|
|
|
|
Disertación piscícola
David Ocón
(Dedicada a San Pedro, pescador de almas)
En las profundidades marinas viven los celacantos, los peces ciegos porque no tienen necesidad de ver, el medio oscuro y frío en el que se desplazan jamás recibe la luz natural, la enorme masa de agua no permite su paso, ninguno de sus potentes rayos logra traspasarla.
Ya se sabe que el buzo auxiliado por poderosos reflectores sorprende al celacanto en su medio tenebroso, nadando con mínima velocidad, suspendido en el silencio casi absoluto, solo, del color de las piedras, metido entre sus oquedades o bajo los relieves de las fosas marinas. El celacanto ahí está, viviendo su vida, cumpliendo su ciclo como todo ser animal sujeto a las leyes de la natura: nacer, crecer y morir, muy bien, gracias.
Claro que no es gregario, vive sin ningún otro afán que el de alimentarse cuando el plancton o alguna alga ronda cerca de su jeta. Sin salirnos del agua para no hacer símiles o referencias con las sociales, organizadas y laboriosas hormigas, abejas y resto de animales parecidos a los humanos, es la antípoda de los bellos cardúmenes de especies que nadan transportados por las corrientes marinas y el color de sus pieles ictiológicas compite con las gamas florales, estos peces son pájaros del agua, ya que por su número y desplazamiento ordenado recuerdan las bandadas de chocoyos que vuelan por las tardes en el aire.
El solitario celacanto es un monstruo marino, engendro de una naturaleza que ha producido inexplicable variedad de seres vivos, de los que nadie atina a formular o al menos intuir con certidumbre finalidad alguna y no es que su existencia pretenda justificarse en el plano de los propósitos o causalidades, porque ello sería un desatino, si con dificultad afirman los creyentes que las criaturas nacieron para alabar a Dios y hacer evidente su creación, este ser ni siquiera forma parte del ciclo de la cadena alimenticia, que con tanta animación exponen los biólogos y ecólogos conferencistas.
Así nos muestran láminas coloreadas donde aparece un chancho en sempiterno perfil comiéndose un cerote (pedazo tubular o cilíndrico de mierda), un hombre desnudo degustando un trozo del chancho, el estómago y los intestinos del hombre expuestos con variedad de parásitos que a su vez se alimentan del alimento humano, y aún hay más.
El celacanto: pez marino de gran tamaño y muy adiposo, próximo de los antepasados directos de los vertebrados terrestres, ésta es la parca definición que ofrece el pequeño Larousse Ilustrado de 1997, pero no podemos pedir más a un diccionario, el animal reclama una investigación profunda acorde con su hábitat y su rareza. Pero como el presente texto no es un estudio piscícola, basta que disertemos un ratito a costa del referido pez.
Es excepcional que no forme parte de la cadena alimenticia, sencillamente no hay quien se lo harte, ni el buzo más de a verga aguantaría la presión del volumen marino a esas honduras, ni sería costeable alquilar el batíscafo del capitán Cousteau para darle pesca, ni otros peces se atreven a bajar tan bajo porque su conformación anatómicofisiológica no lo permite, entonces, ¿cuál es la jodedera?, ¿acaso todo ser viviente tiene que insertarse a güevo en la maldita cadena?, ¿en el ciclo del te harto y me hartás?
No cabe duda que el tal prurito deriva de nuestro canibalismo proyectado a todas las especies, de esa antropofagia devoradora disfrazada algunas veces hasta de piedad, amor o compasión.
Es preciso que mandemos a Aristóteles a la mierda, liberarnos de esa torpe manía de querer encadenar causas con efectos por todos lados, dejar a Santo Tomás de Aquino con su gran panza arrimado a la mesa del comedor donde se sentaba orillado al canto en que la arista cambiaba de recta a curva para que le cupiera. Acaso no es hermoso y si se quiere hasta curioso o entretenido constatar con Sábato que el Universo indistintamente produce: héroes, criminales, lápices, zapatos, santos, mártires, lechugas, imbéciles, chequeras, genios, plátanos, artistas, lagartos y Biblias?, eso se llama diversidad, variaciones de uno o miles de millones de temas, y qué, y qué, y qué, uyuyuy, uyuyuy.
No hay que desperdiciar el maravilloso espectáculo de ver volar en nuestra estratosfera: hamburguesas, monjas, trapos de alta costura, refrigeradoras, sillas y mesas, la cúpula de San Pedro diseñada por Miguel Ángel, pollos asados, libros de poemas, calendarios, las Torres Gemelas, el Challenger y todo lo que usted quiera, a fin de cuentas Antonioni ya nos regaló esta imagen estallante y memorable en Zabristki Point.
Por lo tanto y para los efectos que tenga a bien aplicar se recomienda dejar al celacanto en paz, nadando con su gran tamaño y adiposidad, sólo y ciego, en la oscuridad. |
|

 |
|
|