Desde la colina vaticana
La conversión: Empeño y vital
J. Dávila y Castellón info@laprensa.com.ni
“La conversión nunca es una meta plenamente alcanzada: la conversión es un empeño que abarca toda la vida”.
(Juan Pablo II)
Cuando se habla de conversión, lo primero que se nos ocurre pensar es en el sacrificio que implica decidirse a tomar la decisión firme de cambiar de vida... Y, ciertamente, la conversión supone renuncia, negación normalmente dolorosa de nosotros mismos, esfuerzo continuado. Nos detenemos en la parte negativa del proceso, lo que no en pocas ocasiones nos hace caer en el desaliento, viéndonos tentados a desistir de la lucha constante contra el pecado y la imperfección que está dentro de nosotros.
Quizás el mal radica en la visión poco optimista con que afrontamos el problema: sólo pensamos en el precio que hemos de pagar al enrumbar nuestras vidas por el camino estrecho de la rectitud y la coherencia exigidas por la fe cristiana; pero no alcanzamos a percibir los inmensos beneficios espirituales y hasta materiales, personales y comunitarios que disfrutaremos nosotros y otras muchas personas disfrutarán como efecto de nuestra nueva manera de vivir.
“Yo no quiero tomar en serio la fe porque me parece que voy a llevar una vida muy triste. Me va a hacer falta la parranda de los viernes con mis amigos”, manifestaba un joven oficinista al ser invitado a integrarse a un grupo católico de reflexión bíblica. No obstante, ante tanta insistencia de un verdadero amigo, con el tiempo terminó accediendo a la cordial invitación, y hoy por hoy, se ha constituido en un entusiasta evangelizador de su parroquia. Actualmente, recordando su pasado, admite: “Yo pensaba que al ocuparme en las cosas de Dios iba a vivir añorando las reuniones y los tragos con mis antiguos compañeros de diversiones mundanas, pero veo que eso no me hace falta en absoluto... Jamás pensé ser tan feliz como lo soy ahora”.
El ser humano está llamado a completarse, pues muy en el fondo de nuestro corazón todos sentimos la necesidad de superar nuestras deficiencias, de realizarnos, de llegar a ser aquello a que estamos llamados a ser. Hay algo en nosotros que nos invita, que nos impulsa a seguir hacia adelante, a ser más, a poder más a tener más o buscar aquello que pensamos o experimentamos que nos hace falta. En otras palabras, aspiramos a la perfección.
Jesús nos invita en el Evangelio a ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto, a ser santos como Dios es Santo. Y esta perfección o santidad cristiana se resume en saber amar: mientras más amamos, más perfectos o santos somos, más nos parecemos a Dios y más nos identificamos como discípulos de Cristo.
Desde la óptica del amor la conversión pierde mucha tensión o pesadez, se transforma en un camino gozoso sin dejar de ser siempre costoso... Aunque San Agustín sostenía que: “Donde hay amor no hay esfuerzo, y si hay esfuerzo, el mismo esfuerzo se convierte en amor”.
Dios quiere nuestra realización integral, ya que “la gloria de Dios es la realización del hombre”, como decía un santo padre de la Iglesia. De aquí se desprende el sentido profundamente dinámico y altamente positivo de la conversión. La conversión comprende fundamentalmente la práctica constante de la virtud, el ejercicio animoso y creativo de buscar y hacer día a día y en cada oportunidad, según nuestra propia capacidad, todo el bien que nos sea posible a los demás. En el empeño de la conversión nos topamos necesariamente con el prójimo como un ser que requiere nuestro amor traducido en servicio, cariño, perdón y comprensión...
La conversión es un quehacer, no sólo un dejar de hacer, un compromiso de luchar seriamente por ser cada vez mejores en todos los sentidos; es un proceso que abarca toda la vida. Este empeño vital constituye el aporte brindado a la obra de nuestra propia perfección que, en plenitud, únicamente alcanzaremos en el cielo. Nuestra respuesta a la gracia de Dios representa nuestro aporte a la obra grandiosa de nuestra propia santificación, labor que se torna feliz si está impregnada de un auténtico amor sobrenatural a Dios, a nosotros mismos y a los demás. 
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