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El español frente a los extranjerismos
Róger Matus Lazo
Al señor Silvio Avilez Gallo
En La Prensa Literaria del 26 de enero, el señor Silvio Avilez Gallo publica un interesante artículo titulado “El español moderno”, en el que manifiesta —con sobrada razón— su alarma por la amenaza del inglés a “la propia identidad” de nuestro idioma, tesoro que debemos cuidar y conservar, como responsabilidad que incumbe a todos, especialmente a las Academias de la Lengua de España y de los países del mundo hispánico.
Debo decirle al distinguido señor Avilez Gallo que comparto su preocupación. Así lo consigné en 1996 en mi ponencia para ingresar a la Academia Nicaragüense de la Lengua, que titulé precisamente Presencia del inglés en el español de Nicaragua. Sobre el término “fulear”, por ejemplo, decía entre otras cosas: ¡Cosa rara, inaudita! Hemos llegado a olvidar verbos españoles como lleno, satisfecho, abarrotado, desbordado... porque todo el mundo dice full: full extras, full injection, full color, full time.
Pero su inquietud me obliga a unas consideraciones más amplias.
¿Todos los préstamos enriquecen nuestro idioma?
Los préstamos son el resultado de los contactos entre comunidades culturales y lingüísticas distintas que se han producido a lo largo de la historia y constituyen, como afirma Dubois, “el fenómeno sociolingüístico más importante en todos los contactos de lenguas”.
Las voces de origen inglés en nuestro idioma se incrementan cada día, como si se tratase de la época de la inundación de anglicismos: sala de estar, diaper, baby, pantry, dry cleaning, clóset, bikini (ya está en el DRAE del 2001), brasiere y bloomer, baby doll, strapless, blasser; baby shower, happy birthday, cake y coke, hobby, panty hose, jeans, shorts, sexy.
Pues bien. ¿De qué manera un extranjerismo empobrece nuestro idioma? Cuando se abusa de este tipo de vocablo, es decir, cuando se lo emplea indiscriminadamente; cuando se lo utiliza de manera constante y progresiva, de modo que se pasa fácilmente a la sustitución de los vocablos de nuestro idioma.
Muchas veces nuestros hablantes, por mero esnobismo, prefieren un extranjerismo —y especialmente si es anglicismo—, aun cuando el español cuente con un equivalente mucho más expresivo y preciso. El mejor ejemplo que se me viene a la mente en este momento es el horroroso “bay” (del ing. bye) que está remplazando a nuestro “adiós”. Pero se pueden citar muchos, como los anglicismos fans (admiradores); look (aspecto, imagen o apariencia); hall (vestíbulo); locker (casillero); superstar (superestrella); container (contenedor); marketing (comercialización o mercadotécnica), etc.
Nuestros jóvenes de la high life se sienten mejor comprando en un shopping center, un automarket o un minimarket, porque centro comercial, automercado y minimercado —aun cuando son términos españoles perfectamente adecuados— los sienten de poca categoría.
El español, una lengua pobre en terminología científico-técnica y tecnológica.
El español de Nicaragua, como en todo el mundo hispánico, es una lengua pobre en terminología científica y tecnológica, precisamente porque vamos a la zaga en estos campos. ¿Por qué se han impuesto finanzas, drenaje, yersey o yersi, jaz, yip, yet, robot, filme, clipe, casete, esquí, vatio, kilovatio, kilohercio y muchas más? Por ser voces propias de la ciencia o de la técnica internacional, de claro signo universalista. En verdad, muchos anglicismos figuran en el habla de nuestro país para designar en otro idioma nuevas realidades introducidas por la vida moderna. Veamos.
Piezas de un carro: claxon, cloutch, relai, bushing y bumper. Partes de un hotel: lobby, mezzanine. Electrodomésticos y otros aparatos en un hogar: freezer, betamax, microway, breakers, y sobre todo la sorprendente computadora, cuya terminología inglesa permanece intacta todavía, porque no se ha hecho ningún esfuerzo por crear o emplear las voces necesarias para evitar anglicismos innecesarios como salvar, display, accesar, y muchos más. Y es que el progreso técnico va de la mano con la penetración cultural.
En las últimas décadas, asistimos al avance arrollador de la informática. Pues esta ciencia con sus nuevos medios electrónicos ha introducido un lenguaje que avasalla nuestro idioma común. ¿De dónde nos viene esa influencia que no hemos podido detener? Del inglés, el idioma de los negocios, de la tecnología y de la industria del entretenimiento.
¿Cuál es la actitud de la Academia frente a los extranjerismos?
El principio general sustentado por la Real Academia Española sobre la incorporación de extranjerismos en nuestro idioma se puede sintetizar así: un término extranjero se introduce en nuestra lengua, adaptado a sus normas y leyes de pronunciación y escritura, si dicho término llena una necesidad idiomática, es decir, si el significado de la voz extranjera no se encuentra en español.
Vamos a esbozar, algunas razones por las que se han hispanizado determinadas voces del inglés, por el uso frecuente en nuestra habla cotidiana.
La primera razón, y la fundamental, porque no existe en nuestra lengua un equivalente que satisfaga plenamente su significado. El mejor ejemplo lo encontramos en la palabra estrés (del ingl. stress), para designar un conjunto de desórdenes en el sistema nervioso central como consecuencia de un exceso de trabajo del organismo.
La segunda razón, se debe a que es poco conocido el equivalente de la voz inglesa y los hablantes recurren, por tanto, al préstamo. La misma Academia ha incorporado en el Diccionario los términos casete (del fr. cassette) y esténsil (del ing. stencil), porque nadie emplea sus equivalentes en español: cinta magnetofónica y estarcido. Es más, los hispanoamericanos esperamos pronto la incorporación de zíper (del ing. zipper) porque nadie emplea el término común en la Península: cremallera.
La tercera razón, porque el préstamo —pese a que su equivalente en español existe y se conoce perfectamente— se ha abierto paso entre los usuarios y está suficientemente difundido y consagrado por el uso como el caso de líder (del ing. leader).
¿Enriquece nuestro idioma un extranjerismo?
Pero es oportuno aclarar que no siempre un anglicismo —como todo extranjerismo— empobrece nuestro idioma, sino todo lo contrario: lo enriquece. |
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