|
|
|
|
Comentario
“La danza de los días”
Ezequiel D’León Masís
La poesía de Alfonso Fajardo (Nueva San Salvador, 1975) nos sitúa ante una indagación estilística a la que no podemos juzgar sino como relevante en el seno de una tradición literaria salvadoreña que, a momentos, ha padecido de cierta retórica relamida y de la que no logran escapar muchos poetas de su generación.
Después de “Novísima antología” (1999), “La danza de los días” (2001) es el segundo libro de Fajardo que aparece publicado. En el reducido escolio que le vale de prefacio a “La danza de los días”, Mario Noel Rodríguez da un juicio por lo demás osado que pretende examinar esta poesía con arreglo a las lecturas que su autor haya o no concebido: “Sin duda, entre los jóvenes poetas es en quien encuentro más lectura”, asegura Rodríguez, persuadido acaso por los epígrafes que se reproducen en el poemario.
Según Carlos Clará, en la poesía de Alfonso Fajardo se advierte un tipo de “cinismo de la metáfora”; el sentido de esta expresión, si bien más ético que estético, nos acerca a un perfil elemental del lenguaje de Fajardo en el que la metáfora es táctica y maniobra predilecta, recurso exuberante si se quiere, pero de ningún modo desatinado ultraísmo.
Es visible. Algunas metáforas provienen de la idea vanguardista sobre la imagen insólita. Por ejemplo: “¿Mi vida?, ésa es apenas /una mecedora con patines aerostáticos”. Son frecuentes las metáforas elaboradas con frases enfáticas, sentenciosas. Verbigracia: “La vida es una guillotina disfrazada de escritorio”. O: “el sol es un viejo pederasta que toca tus nalgas”. Pero el lector puede toparse también con imágenes inteligibles que confirman su autenticidad en lo explícito de su gramática: “Vivo entre cucarachas y ésa no fue una metáfora”.
Snobismo o no, en “La danza de los días” la urbanidad es el referente invariable de numerosas imágenes. Si Borges distrae su verso en puntilloso amartelamiento con su “Fervor de Buenos Aires” (1923), Fajardo funda míticamente su “Ardor de San Salvador”, con una visión de la ciudad muy cercana a la hiperbólica figura de “la bestia con un millón de cabezas” del narrador peruano Enrique Congrains Martín.
Por una parte, está el fascinado “ardor” de la ciudad que a fuerza, digamos, hace de lo urbano un argumento ineludible para el poema: “Soy testigo de este ardor imperdonable que cubre el tiempo y, /sin embargo, esta ciudad fantasma es un poema donde nada pasa”. Por la otra, ingresa en el texto el enorme monstruo urbanístico: “Sabemos tatuar quimeras en los hidrantes donde respira la bestia”.
Alfonso Fajardo problematiza el medio urbano. Para él la ciudad impele al individuo, se apodera de él y termina por borrarle su identidad: “tus fauces engullirán mi voz y la saliva centelleante de tus pozos será mi altar”.
Hay otro aspecto de interés. Lo que persiste en el fondo de esta poesía es un acento doliente —quejoso, aunque humano en verdad— situado ahí en reconocimiento y condena de la vida del hombre como arquitectura social: “Vivo y no vivo en una ciudad /que me sofoca y me refresca: /bajo el puente de sus días caminan mis ignominias”. Ignominia, es decir, afrenta del ser por lo humillante, por las repugnancias propias. Fajardo recurre a una penetrante figura de lo abyecto. Dice: “Los oleajes dejan caer las escenas /que matan al hombre y reviven al poeta /que defeca a la vida en estas líneas”. No sin hastío, añade: “Uno espera el alba, los pájaros del sueño; /y he allí el error, la ingenuidad: sólo el mal /se obtiene, el excremento se patea, a cántaros / baña su agua negra que es abundante”.
Al lado de esa cáustica relación de lo ignominioso, Alfonso Fajardo formula —en fiel contigüidad con el iter criminis carlosmartiniano— la concepción del poema calculado como acción criminosa. Fajardo enuncia su palabra poética entre el escape azaroso de la subjetividad y el culto a la embriaguez, inseparable del estilo de vida heterodoxo: “Yo digo que es tiempo, /que siempre es tiempo /para expatriar la ignominia enterrada en el pecho /y que su lluvia de vino embarre las mesas donde se conspira el poema”. Antes de significar vitalidad creadora, todo esto llega a ser alguna confección más bien mítica e inservible de la bohemia. Pero, por lo menos, es poesía escrita en libertad. |
|

 |
|
|