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Relaciones literarias entre Pedro Enrique Ureña, Rubén Darío y Salomón de la Selva
Carlos Tünnermann Bernheim
I En su “Evocación de Pedro Henríquez Ureña”, escrito a raíz de la muerte del Maestro, Alfonso Reyes nos dice: “Dos países de América, los dos pequeños, han tenido el privilegio de ofrecer la cuna, en la segunda mitad del pasado siglo y en poco menos de veinte años, a dos hombres universales en las letras y en el pensamiento. Ambos fueron interlocutores de talla para sostener, cada uno en su esfera, el diálogo entre el Nuevo Mundo y el Antiguo. Después del nicaragüense Rubén Darío, titán comparable a los más altos, junto a cuyo ingente y boscoso territorio los demás dominios contemporáneos —excelsos algunos— resultan cotos apacibles, nadie, en nuestros días, habrá cubierto con los crespones de su luto mayor número de repúblicas que el dominicano Pedro Henríquez Ureña quien, sin exceptuar a los Estados Unidos, por todas ellas esparció la siembra de sus enseñanzas y paseó el carro de Triptólemo”.
¿Quién inició a Pedro Henríquez Ureña en la devoción que toda la vida profesó por la obra de Rubén Darío? Podríamos conjeturar que quizás haya sido su madre, esa excepcional mujer que fue Salomé Ureña, educadora y escritora, de quien el propio Darío, en su ensayo “Letras Dominicanas” incluido en su libro “LETRAS” (1911), había hecho un merecido elogio a su belleza y talento: “Una musa es justamente famosa, Salomé Ureña, vigorosa y pindárica sin perder la gracia y el encanto de su alma femenina”.
Lo cierto es que si bien la poesía de Darío no influyó en las composiciones juveniles de Pedro Henríquez Ureña, que marcharon por otro rumbo, la obra del bardo nicaragüense despertó, muy tempranamente, el interés del novel y notable ensayista que se revela en sus “Ensayos críticos”, su primer libro de crítica literaria publicado en La Habana, en 1905, cuando el autor tenía apenas 21 años de edad.
Uno de los más prestigiosos escritores nicaragüenses, el poeta y crítico Ernesto Mejía Sánchez, gran admirador de Don Pedro, a quien dedicó brillantes estudios, afirma: “El ensayista de veintiún años se nos presenta desde el comienzo con repentina madurez. Juzga con igual seguridad lo antiguo y lo contemporáneo”. En seguida, Mejía Sánchez, sobre la base de su reconocida afición por la música, sostiene que es ese fino sentido musical el que le permite al ensayista en ciernes desentrañar el secreto melódico de la gran sinfonía dariana.
Explica Mejía Sánchez: “El nicaragüense acaba de publicar los “Cantos de Vida y Esperanza” (Madrid, 1905) y el joven ensayista se aplica a la exégesis con verdadero fervor, pero sin prisa, dándose tiempo en la obertura, que liga el principio de La “Eneida” y de La gatomaquia con el primero de los Cantos, a fin de dar la nota más alta de sus Ensayos del mismo año. En efecto, el “Rubén Darío”, escrito en La Habana, en 1905, está construido en cuatro movimientos, si se cuentan la obertura ya referida y el rondó final, que enmarcan las dos secciones centrales del ensayo. Si ambas son de riquísima doctrina y penetración, no lo son menos en sugestiones y síntesis las partes más musicales”…”Rubén Darío es un renovador, no un destructor, dice Henríquez Ureña. Los principiantes, como es regla, le imitaron principalmente en lo desusado, en lo anárquico. Él, por su propia vía, ha ido alejándose cada vez más de la turba de secuaces, impotentes para seguirle en sus peregrinaciones a la región donde el arte deja de ser literario para ser pura, prístina, vívidamente humano”…”Darío cuenta la historia de su yo y hace profesión de fe, en el Pórtico de Cantos de Vida y Esperanza, pórtico que es la más alta nota de su obra pasada y presente, porque es la más humana, el coronamiento de su evolución psíquica, que en sus libros de prosa puede seguirse grado a grado, desde el delicado fantaseo de los cuentos de Azul… hasta la amplia filosofía que en Tierras solares va unida a impresiones de vida y arte”.
