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VIERNES 15 DE MARZO DEL 2002 / EDICION No. 22671 / ACTUALIZADA 02:00 am
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La herencia de Diocleciano

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Luis Sánchez S.
luis.sanchez@laprensa.com.ni

En los últimos días se habla mucho acerca de que los miembros de la Corte Suprema de Justicia, Consejo Supremo Electoral, Contraloría y Fiscalía, deberían renunciar a sus cargos para que el presidente Enrique Bolaños tenga oportunidad de cumplir su promesa de sanear y moralizar los poderes del Estado.

Sin embargo, esperar que siquiera uno de los altos funcionarios públicos renuncie a su cargo y privilegios es una ilusión. La palabra renuncia no existe en el diccionario político nicaragüense. Los que suben se quedan arriba hasta que los echan, o se caen, a pesar de que ellos dicen que no es por el sueldo ni por los estipendios y demás mieles del poder que están allí, sino para “servir al pueblo y a la patria”. Y hasta aseguran que si trabajaran en la empresa privada ganarían mucho más. Pero de ninguna manera dejan el cargo público ni se van “a ganar más” en el sector privado.

Reflexionando sobre esto me acordé de la historia de Diocleciano (Cayo Aurelio Valerio, 245-313), el emperador romano que nació donde ahora es Croacia, quien reinó del 284 al 305 después de Cristo y es muy conocido en la historia por las crueles persecuciones que, contra los cristianos, se llevaron a cabo durante su reinado. Mas Diocleciano tuvo otras actuaciones públicas trascendentales que poco se mencionan y recuerdan.

En efecto, Diocleciano legó a la posteridad acciones ejemplares, como haber compartido voluntariamente el gobierno del imperio con otras dos personas (Constancio Cloro y Galerio), para mejor gobernar el vasto imperio; separar las funciones militares de las civiles; racionalizar los impuestos para sanear la economía; escoger como funcionarios sólo a personas honestas; y sobre todo, haber sido el primero y único emperador romano —y uno de los pocos gobernantes en el mundo, a lo largo de todos los tiempos— que renunció a su poderoso cargo simplemente para darle lugar a otras personas.

Algunos historiadores exculpan a Diocleciano de la persecución contra los cristianos. Se la achacan a intrigas de Lactancio, su principal consejero, quien sentía un odio enfermizo contra los seguidores del crucificado Jesús de Nazareth. Pero la verdad es que Diocleciano se dio a sí mismo la dignidad de “Augusto Iovius” (majestuoso jupiteriano), hizo obligatorio el culto a Júpiter y prohibió y mandó a perseguir la práctica de cualquier otro culto religioso.

Sin embargo, Diocleciano renunció voluntariamente al poder, y es proverbial la anécdota de cuando un emisario de los principales de Nicomedia (la ciudad donde Diocleciano estableció la sede de su reinado) fue a buscarlo a la finca en la que se había retirado, para pedirle que retomara el manto púrpura del poder. Entonces el ex emperador le contestó al mensajero, con suavidad y una apacible sonrisa en el rostro: “Si pudieran ver la hermosura de los repollos que por mis propias manos he plantado y cultivado en Salona, nadie me estimularía ya a abandonar los regalos de la felicidad por los afanes del poderío”.

Por supuesto que en Nicaragua, en la actualidad, a ningún gobernante ni alto funcionario se le ocurriría actuar de esa manera. Aquí, de la herencia de Diocleciano sólo se toma la parte de perseguir y sacrificar a los cristianos, nunca la de renunciar al poder e irse tranquilamente a cultivar repollos y criar a los nietos.  
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