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La música tiene sexo
Joaquín Absalón Pastora
Peter Ilith Tchaikokski y Federico García Lorca están incluidos en la selección piadosa y erudita que A.L. Rowse hace de nombres descollantes en la ambivalencia sexual.
El historiador de Oxford celebra las trilogías de la época isabelina y es analista de los sonetos de Shakespeare. Considera que la homosexualidad —criterio que no compartimos y situamos en el párrafo deplorable—se desprende de las sustancias maternales.
En el doble carácter están insertos: Jacobo Primero, Federico el Grande, Francis Bacon, Custine, Chicherin, el Canciller de Lenín, Miguel Ángel (El Príncipe de los desnudos), Leonardo Da Vince, el de la Monalisa, admirada en el tumultuoso silencio de Louvre, Maughan, Walt Whitman en uno de cuyos versos dice “pronto comprendí que él no podía vivir sin mí”, Verlaine quien dijera “cuánto añoro esas noches, esas noches de Hércules”, Marcel Proust “el del tiempo inconsciente”, García Lorca, de “sangre y rodeo”, amigo personal de Falla, baladista de la gitanería, Marlowe, Wilde y otras celebridades.
Peter Tachiikovski (1840-1893) es el músico más sensitivo y subjetivo de su tiempo. Los compases de su música no ocultan la inclinación femenina acentuada en el lloriqueo de las maderas.
Sólo en el pronunciamiento de su Séptima Sinfonía —por cierto ignorada— se advierte la tardía reacción de quien nacido hombre, no usó el derecho de serlo.
Los primeros doscientos cuarenta compases no completaron el primer movimiento. Fueron escritos por él pero revelándose frontalmente con la Sexta (patética) y la calificó así porque ella es la confesión más pública de su complejo. De ella dice el propio autor que “es la composición más sincera, la piedra clave de toda mi obra”. Todo es quejumbre. El sostenuto evangélico perplejo es tomado por los fagotes en el recuerdo inevitable de la obsesiva inclinación pianística. En esa expresión suya: de trompeta a veces, manifestación repentina de virilidad y de arpas sumergidas para disimular, queda expuesto el auténtico sello de sus personalidad o allá en lo casi imperceptible las piruetas coqueteando con las maderas en el segundo plano de la orquesta que él supo dirigir con maestría.
Ese “allegro non troppo”de las violas, retrata precisamente la debilidad expresada de una víctima de la naturaleza, porque él nunca quiso ser lo que fue en el plano de la intimidad. Tachaikovsky fue homosexual nacido así, como natural fue la estructura melancólica con la cual siempre talló la resignación.
Si pone sordinas es porque pretende ocultar el estupor.
La música también tiene sexo y él estaba en medio de los términos en los cuales jamás quiso ser el protagonista definido. Se oye un bajo obstinado y persistente: señal de la reconquista de la hombría. Conquista paseada en el corredor de la dualidad. La coda es breve. Aparece una indiscreta melodía que desfigura el tema del dolor.
Conserva con insistencia el compás de cinco por ocho y apela a la tarantela para dar señal de inusual festejo. Lo vuelven reo de nuevo las hadas prevalecientes en su ballet (de su LAGO DE LOS CISNES) dedicado al más amado de sus discípulos: Vladimir Chilovki. Él habla ahí. Dice que se llama LA PATÉTICA, confesión de la inestabilidad emocional.
Luego oímos LA SÉPTIMA. Existe y es viril, significativa, pura. La antípoda de LA SEXTA. Recupera la “diferencia” en los primeros doscientos cuarentas compases. Manifiesta que ha triunfado sobrevivido ante la euforia desnaturalizada trazada por el destino. Y usa trompetas.
Por eso cuando leemos a Rowse y él afirma la dualidad del maestro cuyo nombre recorre las más ilustres plazas del mundo, aflora en nosotros la distancia conceptual de dos sinfonías (SEXTA Y SÉPTIMA), que hemos oído con admiración hacia el talento torturado por “un intenso complejo de culpabilidad”y temeroso de que la sociedad lo señalase con el dedo del moralismo inflexible. |
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