El lagarto de Pére LaChaise
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Enterrado entre miles de grandes de la historia mundial, está el “lagarto”. Una pequeña y modesta lápida en el cementerio Pére LaChaise de París, dice: Jim Morrison: 8 de diciembre 1943-6 de julio 1970. Fueron 29 años, 29 siglos que vivió el vocalista de “The Doors” y aún sus aullidos, sus largos quejidos siguen rondando en los oídos de miles de fanáticos de su revolución roquera.
Debo confesar que para mí, después de “The Doors”, se acabó el rock. No existe más aquel movimiento que llegó a la cúspide de la intelectualidad y del profundo misterio que cobija el lado oscuro de cada uno de los que habitamos en este planeta.
Fue Morrison el que escandalizó la moral, el que doblegó los angelicales ritmos juveniles para convertirlos en las sonoras canciones de melodía crítica, fulminante e infernal. Con “Enciende mi fuego” logró incendiar las más poderosas bandas que encabezaban Jimmi Hendrix y la voz estridente de Janis Joplin y apoderarse de California.
Por eso, cuando tuve oportunidad, compré sus 21 éxitos, incluso las más raras y aún indescifrables canciones creadas en el subconsciente donde descansan todos nuestros fantasmas, llegué a comprar camisetas, fotos, pósteres y tres biografías de ese raro ser que llegó a convertirse en historia permanente.
Y es que aún los títulos de sus canciones, tienen la validez de una pepita de oro. No ha perdido el más mínimo valor y más bien, son las que hoy deberían memorizarse como el sinfín de la historia, la tragicomedia en la que volvemos una y otra vez, una como víctima y otra como victimarios de un destino del que aún no podemos salir.
El odio es hoy el mismo que hace cincuenta años. Se volvió a ser “blanco y negro”. Unos asesinos y otros las víctimas. Unos terroristas y otros defensores. La “nave de cristal” es en la que viajamos. Siempre al borde de caer nuevamente en la amenaza fantasma de un ataque nuclear.
Un “Ámame dos veces” de la gente empeñada en querer amar y el vivir. Unos “Días extraños” en los que no sabemos si tendremos bajo nuestras cabezas una dulce mañana o una tétrica nube radioactiva.
¿Fue Morrison el mensajero del futuro? Tal vez lo sea, ¡Qué sé yo! Un estudiante de comunicación, que hastiado de lecturas de semiótica y medios de comunicación, se lanzó un día por las calles a empinarse la gloria en la que viven los inmortales guardada siempre debajo de los corazones de sus seguidores.
Creía que era el único fanático, el solitario en esta tierra que se dedicaba a escuchar su música al final de las noches. A veces a tal alta frecuencia, que los vecinos ya se sabían los ritmos y en sus camas tarareaban las canciones. Pero me di cuenta que no. Que cada año como si él fuera San Morrison, miles de personas acuden a su tumba embriagados de alegría y con grandes humaredas de las que a través de ella su figura aparece cantando “¡Hola te amo!”.
Faltaban casi dos años para que naciera cuando murió. Pero hoy y por siempre, será el que más recuerde. Es el nirvana, el néctar en el que descansa el rock. Lo demás, son solamente terribles sonidos estrafalarios que van nublando esa música que vivirá por siempre. Ese animal que devora primaveras y que vuelve con el rostro feliz a decirnos que “esperemos por el sol”, por ese día en el que lo veremos de nuevo caminando por las calles vestido con su inconfundible traje negro brillante, como el inmortal lagarto que siempre fue. 
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