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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 2 DE MARZO DE 2002
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La vida en su avalancha te arrastró

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Pedro León Carvajal

En noviembre de 1977 inauguraron el restaurante Panamá Soberano, sobre la Carretera Norte, con tremenda pista de baile y amplio estacionamiento para carros. Esa noche de la inauguración, como a las siete ya todo estaba listo, el sonido, la orquesta, las luces, las meseras, el hielo, ochenta cajillas de cerveza y veinte cajas de ron. Los clientes iban llenando poco a poco el salón. Pero el maestro de ceremonias no llegaba nunca. Yo estaba de cliente casual, consumiendo mi media botella de Extra Seco. Los músicos llegaron a saludarme. ¿Cómo te ha ido, Monjarret? Tenemos un problema, no tenemos quién presente la orquesta y anime el espectáculo, necesitamos tu ayuda. Me tomé otro trago, presté un peine, me consiguieron una corbata, subí al estrado, di unos pasos con el micrófono en la mano, y dije:

“Damas y caballeros, respetable y culto público presente, buenas noches. En esta cálida noche tropical, bajo esta lluvia de estrellas y palmeras, a nombre de su rubia de sabor nicaragüense, y de su ron favorito, que hoy lo toma y mañana cero goma, su restaurante Panamá Soberano les ofrece la más cordial bienvenida, y con motivo de su inauguración se enorgullece en presentar esta noche de gala a la famosa orquesta del maestro Fodilberto Canizales. Con ustedes señoras y señores, la orquesta Los Chanflers. Recibámoslos con un estruendoso aplauso...”

Esa misma noche me encontré a Fidelina Arenales. Habíamos sido novios en cuarto año de secundaria. Después la vida se había encargado de separarnos y distanciarnos. Como dice una canción del trío los Panchos: “La vida en su avalancha nos arrastró”. Habían pasado 19 años. Ella acababa de divorciarse, había salido esa noche con una amiga, para distraerse. Las invité a compartir mi mesa. El dueño del negocio nos mandó a poner dos litros de Gran Reserva y un churrasco para cada uno.

Bueno, nos pasamos diciembre y enero completos en un solo bacanal; 1978 prometía ser nuestro año. Íbamos a donde tocara la orquesta. Porque desde ese día en adelante yo me convertí en el novio de consolación de Fidelina Arenales y en el presentador oficial de la orquesta Los Chanflers. Estuvimos en Pochomil, en San Juan del Sur, en Poneloya. Lo único malo fue que desde esa primera noche yo ya no regresaría a mi casa, a donde mi legítima mujer. Dicen que ella hasta llegó a pensar que me habían secuestrado. Estaba la pobrecita nerviosa, ojerosa, desvelada, esperando que la llamaran por teléfono para exigirle rescate. ¡Pero qué va! Después le contaron todo, y ella lo que hizo fue mandar a un sobrino para que me entregara una valija con mi ropa, un desodorante, un cepillo de dientes y otras cositas que me podían hacer falta.

Ahora Fidelina y yo ya tenemos siete meses de andar juntos. A ella después de este divorcio le quedó un laboratorio, porque este último marido había sido laboratorista. De eso vivimos, y no nos falta el dinero. Porque aunque sean los centavitos de los exámenes de mierda nos están goteando a diario. Además a Fidelina este marido le dejó dos tarjetas de crédito, y yo las manejo, aquí las ando en la billetera. Puedo sacar gasolina, o sacar lo que quiera en el starmarkt. Después Fidelina paga, o el ex marido, yo no sé bien ni tampoco me interesa.

La que nunca va a perdonarme es mi mujer. Ni mis hijos, que ya son universitarios, y se han dado cuenta de todo. Yo estoy pensando decirle a Fidelina: amor, lo nuestro ha sido bellísimo, intenso, sublime, pero tenemos que terminarlo. Y lo que ella me conteste te lo cuento otro día, porque ahora ya tengo que irme. Vamos a reparar un motor de ocho cilindros, en Sabana Grande, yo tengo las llaves de la camioneta, ya me deben andar buscando. ¿Qué? Aquí estoy, ya voy, ya voy. Parece que ya me están llamando. Nos vemos otro día.

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