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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 2 DE MARZO DE 2002
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Paren la guerra II

Eugenio Torres Díaz

Al salir el sol, taciturno y sentado en el filo de la negra guadaña lloró sin saber por qué.

Se había quedado solo y lo que más lo entristecía era que su inconsciente le hacía sentir la pérdida de su fanático ascetismo.

Metido en la tenebrosa y espesa oscuridad, en su incómoda y torturadora posición, no podía precisar la cantidad de tiempo que llevaba en ese dantesco lugar.

Se encontraba transformado, metamorfoseado. Gregorio Samsa un enorme insecto (Kafka), él una inmensa mueca viva o imitación, garabato putrefacto, enfermo y sin libertad.

Se transfiguraba en la negra, maloliente y retorcida niebla, en su vacío, en la nada y en toda su deplorable condición infra-humana. Barría el húmedo suelo y restregaba su escuálido rostro con su metálica y mugrienta barba, se cobijaba con el largo bronce de su enmarañado pelo y por último se enrollaba como espiral o gusano ciempiés.

La esperanza y la lucidez solamente afloraba en su denegrido y gnomo-pensamiento, en un diminuto y brillante orificio que aparecía por la aspillera y que lo consolaba puerilmente comiendo sus largas, sucias y aterradoras uñas. En ese breve momento milagroso, miraba estallar el sol en Nueva York, sagradas escrituras, profeta, desierto, sal, sol, sangre, religión, muerte y guerra. Hasta que las distorsionadas imágenes se le borraban y perdían con la partida del punto luminoso de concreto. Mente en blanco o negro, ser sin ser total pérdida de la conciencia.

Ayer y digo ayer, porque llegó a creer o establecer en su perturbado sistema o entendimiento, a el micro-lente refulgente, como el inicio de un nuevo día, en esa ocasión logró decir en susurro, “me metieron en un hoyo creyendo en el dogma religioso, crecí en el mismo con la promesa en mi incipiente conciencia, sufrí y realicé la voluntad divina en esta caverna terrenal y al morir me pondrán en un último hoyo en donde volveré a nacer, es decir regresaré a mi origen”, terminó diciendo hasta quedar completamente amainado.

Cuando el huracán “x”, azotó la isla, ese día se desvaneció de muerte. Fue trasladado a otro lugar en donde se le salvó la poca vida que le quedaba, para poder ser debidamente enjuiciado por sus atroces crímenes contra la humanidad. En el juicio confesó su culpabilidad sin inmutarse y sin ninguna muestra de arrepentimiento en el atentado del 11.09.01 perpetrado en la gran manzana o cebolla.

En pleno uso de sus facultades físicas y mentales fue llevado a cumplir su pena capital, y sentado en su última y letal silla a gritos eléctricos terminó diciendo. “El fin sólo llegará después de un tiempo, dos tiempos y la mitad de uno, los serafines se mostrarán con sus seis alas y todos podrán ver la venida de Alá”.

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Paren la guerra II


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