Rubén Darío seguramente leyó con íntima satisfacción el ensayo del joven Henríquez Ureña. Pero, al mencionar Darío a los hermanos Henríquez Ureña en su ya mencionado trabajo Letras Dominicanas, enalteció a Max más que a Pedro: “Recientemente, escribió Darío, aparecen los hermanos Henríquez Ureña, de los cuales Max ha escrito páginas de crítica que yo prefiero y guardo en alto aprecio”. Nuestro eminente investigador dariano, Ernesto Mejía Sánchez, atribuye este aparente desdén de Darío para con la crítica de Don Pedro a una confusión de nombres o lapsus mental de Darío. El mismo Mejía Sánchez agrega en su ensayo “Pedro Henríquez Ureña, crítico de Rubén Darío”, que Darío no pudo conocer el ensayo de Max antes que el de Pedro, ya que Max escribió el suyo sobre “Prosas Profanas” al menos tres años después del de Pedro sobre “Cantos de Vida y Esperanza”1, y agrega: “Empero, Max Henríquez Ureña, en abril de 1951, me refirió verbalmente la frase de Darío, en la que resulta favorecido, y añadió que Darío lo estimó “como el crítico de Prosas Profanas, y a Pedro como el de Cantos de Vida y Esperanza”. No podía ser de otra manera; crítico tan reconocido y justiciero como Enrique Díez-Canedo consideró, desde 1916, que el ensayo de Pedro era “el más cumplido estudio que de Rubén Darío se ha hecho”, si bien un poco más tarde se refirió a Max como “autor de otro sustancial estudio sobre Rubén Darío”. Lo cierto es que ambos hermanos Henríquez Ureña profesaron extraordinaria admiración por la obra de Darío.
Y es a la muerte de Darío, que el noble Don Pedro Henríquez Ureña, “disipó cualquier nube de malentendido que pudo haber”. El artículo necrológico que escribió sobre Darío, publicado en “Las Novedades” del 17 de febrero de 1916, contiene juicios definitivos y consagratorios sobre la trascendencia del legado dariano: “Al morir Rubén Darío, pierde la lengua castellana su mayor poeta de hoy, en valor absoluto y en significación histórica. Ninguno, desde la época de Góngora y Quevedo, ejerció influencia comparable, en poder renovador, a la de Darío”.
II La otra relación literaria de Pedro Henríquez Ureña, aún más profunda y fraterna, es la establecida entre él y el gran poeta y erudito nicaragüense Salomón de la Selva, auténtico continuador de Darío en la línea de la innovación y la creatividad, iniciador de la poesía de vanguardia, del coloquialismo y del prosaísmo con su obra pionera “El soldado desconocido” (México, 1922). En la poesía de De la Selva, como observan sus críticos, confluyó “el modernismo y el surgiente río de la vanguardia”. Afirma el poeta y crítico nicaragüense Julio Valle-Castillo que: “La relación literaria entre ese intelectual dominicano fundacional de la América nuestra, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) y el poeta nicaragüense, Salomón de la Selva (1893-1959), trascendió hasta una relación humana tan densa e intensa, que sólo puede compararse con la vida —la vida en los amigos, apunta uno de sus protagonistas—. Y de aquí saltó, como correspondía, a una relación humanística: helenismo, latinismo, arielismo, antiimperialismo y americanidad. Si Henríquez Ureña fue, inicialmente, 1915, un conocido, compañero de tertulias, de inmediato se convirtió en amigo, en coterráneo de dolor por la soberanía patria ultrajada y en maestro: una cátedra a domicilio, una universidad a la mano. Al poco tiempo, fue el crítico primero del joven poeta de Nicaragua”.
