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El camino de las yeguas
Raúl Xavier García
De los elevados potreros del frío Diriomo, separado por una calle del Diriá, comienza un angosto y retorcido camino, baja con los que vienen, sube con los que van, tras de cienes de huellas de quienes hirieron con sus pies descalzos por primera vez la tierra, derribando madroños o cedros, rellenando zanjas, recogiendo hierbas quemadas, en busca del más corto desvío para llegar a Granada. Hoy solo, abandonado y envejecido en el olvido, culpa de una carretera construida a su lado.
A orilla en las chozas del camino, aunque bajo cielo y tierra sonaran relámpagos y cayesen como gotas de plomo el calor, al llegar las primeras lluvias de luces del viajero Sol, que no cesa de perseguir sombras, de cegar mariposas que se retuercen y caen al llegarles luz a sus ojos. Un hombre y la mujer bajándose del tapesco soltaban las sábanas que los unía, aún caliente sus brazos y piernas por el breve y grato ejercicio para reproducir humanos.
Luego entre bostezos y suspiros el sueño de la mujer se iba, el viento permanecía sereno, ayudándole a subir a su cabeza, el canasto poblado de mangos y nancites, ollas esféricas, comales de barro, junto a huacales, molinillos con jícaras preciosamente labradas, cogían el camino a vender en el mercado. Con vehemencia suplicaban a sus padres que les diesen de comer y beber a sus cerdos, a las gallinas y patos, que a veces los encontraban al regreso perdidos en los piñuelares. El hombre amarraba con cintas de cuero crudo detrás de los cachos de los bueyes el yugo de la carreta, llevando sobre sus hombros sacos de maíz, frijoles, mazorcas de cacao y manojos de cáscaras de nancite para curtir el cuero crudo en las curtiembres granadinas.
Si veían venir acercárseles a su encuentro sombras humanas, que caen por el camino que de Niquinohomo viene y sigue por Catarina al borde de la ovalada Laguna de Apoyo, temerosos aligeraban el paso, o si los reconocían, saludaban sin detenerse a la comadre y al perrito que aullaba al ver salir agua de los costados de los cerros, apagando la sed en la garganta de caballos, y a los arrieros de cerdos y ganado. Por allí, vagaban en las noches de luna el cadejo negro y el banco, la carretanagua. Las quiebraplatas y los zancudos destrozaban con su luz y sonido, el aire.
Por ese mismo camino el primer Domingo de Cuaresma, todos los peregrinos de Granada, en romería van a cumplir su promesa al Cristo de Esquipulas, en el altar de La Conquista. Cuando los rinde el cansancio y los envuelve la noche se acuestan picados junto a los cercos de piedras. En la mañana siguiente los levantan las luces del amanecer. A esa hora siguen los andantes llenando con su risa los potreros vacíos.
Herido el camino, sale al encuentro de la carretera que pasa por Nandaime, exactamente donde hoy se eleva una fábrica de alambres y clavos. Allí los que tenían el mismo color de la piel y la sangre que nosotros, chocando sus caras con las luces de la ciudad, sin querer oír el sonido de sus pasos que dejaban sobre el polvo amarillo. Hasta llegar al cementerio y un lugar vacío alquilaban por cincuenta centavos para el cuido de sus bestias y carretas mientras hacían sus compras en el mercado.
El camino de las yeguas siempre vive, pero el sonido de su nombre cada vez se aleja más de los oídos humanos. |
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