno pues, para eso es necesario ser honesto en todo y no meterse en problemas. Donde no te llamen no metas la jeta. No se trata de ser santo, pero es mejor “machete ‘tate’ en tu vaina no vayas a vaina ajena”.
LA VEJEZ LLEGA CUANDO LA EDAD CANSA
¿Y cuántos años más piensa vivir usted?
¡A saber! Aquí estoy, “paradito” por la voluntad de Dios”, puedo andar, pero no mucho porque me canso, usted sabe que la edad ya es cansancio. Ya a los ciento dos años un hombre no debe hacer mala cara a la vejez, porque ese es un mal que no tiene cura. Nací en 1900, terminando el Siglo XIX, viví todo el siglo XX y voy por el XXI.
Pero se mira bien y está muy sano...
La verdad es que sin enfermarse uno se puede morir. Mejor es decir que estoy regular, duermo bien, como bien, y al mal tiempo le pongo buena cara.
¿Qué recuerda de aquellos tiempos de su juventud?
No existían los adelantos que hay ahora, decían que en esos tiempos los perros se amarraban con bandas de chorizo, pero eso es un decir. Aunque todo era barato y las cosas valían menos que centavos.
Viví casado 46 años con la esposa que ya tiene seis años de muerta, pero una vez me caí, me llevaron al hospital y el médico recomendó que me dejaran aquí, al cuido de mi hija. Así regresé a Potosí.
Cuando gobernaron los conservadores las monedas eran soles de plata, ya en tiempos de Zelaya nuestra moneda tenía buen respaldo en los bancos europeos y hubo bastante comercio. Después de las guerras de Zelaya vino la Guerra de Mena de 1912 y se sufrió de hambre en esta zona, yo era un niño, pero recuerdo cuando Benjamín Zeledón se atrincheró en El Coyotepe y los yanques y conservadores lo atacaban desde el cerro La Barranca.
Zeledón tuvo que huir hacia Masaya y dicen que lo capturaron por la salida a Catarina y que ahí lo mataron.
¿Cómo eran las costumbres de los jóvenes de ese tiempo, cómo enamoraban a las muchachas?
Eran las mismas de ahora porque el amor no ha cambiado. Si le caés bien a la mujer vas en directo, si le caés mal no hay pasada aunque seas el mejor poeta o escritor de cartas. Porque antes se enamoraba por cartas y tenías que escribirlas muy bien para no hacer el ridículo.
Los jóvenes de antes estaban más dispuestos a recibir consejos de los viejos, pero mi padre tenía un dicho que decía: “El agua y el consejo cuando se pidan”, y al que se creía muy machito y suficiente no le decían nada. Al fin que pocos son los que aceptan consejos.
¿Y usted que estilo tenía para enamorar muchachas?
¡Ja! Eso no lo puedo decir. No es un secreto, pero volvemos a la misma, cuando le caés bien a la mujer con poco que digás caés ensartado. Se conquista fácil. Si no, ni que digás los mejores discursos. Yo tuve una mi mujer que me ocasionó dudas, pero mi abuela me decía que era cuestión de la gente, no fui muy mujerero. En asuntos de amor la vida es un camino que tiene muchos altibajos, también hay que andar algún tiempo en la sombra para poder conocer la luz.
También lo siento un poco filósofo.
Es que mi abuela me aconsejaba mucho. Y se enseñaba con “decires”, y cuando eras rudo y no entendías decían: “No hay que pedir peras al olmo”, dando a entender que dentro de la cabeza sólo teníamos agua, como el coco.
También es que llevábamos una vida trabajada y sufrida, así que aprendíamos mucho de esas cosas que sirven para llegar a la vejez tranquila... Sin arrepentirse mucho de lo vivido, más bien agradecidos a Dios y a su voluntad.
Éramos muy bien mandados, pero ahora yo veo que las madres y los padres andan por cualquier lado, lejos de los hijos. ¡Qué capaz que nosotros no hiciéramos caso... nos arrodillaban y nos daban con la coyunda, y después teníamos que dar gracias a Dios por el castigo!
También había mucho temor a Dios y temor a otras cosas sobrenaturales que se inventaban para asustar a los vagos. Se hablaba de los aparecidos, de los duendes, ceguas, micas brujas, almas en pena y del mismo Satanás, pero al mal encaminado no le hacían mella estas cosas, como ahora que ni la Policía sirve para asustar a los maleantes.
En esa vida tan larga, ¿cuál ha sido su mayor alegría?
Cuando cumplí cien años también vinieron los de LA PRENSA. Eso me alegró mucho, pero la vida es un amargo reír y también es como el malinche, que después de las vainas vienen las flores.
¿Y su mayor tristeza?
Las tristezas vienen de la inconformidad, la muerte de mi mamá y haber quedado moto, pero he procurado aplicar mucha paciencia a la vida, que es como un mal inevitable, y al mal que no tiene cura hay que hacerle buena cara.
LA COMIDA, UN GUSTO Y NO UN SACRIFICIO
¿Qué hizo usted para lograr vivir tanto?
Bueno, en la costa del lago dicen que comer coco y pescado es importante. Y aquí dicen que el cacao es un gran alimento. Eso comía junto con un montón de cosas. Es que antes aquí todo era barato. También se comía mucha carne, cuando era a centavo la libra. No había dietistas y se comía de todo, lo más que podía darnos era un empacho. Pero yo veo que ahora se vive de dietas y de dietistas, y la gente se preocupa mucho y la comida ya no es un gusto sino un sacrificio.
Comía mucha carne porque cuando llegué aquí traía un lote de 45 reses, y mi hermano puso un destazadero, yo estaba en mi charco. Aquí como me ve, nunca he estado en un hospital. Gracias a Dios no me enfermo mucho.
¿Usted se echaba sus traguitos cuando estaba joven?
A veces, pero no tanto. Hay hombres que son fieras, pero yo no, muy moderadito, muy moderadito. Nada de borracheras.
Pero dicen que era tremendo para el sexo...
¡Je, je, je!, no me ponga en entredicho. No era como se dice un gallo en gallinero. Pero tuve tres novias. En verdad mi vicio fue la lectura. Tenía dos cajones llenos de libros que se los di a la biblioteca que se llamaba Benjamín Zeledón. Además, era visitante asiduo de ese lugar. Sé más por los libros que por la escuela. Sé más que muchos que se bachilleran y no saben ni preguntar una cosa. Y a esos bachilleres yo les hago preguntas y no saben qué contestar. La enseñanza de mis tiempos era mejor que la de ahora. Aquí había un excelente profesor que se llamaba Ernesto Guerra.
El otro día me puse a inventar con la gramática y pude hallar diez nombres que tienen todas la vocales, tal vez si vuelve se los enseño.
Y qué le parece... A mí me condecoraron como ciudadano notable de Rivas al concluir el siglo XX, esa fue una distinción que me hizo Panchito Mayorga cuando se trató de premiar a los personajes históricos de Nicaragua. Se hizo una gran fiesta, y recuerdo que unos sacerdotes me regalaron una estampa de la virgen de Guadalupe.
EN PAZ CON EL PRÓJIMO
A pesar que don José es un hombre de tres siglos, aún no precisa de anteojos para leer.
Tenía una colección de LA PRENSA que databa de 1945, pero se le perdió en cierto momento.
También pudo tener una colección de “Selecciones”, “¡pero la misma vaina, alguien se la llevó!”
Su mejor deseo al terminar la entrevista fue que: “Quiero seguir viviendo en paz con Dios y con mi prójimo”. 
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