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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 16 DE MARZO DE 2002
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Enrique Jaramillo Levi, imagen del cuento panameño

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Edward Waters Hood*

Enrique Jaramillo Levi nació en 1944 en Colón, Panamá. Tiene una larga trayectoria literaria y se ha convertido en uno de los promotores más grandes de la literatura de su país. Aunque en su obra creativa ha cultivado principalmente el cuento, también ha escrito poesía, ensayo y teatro.

Entre sus libros más importantes, se incluyen cuentos: Duplicaciones (México: Joaquín Mortiz, 1973), El búho que dejó de latir (México: Samo, 1974), Ahora que soy él (San José: Editorial Costa Rica, 1985), El fabricante de máscaras (Panamá: INAC, 1992), Tocar fondo (Panamá, 1996); poesía: Recuperar la voz (México: Ediciones Voz Crítica, 1994), A flor de piel (Panamá: Editorial Portobelo, 1997); y ensayos: La estética de la esperanza (Tomo I, Panamá: 1993, Tomo II, Panamá: 1995). Algunos de sus cuentos han sido traducidos y publicados en alemán, polaco, portugués, francés, húngaro e inglés. Su última colección de cuentos, Caracol y otros cuentos, acaba de ser publicada en México por la Editorial Alfaguara. Esta entrevista se llevó a cabo el 21 de marzo de 1998 en Ciudad de Panamá durante el VI Congreso Internacional de Literatura Centroamericana.



¿Escribes narrativa todos los días?

Quisiera escribir todos los días. No lo puedo hacer a veces por mi trabajo que es muy absorbente: tengo a mi cargo en la Universidad Tecnológica de Panamá la organización de diversos eventos culturales, doy clases. Pero a veces suplo el no escribir literatura creativa todos los días con hacer un poquito de periodismo. Por épocas he tenido a mi cargo columnas, o espacios para escribir artículos de opinión en los periódicos.

Hay épocas en que me da por escribir poemas y cuando estoy escribiendo poesía no puedo escribir cuentos. La poesía es para mí muy de índole terapéutica, catártica, y en ese sentido es muy personal. Y bueno, respeto a las otra facetas, la del ensayista, el antologista, he hecho muchas antologías, de literatura mexicana, centroamericana, panameña, he reseñado muchos libros, he tratado también de promover a otros escritores. Aquí hay una revista cultural, Maga, que es un espacio que trato de abrir para los nuevos. En Panamá no hay muchas posibilidades de publicar, no hay empresas editoriales. El Estado no ayuda mucho. De una u otra manera todas estas facetas convergen en la labor de hacer una literatura nacional. El escritor, el crítico, el investigador, el profesor de literatura, el promotor cultural, el editor, el que hace periodismo cultural —son caras de la misma moneda en el fondo. Y todas las cultivo.



¿Has sentido la tentación de volver a trabajar textos ya publicados?

Nada más he tenido esa tentación dos veces. En una lo logré y creo que el producto revisado, corregido y aumentado fue mejor, y en otra no lo logré. Hay un pequeñito libro de tres relatos que publiqué en la Editorial Papuras de Querétaro, México. El libro se llama 3 relatos de antes; fueron tres de los primeros relatos que yo escribí. Entonces lo retomé muchos años después, lo reescribí un poquito, respetando su contenido básico pero sí trabajado más la forma y la estructura, y los publiqué con ese título. En el otro caso fue una frustración volver atrás y darme cuenta que ya no sabía nada que hacer con ese libro porque si no me satisface, visto desde la perspectiva de hoy, seguirlo trabajando sería convertirlo en otro libro y eso tampoco lo quiero hacer: se trata de “Catalepsia” Fue el primer libro que escribí y que ganó una mención honorífica en el Concurso Nacional de Literatura en Panamá, que se llama “Ricardo Miró”. Eso fue en 1964; lo escribí en 1963; se publicó en 1965. O sea que estamos hablando de la prehistoria para mí. Entonces, me dije que era un libro que tendría que volverse a escribir y preferí dejarlo así.

