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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE MAYO DE 2002
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Conciencia y afirmación: el desarrollo de la literatura escrita por mujeres en América Central

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Nicasio Urbina

Hablaré de la literatura escrita por mujeres en América Central. Noten que evito el adjetivo “femenina”, porque tal demarcación, a mi juicio, implica una serie de valoraciones que desde el siglo XIX han señalado la literatura dirigida a un público femenino, versus unos textos dirigidos a un público masculino, y cuya última consecuencia la vemos en las clasificaciones “light” para la literatura. Me interesa aquí la literatura escrita por mujeres y, sobre todo, quiero señalar, aquella literatura que escrita por mujeres, escoge como espacio de enunciación la interioridad de la mujer, y que contempla en su mirada la escena de la colectividad femenina. La tesis que he venido a presentar hoy propone que la literatura escrita por mujeres establece en la literatura centroamericana un espacio propio, autónomo, consciente de una serie de desigualdades y dispuesta a enfrentarlas a partir de finales de los cuarenta, principalmente en Costa Rica, y que a lo largo de los sesenta, setenta y ochenta se da una afirmación importantísima de este “locus”, principalmente en Guatemala y luego en Nicaragua, hasta llegar a este año en curso, donde es evidente la madurez y la firmeza de este corpus literario en todos los géneros literarios, y donde este Primer Congreso de Escritoras Centroamericanas es producto y reflejo de esa madurez. Tengo confianza en que habrá muchos más, y que año con año la producción literaria de las mujeres siga aumentando, se siga leyendo y se siga estudiando. ¿Pero cuándo empieza esa toma de conciencia del espacio enunciativo de la mujer en América Central? A mi juicio es en “La ruta de su evasión” (1949), de Yolanda Oreamuno, que tenemos por primera vez una novela que narra el mundo desde el punto de vista de una mujer sometida al patriarcado, dominada por la estructura familiar de padres e hijos despóticos. Este acto narrativo es un acto de apropiación, que abre espacios para la narratividad femenina, para la enunciación de su ser, en su “ser” y en su “existir”. Evento sumamente importante para el desarrollo de una literatura escrita por mujeres. Porque ¿cómo escribir, desde dónde, cómo ser mujer que escribe?

La historiografía literaria nos demuestra que luego viene una serie de escritoras de gran calidad y profundidad filosófica, entre las que debo mencionar a Luz Mendes de la Vega, Alaíde Foppa, Margarita Carrera, Eunice Odio, Claribel Alegría, Carmen Naranjo, Gloria Guardia, Michele Najlis, Ana María Rodas, Gioconda Belli, Rosario Aguilar, Rigoberta Menchú, Tatiana Lobo, todas las organizadoras de este congreso, todas las escritoras aquí presentes y las que no están. Este congreso es prueba fehaciente de la fuerza que la afirmación de las escritoras centroamericanas tiene actualmente. Esta lista está lejos de ser exhaustiva, y los nombres ausentes son tan significativos como los que he mencionado, pero he privilegiado esa enunciación, porque me parece que cada una de ellas contribuye en una forma fundamental a la conscientización de una subjetividad femenina literalizable, y a la afirmación de esa subjetividad como espacio de enunciación del discurso literario.

No hay duda que antes de Oreamuno había escritoras valiosas en América Central, tanto la novela, como el cuento y la poesía, habían logrado ya creaciones importantes y dignas de mención, pero es con “La ruta de su evasión” (1949) que la novela centroamericana asiste a la disección irónica y profunda del mundo patriarcal, desarticulando las estructuras cognoscitivas y de poder de la sociedad, estableciendo el inconsciente de la mujer como el espacio privilegiado desde el cual se ponen a prueba los mecanismos patriarcales de la familia y de la sociedad. Esta perspectiva, este espacio, esta escena, no será comprendida plenamente en su momento. Oreamuno murió siete años más tarde, y muchas de sus novelas se perdieron inexorablemente, dejándonos sólo esta ruta, esta evasión, que paradójicamente, vista desde hoy en día, y habiendo leído a Julia Kristeva, no evade sino que enfrenta, no esconde sino que señala, no continúa sino que rompe. “La ruta de su evasión” es una novela de la humillación, la humillación como el subproducto más sutil e hiriente de las relaciones de dominación en una sociedad donde los poderes están distribuidos desigualmente. Esta novela es la lucha de Teresa por encontrar “en su propia alma...[una] ruta de evasión.

