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Crítica
Recordar es vivir
Juan Munguía Novoa
Entre la bulla y agitación de la campaña electoral pública, Juan Velásquez Molieri con su Libro primigenio “Los Esplendores Vividos” (nacido como cuando en España Rafael Alberti publicó su espléndido libro Entre el clavel y la espada), un paréntesis de ternura que nos apaga la vocinglería de promesas que nunca se cumplirán.
Como dice nuestro crítico y poeta, Álvaro Urtecho al presentar el libro, “Los Esplendores Vividos”, son un ejemplo de que se puede escribir poesía de sentimientos y pensamientos profundos sin palabrería, con expresiones sencillas, claras y transparentes.
Entre los temas eternos de Dios, la Patria, el Amor y la Muerte, escoge el poeta Velásquez Molieri, el del amor por sus antepasados y así magistralmente evoca a su abuelo y a su padre Juan Velásquez Prieto, quien fue mi inolvidable amigo y el mejor guitarrista de su tiempo, que interpretaba desde el Claro de Luna de Beethoven y el Minuet De Padereweki, a los Corridos de Tino López Guerra, las canciones de Agustín Lara, Carlos Gardel y lo folclórico de Camilo Zapata y de Edwin Krüger.
Los primeros versos son cortos, parecidos a los chispazos de Mariana Sansón y a los de Emily Dickson, que tradujo hace poco Claribel Alegría, pero lo escrito para Lilliam Gutiérrez Valle nos comprueban que la mejor Musa es la carne y hueso, según Rubén Darío y lo mantiene el gran poeta español Luis Rosales, con su Poemario La Carne Contigua, ya que una buena esposa es un tesoro cuya lealtad nos acompaña en la gloria y en la adversidad, como reza la Epístola de San Pablo.
A su Lilliam Gutiérrez Valle le dedica un cuarteto de fe profunda, como una Trinidad de fortaleza contra el aburrimiento, pero con optimismo ante el futuro.
“Somos ahora uno en tres comprometidos en lid contra el tedio asestando nuevos golpes al pasado sin más caminos que el de unirnos”.
PATER ADMIRABILIS
Los fuegos vividos, son una sucesión de recuerdos de su infancia en Chinandega, de sus estancias en París y en Miami, hasta que el áncora de su vida lo arraigó, en Managua, allí florece el amor paternal con ternura suave.
Hay un poema fino como un cuadro de Watteau.
“Viene la niña en la tarde acercándose con pasos de pingüino polar y con risa de bosque encantado la abraza y besa”.
Pero esta risa se le convierte en llanto, cuando ella es novia y se casa y mientras todos se alegran en la boda, su padre sufre por entregarla y se queja.
“Y no verás que yo, tu padre, llorón cincuentón conservará el último grano de arroz en la cuenca de su mano”.
Al que está vivo le es posible recordar, unir lo pasado con lo presente. Al aforismo latino de “Cógito ergo sum”, puede agregarse otro: “Recordar es vivir”, porque la situación en el tiempo, propio del ser consciente y los primeros síntomas de locura, son la pérdida de la memoria. En Los Esplendores Vividos, existe una liga perfecta de los lugares, personas y tiempo.
Por asociación de ideas, recorremos los mismos lugares y así vemos las riberas del Sena en París reflejando el perfil de Napoleón, y vemos, de nuevo, lugares que recorrimos como los grupos en las riberas del Sena, formadas por pintores famosos y aprendices que llegan a recordar o aprender. Allí no imagino la figura de Carlos Meza y Salorio, excelente abogado y excelente pintor, que pintaba con facilidad, era de los que ejercen la profesión, llevando dentro a un artista o un profesional distinto a las personas que son ellos. A Velásquez Molieri se le sale el periodista que lleva dentro y por eso nos detalla en verso suelto y amena, las vidas de Mikey Mantle, el Mocetón de Oklahoma y de Frank Sinatra, con sus vidas de beisbolista y de cantante. Nos da una lista exhaustiva de los hombres y mujeres famosos con quienes se rodearon.
En un hermoso poema para mi hijo Juan Ernesto evoca sus estancias en Madrid y París, en la bella capital de España, adormecida por el líquido violín del Manzanares, al que Lope de Vega bautizara como “aprendiz de río”.
Finalmente en “Oración de Aniversario” dedicada a su Padre Juan Velásquez Prieto, dice:
“Ya no siento el espanto de la muerte pues me dará la alegría de volverte a ver”.
Esto nos recuerda a Santa Teresa en su poema inmortal:
“Ven muerte tan escondida que no te sienta venir porque el placer de morir no me vuelve a dar la vida”.
A los elogios del excelente escritor Álvaro Urtecho, se agregan los del poeta leonés Edmundo Argüello quien ve al poeta Velásquez Molieri, “con el lápiz del horizonte, pintando de gris ascendente el disco ámbar del sol a las estrellas sostenidas en la bóveda azul de la noche”.
Con Los Esplendores Vividos, inicia Velásquez Molieri, su viaje sobre las estradas de la poesía, yo espero que triunfe en ella, porque escribe con sencillez, emoción y sinceridad. |
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