Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
JUEVES 14 DE MARZO DEL 2002 / EDICION No. 22670 / ACTUALIZADA 02:00 am
PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   
La edad biológica y la edad cronológica

Foto  

 

León Núñez

No hay duda que decirle “viejo” a alguien, aunque sea notoriamente viejo, es un insulto gravísimo. Es evidente que nadie quiere ser viejo, que nadie quiere llegar a viejo, aunque se debe advertir que el tema encierra aparentemente una contradicción, porque por una parte, se dice que “es arrecho llegar a viejo” y por otra parte se dice que “es más arrecho no llegar”.

¿Cuándo empieza la vejez? Es una pregunta difícil de responder. Hay diferentes opiniones. Una vez leí en un periódico español una noticia que decía: “viejo de cincuenta años muere arrollado por el tren”. La que redactó la noticia era una periodista de veintiún años; si la periodista hubiera tenido setenta años la redacción hubiera sido probablemente la siguiente: “joven de cincuenta años muere arrollado por el tren”.

La discrepancia sobre si una persona es joven o vieja se plantea con frecuencia, por ejemplo, cuando alguien muere. Si la persona murió de sesenta años, un joven de veinte años nos dirá que esa persona era vieja, sin embargo, un señor de ochenta años nos dirá que esa persona era joven.

Por otra parte, hay quienes sostienen que la vejez empieza a los cuarenta años de edad, porque observan que la gente toma esa edad como punto de partida para empezar a hablar del “cuarentón” o de la “cuarentona”, del “cincuentón” o de la “cincuentona”, etc.

Sea cual fuere la edad con la que una persona comienza a ser vieja, el hecho innegable es que la vejez se ha convertido en algo que afrenta, lo que explica el porqué siempre se trata de encubrir con eufemismos los términos “viejo” y “vejez”. Así se habla del adulto mayor, de la tercera edad, de la edad de oro, etc. Pareciera que lo vitalmente necesario es empezar por no utilizar la palabra “viejo”; en no aceptar nunca la vejez.

Cabe destacar que no sólo el viejo utiliza mecanismos lingüísticos de defensa de “su juventud”, sino que también los utilizan las personas “macizas”, es decir, personas que no son jóvenes ni viejas. Veamos un ejemplo. Hace varios años le conté a mi amigo Ramiro Vogel —que tiene un hijo del mismo nombre— que cuando yo lo llamaba por teléfono la recepcionista siempre me preguntaba que si yo quería hablar con el joven o con el viejo. La reacción de Ramiro fue rapidísima, de defensa contra la vejez. Llamó a la recepcionista y le ordenó que cuando alguien llamara sin identificar con cuál Ramiro quería hablar, que no preguntara si “con el joven o con el viejo”; que preguntara si “con el joven o con el menos joven”.

La orden de Ramiro —que no es viejo, pero sí macizo— confirma la regla general que consiste en rechazar todo aquello que lo relacione a uno directa o indirectamente con la vejez, rechazo que se percibe claramente en el citado ejemplo, toda vez que no es lo mismo ser “viejo” que ser “menos joven”.

Pero esta regla tiene excepciones, como son las de aquellas personas que por haber superado los setenta años aceptan que son viejas, pero matizando esta aceptación con la tesis de que no siempre el tiempo coincide con la biología, porque existen personas que son cronológicamente viejas y al mismo tiempo biológicamente jóvenes.

Por consiguiente, la regla general es que nadie acepta ser viejo y que los que aceptan serlo —son las excepciones—, lo hacen desde el punto de vista cronológico, pero nunca desde el punto de vista biológico.

Hace varios meses en una “fiesta hípica” me encontré con un amigo de casi setenta años que andaba con una joven de más o menos veinte años. Me quedé sorprendido de la destreza y del estilo “aputado”—-un movimiento sensualmente cadereado— con que mi amigo bailaba amelcochadamente el “bolero marcado”.

Cuando se sentaron lo fui a saludar e inmediatamente empezó a hablar de que tenía la fortaleza de la juventud. Me dijo, como para que yo no pensara que él era un viejo viagroso, que su edad biológica no coincidía con su edad cronológica; que cronológicamente estaba por cumplir setenta años, pero que biológicamente tenía veinticinco.

Mientras él me hablaba del tiempo y de la biología yo pensaba que eran numismáticos los besos que su “novia” le prodigaba a cada rato en la boca. De pronto me di cuenta de mi equivocación cuando en un apasionado cruce de miradas descubrí que entre ellos “había química”: la química del amor. Quizás me equivoqué, pero yo vi a la muchacha muy enamorada de mi amigo. Al despedirme, éste me recomendó maliciosamente que no me despegara de la juventud.

Yo creo que desde que se descubrió la distinción entre la edad biológica y la edad cronológica, los criterios geriátricos han cambiado, así que no nos deberían extrañar casos como el relatado, así como tampoco debemos aceptar que el calificativo de “viejo” sea siempre un insulto, porque a partir de ese descubrimiento, ya no debe ser “arrecho” llegar a viejo porque lo verdaderamente “arrecho” es no llegar.

El autor es abogado y escritor, Miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  
.


---
   
Otros Artículos

La edad biológica y la edad cronológica

Kofi Annan, un titán de la paz mundial

En letra pequeña

La inmunidad del funcionario público

El hábito de la lectura