Pedro Henríquez Ureña descubrió, muy tempranamente, el extraordinario talento poético de Salomón de la Selva. En julio de 1915, en Las Novedades de Nueva York, escribe sobre el joven poeta, quien por entonces componía tan buena poesía en inglés como en español, al punto que sus admiradores norteamericanos lo propusieron para el premio Nobel de Literatura. Don Pedro comenta en este artículo precisamente unos poemas en inglés de Salomón y dice: “Las Novedades desea no dejar sin mención el reciente triunfo del poeta Salomón de la Selva. Aunque nació en Nicaragua (hace apenas veinte años) y aunque maneja con elegancia el castellano, su verdadera lengua literaria es el inglés. Se le conocía ya y se le estimaba en los círculos literarios de los Estados Unidos; pero el triunfo que le coloca en la primera fila de los poetas norteamericanos es el que acaba de obtener con la publicación en la aristocrática revista The Forum, de su poema “A Tale from Fairyland” (Cuento del País de las Hadas).
Es interesante anotar que fue Henríquez Ureña quien inició a Salomón en el estudio del poeta latino Horacio. Años después, el mismo año del fallecimiento de Henríquez Ureña, y posiblemente motivado por tan sensible acontecimiento, Salomón habría de escribir su célebre “Evocación de Horacio”, publicada hasta el año 1949. El crítico nicaragüense ya citado, Julio Valle-Castillo asegura, con mucho fundamento, que en realidad quien inspiró este portentoso poema, una de las obras fundamentales de De la Selva, fue el propio don Pedro, transmutado en Horacio. Las virtudes que Salomón descubre en Horacio, la disciplina, el trabajo, el rigor, la amistad, la pasión por la cultura griega, son las mismas del gran humanista de América.
El estudio más completo y elogioso de Henríquez Ureña sobre la poesía en idioma inglés de Salomón apareció en “El Fígaro” de La Habana en abril de 1919, cuando el poeta nicaragüense tenía apenas veinticuatro años y había recogido sus poemas en inglés en su primer libro Tropical Town and Other Poems. Dice el Maestro: “El primer libro de versos de Salomón de la Selva, Tropical Town and Other Poems, sorprende por su variedad de temas y de formas. Hay quienes se sienten desorientados entre tanta riqueza, y no saben dónde hallar el hilo de Ariadna para el laberinto. A esos podría atormentárseles diciéndoles que aún hay más, mucho más en la obra de Salomón de la Selva —otros temas y otras formas que no hallan cabida en el volumen— y que, desde luego, hay más, mucho más, en su personalidad. Para mí la fuerza de unidad que anima su obra está en el delirio juvenil que se apodera del mundo por intuiciones rítmicas, intuiciones de color, de forma, de sonido, de fuerza, de espíritu: todo se inflama bajo su toque. Pero no es exclusivamente intuitivo, sino que posee cultura poética honda y gran caudal de recursos artísticos. Según el consejo de Stevenson —incomparable maestro de técnica literaria—, se ejercitó en todos los estilos: le he visto ensayar desde la lengua arcaica y los endecasílabos pareados de Chaucer, hasta el free verse de nuestros días. No en vano dije que hay en su obra mucho más de lo que revela su primer libro, cuya mayor parte puede encerrase dentro de las normas del siglo XIX. Hasta ahora, en verdad, cabe decir que Selva no se ha decidido a romper con el siglo XIX: el marco de sus inspiraciones comienza generalmente en Keats y Shelley y llega hasta Francis Thompson y Alice Meynell. Diríase que espera dominar su forma antes de lanzarse de lleno a las innovaciones: su buen gusto así nos lo haría esperar; diríase también que en medio del torbellino de la poesía “siglo XX”, unos cuantos, entre los poetas jóvenes, prefieren atenerse, en general, a las formas consagradas. Así piensa —por el momento— Salomón de la Selva, según lo explica en una de sus cartas, donde ensaya definir su situación entre los grupos literarios de los Estados Unidos”.
1 Ernesto Mejía Sánchez: Cuestiones Rubendarianas, Revista de Occidente, Madrid, 1970, p.p. 35 y sigts. |
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