Esa ruptura se da en una intersección muy importante de la crítica actual, como es la intersección entre la sexualidad y el poder. Ésta es una dimensión sumamente reveladora en la crítica literaria, pues pone de relieve las “diferencias” que están en juego en los textos que leemos. La representación, o mejor dicho, la forma de la representación, al ser sometida a un análisis riguroso, devela formas de dominación y de sumisión muy sutiles, pero al mismo tiempo, muy reveladoras, de las formas de dominación hegemónica imperantes en la sociedad. La relación entre la sexualidad y el poder es muy íntima, como ya nos ha enseñado Michel Foucault en Histoire de la sexualité. Así es como la dialéctica entre sexualidad y poder, que atraviesa toda la historia de la humanidad, ha pasado a ocupar el centro de nuestra atención crítica, de nuestro análisis y de nuestra praxis. Jacques Derrida ha dicho acertadamente que toda crítica al fologocentrismo es de(s)constructiva y feminista, y toda de(s)construcción comporta un elemento feminista. “Feminismo y de(s)construcción”.

La literatura, aun a pesar nuestro, es un sistema de castas, y la crítica literaria en muchos casos actúa como juez y parte en el conflicto. El canon es una estratificación que se ha impuesto a todo el gran corpus literario, de forma que privilegiamos ciertos autores y ciertos textos, y el estatus que gozan actualmente determina en gran medida todas las lecturas que hacemos de esos textos. Cada crítica, a su vez, establece su canon, ya que inevitablemente tiene que privilegiar una serie de textos y discursos en virtud de otros. En cada selección que se hace se está rechazando algo, se está estableciendo una lucha de poderes y de influencias, se está excluyendo en el simple movimiento de la inclusión. Ésta es una de las grandes paradojas de los estudios subalternos y de todo acto crítico. Dentro del sistema de la crítica literaria se da una apretada lucha de poder, establecida por el mismo conocimiento que la disciplina genera, y la significación que eso tiene en nuestra sociedad. El ejemplo más dramático es la preponderancia que cada día va ganando la perspectiva feminista y la escritura de mujeres en la disciplina. Nuestra profesión está compuesta cada día más por mujeres, que constantemente están produciendo estudios y ensayos de óptica feminista, que están releyendo los textos canónicos, descubriendo las múltiples marcas de la sociedad patriarcal, denunciado injusticias y maltratos, y demostrando los numerosos textos que han sido silenciados en ese discurso. Ésta es una revolución sin precedentes y no tiene vuelta atrás. Lo he afirmado antes y lo repito con certeza: Si el marxismo fue la gran revolución del siglo XIX, y sus aciertos y sus errores los vimos en el siglo XX; el feminismo es la gran revolución del siglo XX y sus consecuencias habrán de marcar la vida del siglo XXI. Coincido con Amy Kaminsky al afirmar la importancia del género como categoría agencial, heurística y hermenéutica, y el feminismo como una estrategia de posicionaliación frente a la sociedad.1

Dentro de este marco conceptual, es que propongo que la lectura de los textos que he privilegiado en este estudio producen una toma de conciencia fundamental, y una afirmación madura de identidades femeninas que reclaman para sí espacios de enunciación que llegarán a ser muy importantes. Este fenómeno ya está bastante definido en la novela “La ruta de su evasión” como hemos visto. Ahora bien, en poesía, es otra costarricense la que irrumpe en el mundo de las letras con una obra profunda y enigmática, de una belleza excepcional, de una complejidad inusitada en la poética centroamericana de cualquier género, y cuya significación sigue todavía por alcanzar su total desarrollo. Me refiero a Eunice Odio y su obra pionera “Los elementos terrestres”. Pero sobre todo quiero privilegiar aquí “El tránsito de fuego”, a mi juicio, el poema mayor de la escritura de mujeres del siglo XX centroamericano, y uno de los poemas integrales más importantes de toda la poesía centroamericana, independientemente de género, nacionalidad o temática. “Los elementos terrestres”: ganó el Premio Centroamericano de Poesía “15 de Septiembre” 1947 y fue publicado en Guatemala. Para Eunice Odio “el poema no es un conjunto de ideas y palabras sino un orden sustancial” (OC, I 9). Esta cita deja claro que Eunice Odio tenía una idea integral de la poesía, estaba segura de su capacidad sustantiva y filosófica, de su magia para representar el mundo y del placer de la poesía. “Los elementos terrestres” es un poema bellísimo, con un diseño estructural elegantísimo, integrado a la tradición de la mejor poesía amorosa desde el “Cantar de los cantares”, pero con plena conciencia y dominio de su cuerpo, de su autonomía y su autoridad, representando en el texto sus deseos y sus necesidades, con elegancia metafórica, con un complejo sistema semiótico de signos a ratos crípticos. Por eso me parecen fundamentales estas dos costarricenses, porque a finales de los cuarenta demuestran, con sus obras, enorme profundidad y madurez en la representación de los problemas importantes para la mujer, desde la intimidad, desde la conciencia de la mujer, con pleno dominio de los géneros en que trabajan, y con una actitud feminista.

—Fragmento de conferencia pronunciada en el Primer Congreso de Escritoras Centroamericanas. UCA, marzo 14, 2002.

—1 Véase su libro “Reading the Body Politic. Feminist Criticism and Latin American Women Writers”. Minneapolis: U. of Minnesota Press, 1993. Especialmente el segundo capítulo.

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