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Raudos Apatridas
Juan Sobalvarro
En la esquina donde rompe el frío hay voces escalando los muros escarlatas el olor de grasa refrita es un himno urbano que explica por qué los días se repiten por eso descendemos a los tranvías y nos ataca en fiebre amarilla su luz. Crecen palabras ininteligibles letras florecidas en chorros iridiscentes un niño dice improperios con ojos curvos los túneles regurgitan manteca en tenebrez. La entraña de Berlín nos traga nos instala en situación anónima, ahí recordé algo futuro, otro hemisferio la inscripción en San José: “tengo una pistola nueve milímetros para matar a estos nicas hijos de puta”. Y fuimos perseguidos por charolas guturales en los costados nos latían pasaportes cobardes documentos de legalidad vergonzante nos flagelaban el temperamento apátrida. Pero nos refugiamos en una nube de pigmento espeso el sabor de toneles húmedos por compañero las salchichas ardían en poniente un espectro de cebollas asadas coronó esencia celestial el carbón sintético figuraba divino inoloro. La noche se había instaurado entre edificios desgarrados, en un pabellón danzaban colores ebrios par de hombres que eran mujeres besábanse a zarpazos, en ese instante alguien decidió que ya no podíamos ser menores de edad. Nos impusimos nueva latitud rociados de sal en la carne sol y sal que murmuran la tímida piel, el cielo ondeando en retórico celeste, profuso en su alusión de bandera, hombres poblados de noche casi en totalidad mujeres ebrias de rencor bajo los faros violetas la generalidad de los cuerpos poseídos por una música cimbreante anudados en danza y arresto, pero con la mirada siempre bordeada de sangre.
Ahí también ilegítimos pillados por la inquina tribal donde sea, la caverna el hombre depredador del hombre. |
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