Creo que un cuento tiene que ser contado de una manera que sea congruente con la cosa contada para producir un cierto efecto. Por supuesto hay mil maneras de contar una historia, pero sólo hay una adecuada a la manera en que uno quiere realmente contarla; el secreto está en encontrar esa manera, y no siempre uno acierta desde el principio. A veces uno relee el texto y dice “no, pero es que no lo puede contar este personaje, debe contarlo este otro”, o “esto no debe estar en primera persona, debe estar en tercera porque hay que dar un conocimiento más amplio de la vida y los pensamientos del personaje”. Cosas así, que son ya de técnica, y que son discutibles. Soy muy quisquilloso y exigente con ellas.



¿Pueden distinguirse distintas etapas en tu producción?

Sí, ha habido etapas, pero no estoy seguro de que las tenga muy claras. Creo que por mucho tiempo mi literatura tendía a ser muy enajenada y enajenante, muy deprimente. Todavía lo es, porque hay mucha violencia en mis cuentos, muchas muertes —suicidios y asesinatos—; pero en los dos libros de cuentos más recientes, ya mencionados, hay una actitud más filosófica y más reflexiva hacia la búsqueda o pérdida de la felicidad.

Tengo que confesar que para mí, escribir siempre ha sido una terapia



¿Cuándo es bello el cuento?

Creo que el cuento más bello del mundo es aquel que logra una fusión perfecta entre un momento de gran plenitud humana y una forma plena, armónica, inevitable con que esa plenitud se expresa. En ese sentido, generalmente un cuento bello es un cuento lírico, es un cuento donde hay mucho trabajo con el lenguaje, donde se usan metáforas, metonimias, comparaciones, en fin las figuras retóricas que le puedan dar un cierto vuelo. Los cuentos más imaginativos suelen ser cuentos poéticos, porque la única forma de expresar el vuelo de la imaginación es a través de un lenguaje más elevado, más trabajado, más elaborado. No puede ser un lenguaje retratista, exteriorista, como hiciera Ernesto Cardenal, cuando se queda en ese nivel exteriorista, no me gusta. Porque si yo lo que quiero es que me describan la realidad, yo voy afuera y la miro, o le tomo una foto y la filmo. La literatura debe ser capaz de mirar no sólo la fachada, sino lo que está detrás de la fachada, la parte oculta de la realidad; y revelársela, primero a uno mismo como creador, y después al lector. Dice Onetti —uno de mis grandes influencias latinoamericanas—, si yo supiera cómo van a terminar mis historias, ¿para qué las escribo? Si yo supiera a dónde conducen mis historias, tampoco las escribiría. Él escribe para descubrir lo que no sabe y a mí me pasa igual. No tengo jamás la menor idea de hacia dónde va mi cuento. A mí me pasa una cosa muy curiosa: no soy una persona que preparo tramas y argumentos en mi cabeza —I do no plotting. Dejo que una cosa me lleve a otra y otra a otra. Como en los ejercicios que les pongo a mis alumnos en los talleres. Si yo le digo a un alumno, “la primera frase va a ser: ‘La mujer mira lánguidamente por la ventana’ “, ya tienes una historia. ¿Por qué lánguidamente? ¿Hacia dónde mira? ¿Qué ve? ¿Dónde está? ¿Cómo es la ventana? ¿De dónde viene? Todo eso y más puede desarrollarlo. Incluso esa frase la puedes enriquecer y hacer una frase larguísima: “La mujer sentada junto a la cama pensando en su marido ausente mira lánguidamente por la ventana a unos niños que juegan en el jardín aquella mañana lluviosa de enero”. Y crece y crece y crece, y tú puedes hacer una historia en una misma oración gramatical sin parar. Es una cosa que siempre he querido hacer: escribir en una sola oración interminable una historia; eso es posible, claro, pero difícil de leer. García Márquez lo hizo un poco en “El otoño del patriarca” pero era más que una oración en el fondo; yo lo que quiero es que sea de un solo aliento hasta que termina y cierra el círculo.



