La negociación: único camino
Oscar Arias*
¿Hay en este planeta una persona que no se sienta conmovida por los recientes acontecimientos del Medio Oriente? El mundo entero lamenta aquella incontenible pérdida de vidas, y resulta particularmente dolorosa la ruptura total del proceso de paz cuando un arreglo permanente parecía cercano. En Camp David, las partes habían llegado a acuerdos en relación con casi todos los asuntos pendientes, y si algo deberíamos aprender de aquella reunión es que cuando un dirigente acepte dialogar debe estar dispuesto a hacer concesiones. Todo el que haya participado en un proceso de paz sabe que en una negociación exitosa nadie obtiene todo lo que quería y cada cual logra algo con lo que puede vivir.
En el Medio Oriente de hoy, para llegar de nuevo a la negociación, ese arte de dar y recibir, las partes tienen que sentarse de nuevo alrededor de la mesa. Al declarar que toda violencia —ahora con la etiqueta de terrorismo— debe terminar antes de que pueda comenzar cualquier negociación, ambos líderes no están haciendo otra cosa que concediéndole poder de veto al fanático o demente, de cualquiera de los bandos, que se proponga detener el proceso de paz. Hacer del fin de la violencia condición indispensable para retornar a la negociación equivale a poner la carreta delante de los bueyes. Por el contrario, lo que debe hacerse es reemprender el proceso de negociación y llegar, en primer término, a un acuerdo sobre el cese del fuego. A este primer paso deberá seguir la conversación a profundidad sobre los demás aspectos del conflicto. La seguridad no puede ser prerrequisito de la paz, pero la paz sí es prerrequisito de la seguridad.
La insistencia en llamarle terrorismo a toda forma de violencia es una reminiscencia de la guerra fría, cuando toda alusión a la justicia social recibía la etiqueta de comunismo. Esto no significa en modo alguno que la violencia sea la vía para lograr la justicia social, ni que se justifiquen los atentados suicidas o cualquier otro tipo de ataque contra civiles inocentes. Todo lo contrario, el verdadero comunismo y el verdadero terrorismo son males que deben ser enfrentados por el mundo civilizado, pero cuando usamos descuidadamente esas etiquetas, los términos se diluyen y perdemos de vista nuestras reales metas: la paz y la democracia. Israel no se acercará a la paz y la seguridad llamando terrorista a Yasser Arafat, pero hablando con él sí podría lograrlo. De la misma manera, llamar asesinas a las tropas israelíes mientras continúan los atentados suicidas, no le traerá a la causa palestina las simpatías que sí despertaría la manifestación de un verdadero deseo de paz. Ambas partes están atrapadas en un destructivo ciclo de violencia atizado por la retórica extremista de sus líderes, en momentos en que debe darse una tregua en el discurso para que el cese del fuego sea posible. Cuando todos los días se lanzan acusaciones mutuas, las palabras son armas que deben ser moderadas para hacer posible el silencio de las bombas y los cañones.
Recientemente se realizó en Washington una manifestación para exigir a la administración Bush que adopte una posición más favorable a Israel en este conflicto. Sin embargo, esta iniciativa abunda en peligros. La participación de Estados Unidos en la solución del conflicto es crucial, pero cuanto mayor sea la identificación de la administración Bush con el gobierno de Israel y sus acciones militares, menor será su credibilidad como mediador imparcial y más se distanciará del resto del mundo, donde el conflicto es observado desde una perspectiva diferente.
Cada vez más, en estos tiempos, cualquiera que critique a Israel o se exprese a favor de la participación de Arafat en las conversaciones sobre el conflicto es considerado antisemita, pero esta manera de pensar es demasiado simplista. ¿Acaso no es posible reconocerle a Israel su derecho a existir en condiciones de seguridad y, al mismo tiempo, exigirle a su gobierno que se someta a la ley internacional? Costa Rica, por ejemplo, pese a que siempre ha abogado fuertemente, en el ámbito internacional, por las soluciones no militares de los conflictos, ha pagado un elevado precio en términos de sus relaciones diplomáticas con el mundo árabe por ser uno de los pocos países que mantienen sus embajadas en Jerusalén. Un gobierno, o un individuo, puede dar, al mismo tiempo, apoyo a Israel y apoyo al diálogo. Gandhi decía, y estaba en lo correcto, que no hay un camino hacia la paz, que la paz es el camino. La paz se puede lograr tan sólo por medios pacíficos, y el diálogo va en el mejor interés de los civiles inocentes —israelíes y palestinos—, víctimas de esta violencia.
Se cuenta, en una de sus biografías, que Franklin Roosevelt acostumbraba a mantener a las partes negociadoras confinadas en una sola habitación mientras no llegaran a un acuerdo. Después de leer esto, decidí aplicar el mismo principio en nuestras negociaciones sobre la paz de Centroamérica en 1987. Los cinco presidentes teníamos en nuestras manos la suerte de unos treinta millones de personas, y aquella responsabilidad era demasiado grande como para que la cumbre centroamericana que se llevó a cabo en la ciudad de Guatemala hubiese terminado sin haber arribado a un acuerdo. Hasta ahora, ni Yasser Arafat ni Ariel Sharon han reconocido la gravedad que su intransigencia reviste para los ocho millones de vidas directamente afectadas por su autoridad. Ya es hora de que los gobiernos de Europa y Estados Unidos confinen a ambos, juntos, con sus respectivos equipos de negociación, en una misma habitación hasta que no hayan agotado su retórica y su odio personal y no hayan alcanzado un acuerdo. Ésta es la única manera de llegar a la paz en el lugar al cual tantos millones de seres humanos consideran su Tierra Santa.
* El autor es ex presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz. mariangel@arias.or.cr 
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