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VIERNES 15 DE MARZO DEL 2002 / EDICION No. 22671 / ACTUALIZADA 02:00 am
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TLC Centroamérica-Estados Unidos

El deseo y la necesidad de lograr un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, han llevado rápidamente a los mandatarios centroamericanos a unificar criterios de negociación, a fin de presentarse con una sola voz en la reunión que para tratar ese asunto sostendrán con su colega estadounidense, George Bush, el 24 de marzo en San Salvador. Y la verdad es que no resulta difícil lograr tal homologación de criterios porque, aunque haya ciertas diferencias de magnitud en las economías de los países centroamericanos, esa diversidad carece de importancia cuando de negociar un TLC con un país como Estados Unidos se trata. La diferencia real está en el tamaño —asimetría— del mercado estadounidense y del centroamericano.

Hay quienes se preocupan demasiado por esa asimetría, e inclusive llegan a creer que en los TLC firmados entre grandes y pequeños sólo ganan los primeros. Pero no hay nada menos cierto que eso. Ese mismo temor existía entre algunos economistas, políticos, e intelectuales mexicanos cuando a principios de la década pasada se empezó a negociar el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. Ese TLC, conocido como NAFTA (por sus siglas en inglés) entró en operación en enero de 1994, y aunque ha sido beneficioso para todas las partes involucradas, ha sido la débil, México, la que más se ha beneficiado. El intercambio comercial total entre México y Estados Unidos pasó de 89.6 billones de dólares en 1993, a 247.6 billones en el año 2000. Además, cuando empezó a operar el NAFTA, eran los Estados Unidos los que tenían un superávit comercial de 5 billones de dólares, pero ya para el 2000, México había logrado un superávit de varios billones en el intercambio comercial.

Es sabido que todos los países del Continente Americano, a excepción de Cuba, han acordado hacer esfuerzos conjuntos para conformar, a más tardar en el año 2005, un solo mercado de 800 millones de personas que se extendería desde Canadá hasta la Tierra del Fuego, en Argentina. Ese mercado se conocería como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La intención y la buena voluntad de crear el ALCA persiste, pero la realidad que se vive en algunos países —como la crisis argentina, el conflicto armado en Colombia, la inestabilidad política venezolana, y la posición reticente de Brasil a ciertos contenidos del ALCA— podría dificultar un tanto su génesis en el plazo señalado. Eso, quizás, ha llevado a Estados Unidos a considerar conveniente consolidar cuanto antes un TLC con Centroamérica que, afortunadamente, en estos momentos está mucho más estable y pacífica que otras regiones del continente.

La oportunidad debe ser aprovechada al máximo por ambas partes. Estados Unidos debe comprender que una Centroamérica próspera le evita problemas migratorios. Como bien señaló el presidente Francisco Flores, de El Salvador, en la reunión que todos los presidentes del área sostuvieron el martes pasado en Pochomil, “el TLC es la mejor política migratoria que puede haber”, ya que en la medida en que los centroamericanos puedan encontrar trabajo estable en sus propios países, no tendrán que buscar “ese camino tan tortuoso, difícil y doloroso de irse a establecer de manera ilegal a Estados Unidos”.

Centroamérica, por su parte, debe entender que un Tratado de Libre Comercio no es una dádiva ni una ayuda que se le brinda a un desvalido, sino que es una oportunidad para insertarse y participar activamente en el mundo globalizado. Eso exige cambios de mentalidad, de comportamiento y de actitud. Los países menos desarrollados que de repente han visto que tienen que tratar y competir con países más desarrollados se han dado cuenta de tal cosa. Así les ha sucedido a México en el NAFTA, y a España, Portugal y Grecia en Europa. Pero los esfuerzos que han hecho en ese sentido les han dado resultados positivos.

Nuestros países deben entrar a la negociación del TLC con espíritu abierto y competitivo. No esperemos regalías. Pongamos nuestras casas en orden y preparémonos mental y legalmente para invitar y recibir inversiones extranjeras, y para trabajar con la disciplina y eficiencia que se requiere para producir artículos destinados a mercados sofisticados como el estadounidense.  
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