¿La literatura es para ti la imaginación y la creación?

Creo que la imaginación y la experiencia estética son muy importantes, porque si no, lo que estás haciendo es una crónica periodística, lo cual está muy bien. Son muy importantes y necesarias, pero no es gran literatura.

Anoche hablábamos de eso precisamente, si en el fondo el testimonio es literatura o no. La respuesta, como en muchas cosas en la vida, es “depende”: depende de cómo lo escribas, con qué intención, con qué recursos. El hecho de que tú cuentes tal cual algo que te pasó, una especie de autobiografía, es sumamente interesante. Pero eso tiene que tener una cierta estructura y cierta forma que la haga diferente a la crónica que vas a encontrar sobre ese mismo incidente en una nota roja de periódico.

Entonces, decir que eso es non-fiction fiction, es decir que es journalism. No creo que eso sea verdad en el caso de esa novela del Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez. Creo que hay técnicas narrativas que solamente un escritor puede manejar bien, aunque todo lo que cuente sea cierto o producto de una investigación de la vida real, bien documentada, etcétera. Se nota en el manejo del lenguaje, de la técnica, que hay un escritor detrás. Y generalmente los mejores periodistas son buenos escritores. En cambio, muchos de los testimonios tienen ghost writers, no son de los testimoniantes. Esto entiendo que es el caso incluso con el libro tan exitoso de Rigoberta Menchú, tan desgarradoramente humano porque ella vivió en carne propia estas terribles experiencias.



¿Puedes hablar un poco del tema de la invasión en los escritores panameños?

Quizás no sea la persona más adecuada para hablar de la invasión; no estaba en Panamá cuando sucedió, estaba en Oregon State University (Corvallis) dando clases. Lo primero que debo decirte es que había una férrea dictadura militar, contra la cual la inmensa mayoría de la población se había pronunciado en las calles y había sido fuertemente reprimida. Quizás no podamos hablar de la magnitud de represión que hubo en otros países con dictaduras militares. Por supuesto que aquí no hubo los desaparecidos, los muertos y torturados de que se habla en Chile, en Argentina y en Uruguay, pero aquí la cosa se puso bien fea. Fueron veintiún años de dictadura militar. Porque si bien Torrijos fue una persona que se ganó mucho el favor de una parte de la población en algunos momentos importantes del país, creo que la cosa se revertió totalmente con Noriega. Y aun en tiempos de Torrijos era una dictadura militar: por mucho tiempo no hubo libertad de prensa, había exiliados; durante los primeros dos años de su régimen Torrijos fue represivo, incluso él reprimió a los comunistas, y luego los mediatizó, los compró a todos.



¿Cómo se ha tratado el tema de la invasión en la literatura?

Cuando uno escribe como tema novelístico, por ejemplo, sobre la invasión de Panamá, es difícil; hay que tener una distancia crítica como un hecho histórico. No ha pasado suficiente tiempo para hacer una buena literatura con ese tema. El otro peligro, que es el otro extremo, es que si pasa demasiado tiempo entonces se olvida, resulta que la memoria distorsiona. La parte documental —los hechos que alguien vivió, presenció— debe por supuesto escribirse. Eso no quiere decir que inmediatamente vas a hacer una novela con eso; lo que tienes que hacer es dejar el testimonio escrito o grabado, y pasando el tiempo tú reconstruyes eso y creas una obra, pero la obra tiene que trascender el hecho narrado.

Ese es el problema de la literatura política, aunque en el fondo tenga profundas raíces humanas. El ensayo es otra cosa. La invasión debe ser abordada objetivamente —hasta donde esto sea posible.

*Northern Arizona University.

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Relaciones literarias entre Pedro Enrique Ureña, Rubén Darío y Salomón de la Selva


Enrique Jaramillo Levi, imagen del cuento panameño