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LUNES 20 DE MAYO DEL 2002 / EDICION No. 22734 / ACTUALIZADA 1:30 am
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La Carta Pastoral

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Jorge Salaverry*

Una cuidadosa lectura de la más reciente carta pastoral de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, y la petición que recibí de algunos amigos para que la comentara, me motivaron a escribir este artículo. Quiero dejar claro, para evitar cualquier suspicacia, que ni mis amigos ni yo somos anticatólicos o anticlericales, sino todo lo contrario: somos católicos que amamos y respetamos a nuestra Iglesia y sus pastores, por lo que he de confesar que me senté a escribir estas líneas sintiendo un poco de tristeza y de pena en mi corazón, pero convencido también del derecho que tengo de hacerlo.

La carta pastoral hace algunas recomendaciones de orden político y moral que considero válidas y oportunas. Señala, por ejemplo, la necesidad de sanear el sistema judicial y de proponer como candidatos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia a “personas que se hayan distinguido por ser honestas, responsables y respetuosas al derecho a la vida”. Igualmente considero apropiado su llamado a combatir la corrupción con sinceridad e imparcialidad, así como el recordatorio para que los cristianos no tengamos miedo de anunciar la verdad.

Pero ella contiene también una recomendación política y una acusación con las que muchos fieles no estamos de acuerdo. Veamos, en primer lugar, la recomendación política. La pastoral señala la necesidad de “superar las heridas del pasado... mediante la concertación y el consenso de los nuevos responsables de gobierno con las demás fuerzas políticas...” De esa frase deduzco —dadas las circunstancias políticas actuales— que nuestros pastores están sugiriendo que el presidente Enrique Bolaños cese su lucha contra la corrupción y que se siente con el diputado Arnoldo Alemán a limar asperezas y a ponerse de acuerdo para gobernar el país. Es casi como pretender la creación de una presidencia bicéfala, o peor aún, supeditada al ex presidente Alemán, lo cual es algo que a muchos nos parece inaceptable.

En segundo lugar, la acusación. Nuestros obispos culpan a los medios de comunicación de hacer creer que hay corrupción cuando, por lo visto, a su juicio, no existe. A esa conclusión llego después de leer un párrafo que dice: “Tantas veces se dice y se repite la misma frase que se termina asimilando y creyendo que las cosas son así como la presentan”. Pero, además, los señores obispos acusan a los medios de comunicación de estar dirigiendo las circunstancias mediante el ejercicio de algo que ellos llaman “manipulación dominante”. Confieso que nunca antes había escuchado esa expresión, pero creo, si no me equivoco, que no es más que un eufemismo para decir que los medios de comunicación están mintiendo.

Sin embargo, lo cierto es que muchos católicos creemos que los medios de comunicación han realizado un excelente trabajo para sacar a luz la evidencia de la corrupción que los delincuentes, por razones obvias, han tratado de mantener oculta. Tengo presente en estos momentos una frase que el dueño de un conglomerado noticioso de los Estados Unidos —al reconocer la gran labor que los periodistas de su país han realizado en la lucha contra la corrupción—dijo: “Las cucarachas huyen de la luz, y los medios de comunicación pueden, ciertamente, proveer esa iluminación”. Creo, sinceramente, que la prensa nicaragüense ha proveído iluminación en abundancia.

Lo anterior no quiere decir que quienes disentimos de la opinión de los obispos no estemos conscientes de que a veces se abuse deliberadamente en algunos reportajes. Incluso, es posible detectar burdas mentiras en algunos medios poco serios y carentes de profesionalismo. Pero lo que contiene la pastoral de nuestros obispos no es un juicio mesurado y equilibrado de la labor periodística en lo que se refiere a la lucha contra la corrupción, sino una implacable condena que, a mi juicio, no se justifica del todo. Soy un convencido de que en la lucha en contra de ese mal endémico, los medios han hecho mucho más bien que mal.

Por otro lado, aunque el juicio político de nuestros pastores no sea infalible, los fieles tenemos siempre la obligación de darle seria consideración a sus propuestas, conservando, por supuesto, el derecho a disentir cuando no estemos de acuerdo con ellas. El Concilio Vaticano Segundo urge a los laicos a participar activa y responsablemente en la conducción de los asuntos temporales y en la vida de la Iglesia, y aunque hay múltiples formas de hacerlo, considero que, la expresión respetuosa y sincera a nuestros pastores de lo que creemos y pensamos respecto a sus posiciones políticas, es una de ellas.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.
jorgesal@cablenet.com.ni  
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