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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE MAYO DE 2002
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Versiones y Visiones: oralidad y comunicación política

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Carlos Midence

Yo oír humo de pescado frito
Derzu Uzala

Es significativo que este texto de Guillermo Rothschuh Villanueva, quien es uno de los mejores estudiosos del fenómeno de las comunicaciones en nuestro país, Versiones y Visiones, plantee de entrada el conflicto entre las formas orales-escriturarias y visuales de comunicación. El título nos ofrece la clave de “ver” (visiones) la realidad o el contexto como un sensorio dirigido por la imagen, y las versiones como las otras formas de entender esta misma realidad.

En el texto se pueden leer, al menos dos propuestas, signadas por los estudios de la Comunicación: el acercamiento de las culturas orales y audiovisuales (incluida la escritura) y la presencia de la comunicación política como nuevo elemento de la llamada democracia mediática.

Pese a que su propuesta ahonda en el sentido de la visualización de las formas (aun la cultura letrada es dependiente de la vista como máximo sensorio) o mejor dicho, en lo que Eliseo Verón llama el cuerpo de las imágenes, el autor no resiste introducir un escrito (¿crónica, relato, caso, acontecimiento?) titulado “Un retrato merecido”, en el que tensiona las relaciones o los cruces entre las diversas formas comunicativas estudiadas en la obra.

Por ello podríamos decir que su propuesta alcanza los influjos de Sartori, del mismo Verón (estudio sobre la mediatización política en Francia). No obstante, cuando introduce la crónica antes mencionada provoca una ruptura con éstos, pues en la obra de Sartori (Homo Videns) apenas se da crédito a la escritura como oposición a la imagen. Rothschuh, en Versiones y Visiones, planta a la oralidad como proceso suficiente de comunicación (aunque no siempre sea así).

Podríamos entrar, partiendo de esta premisa, al conflicto de construcción de un Estado-nación moderno, cuando la sociología contemporánea establece que la grafía (letra) es elemento necesario para tal efecto. De esto parten las estadísticas en cuanto a los niveles de alfabetización, escolaridad, y en cuanto a usos de documentos en asuntos burocráticos. Sin embargo, Rothschuh nos acerca a la oralidad como una función de la que sobresalen diversas ramificaciones funcionales. ¿Acaso el cine (el cuerpo de las imágenes por excelencia) no se vale en muchas ocasiones de la oralidad de un narrador en off para fortalecer su propuesta?

La crónica de Rothschuh imbrica todos estos supuestos. Su personaje —Héctor Nistal— es alguien que maneja muy bien la cultura letrada al menos desde el punto de vista con que fue creada, necesitada diría Gordon Childe, la de registrar, estar al servicio de la administración: “gerente en Antigua de los transportes turísticos que nos han traído de ciudad Guatemala” (55). Acusa, por lo tanto, el personaje Nistal, una hibridez en cuanto a los procesos de comunicación. Se da, dentro del contexto de la crónica, una especie de reacomodo sensorial en el cual sobresalen el aspecto acústico y la fascinación por el lenguaje oral. Nistal se vincularía a los grandes maestros de la palabra oral: Sócrates, Pitágoras, Jesús, y a las diversas culturas orales mesoamericanas de las cuales, según la misma crónica, es un orgulloso descendiente. ¿No es también la propuesta coroneliana de la Historia como diálogo, conversación?

Esta valoración de lo oral, en la obra de Rothschuh, es una recuperación de las interacciones entre un texto visual (escrito) que a la postre se “oraliza” al ser leído y una oralidad que se vuelve grafía, se “escrituraliza” (Walte Ong, en Oralidad y Escritura). ¿No son la Odisea, El Fausto y más cerca de nosotros el Popol Vuh y los cuentos de caminos, ejemplos clásicos de esto?

En cuanto al imaginario político y su vínculo con lo massmediático, el autor va al asunto del contacto y la puesta en juego del cuerpo (presencia-imagen) como productor de sentido o, en otros casos, de códigos o semiótica. Para Rothschuh se da entre ambas narraciones (medios y política) una negociación que podríamos denominar comunicación política.

Entonces lo que caracteriza a la forma visual de comunicación es la absolutez confiada a la imagen. De ahí el éxito en cuanto a la construcción de un imaginario sociocultural establecido y reforzado por la televisión. No es gratuito el análisis de la telenovela, presente en la obra, que valora a ésta como un discurso melodramático, popular y masificado que apela al gusto del pueblo y que construye imaginarios a través de sus caracterizaciones. En este sentido es que Rothschuh vislumbra una mediatización de las prácticas colectivas en Nicaragua, esencialmente en cuanto a la política y dentro de ésta, el aspecto electoral. Se acerca al sentido y a la categoría de telerrealidad acuñado por Muniz Sodré cuando dice en la página 32 “que lo que no se ve no existe”.

Para el autor la mediatización de la sociedad nicaragüense conlleva a una traducción de códigos y configuraciones de un universo simbólico-televisivo como sistema estratégico: “Nos guste o no, los medios son a la vez, mediaciones y actores políticos”, dice en la página 64. Es decir, estamos frente a la democracia audiovisual (Verón). El cuerpo (presencia, imagen) como significante y economía de la información. ¿No está también la economía de los objetos de la que hablaba Baudrillard?

No obstante, una de las premisas más significativas en lo que respecta a la interacción política-medios, dentro de la obra, es la que le adjudica a la narración mediática la carga de controladores sociales de primer orden. Además, el libro también funge como un ejercicio de reconstrucción histórica mediatizada, refrendando la apuesta de Lefebvre de observar los periódicos como elementos fundamentales en materia historiográfica. Es una obra que ve los medios sin ceder las viejas narraciones.

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