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SáBADO 8 DE JUNIO DEL 2002 / EDICION No. 22753 / ACTUALIZADA 02:30 am
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La crisis del sistema carcelario

Sergio Vélez Astacio

Construir más prisiones para detener el delito es como construir más cementerios para detener las enfermedades mortales.

En un mundo en lo que políticamente correcto suele encubrir el lado desfavorable de la realidad, tratamos de evitar el sombrío término prisión. Preferimos hablar de “Centros Penitenciarios” o correccionales, que ofrecen “formación profesional” y “Servicios Sociales”. Hasta el vocablo preso nos parece inhumano, y optamos por el de interno. Sin embargo, si profundizamos un poco, descubriremos los serios problemas que afronta hoy el sistema carcelario, entre ellos la elevadísima inversión económica que supone mantener entre rejas a los delincuentes y el creciente abismo que media entre los objetivos de la encarcelación y los verdaderos efectos de ésta.

Hay quienes cuestionan la eficacia de las cárceles, pues dicen que si bien la cantidad mundial de presos supera ya los ocho millones, el índice de criminalidad no ha disminuido considerablemente en muchos países. Además, aunque un alto porcentaje de reclusos está en prisión por delitos relacionados con las drogas, la disponibilidad de éstas en las calles sigue siendo muy preocupante. Pese a ello, muchos nicaragüenses consideran que el encarcelamiento es la pena ideal. A su modo de ver, cuando el infractor es encarcelado, recibe su merecido. Una periodista conocida en nuestro medio asemejó este afán de meter a los delincuentes a una fiebre “La fiebre de encarcelarlos”.

La encarcelación persigue cuatro fines principales: 1) castigar al infractor, 2) proteger a la sociedad, 3) evitar delitos futuros, 4) reformar al delincuente, enseñándole a ser un ciudadano decente y productivo tras su puesta en libertad, irónicamente cuando salen son delincuentes productivos. Hay personas sinceras que se esfuerzan por educar y ayudar a los internos y muchos de ellos agradecen de corazón su magnífica y altruista labor.

Pero existe la opinión de que es imposible reformar todo el Sistema Penitenciario, y que en semejante entorno no hay muchas probabilidades de que los reclusos cambien. Aunque tal vez sea cierto que la encarcelación de por sí nos infunde nuevos valores, algunos presos han logrado cambiar su vida gracias a la educación bíblica recibida. Estos casos demuestran que, a nivel particular la reforma sí es posible.

Muchos creen que la religión puede contribuir bastante a que los prisioneros se arrepientan de los actos que cometieron. Pero un problema fundamental es que los cambios de personalidad conseguidos en prisión no suelen perdurar una vez que la persona sale en libertad. Un preso explicó la situación con estas palabras: “Muchos hallan a Cristo en este lugar, pero cuando salen lo dejan atrás”. La experiencia ha demostrado que para que los cambios sean duraderos tiene que realizarse en el interior, en la mente y en corazón de quien infringe la Ley.

La crisis del sistema carcelario afecta al bolsillo de todos los ciudadanos. Se calcula que en Nicaragua, por ejemplo, cada interno cuesta a los contribuyentes unos dieciséis mil doscientos dólares anuales, y los presos mayores de sesenta años pueden costar dos veces esa cantidad.

Si bien es cierto que las cárceles sacan a algunos delincuentes de las calles por un tiempo, parece que hacen poco, o casi nada, por impedir la delincuencia a largo plazo.

Las condiciones inhumanas en las que se encuentran muchos presos no fomentan la confianza pública en el sistema carcelario. Los recursos que han sido maltratados durante el cumplimiento de su sentencia difícilmente se reformarán.

Por lo general las prisiones no son más que Universidades del delito.

Degradar y desmoralizar a los presos es la peor manera de prepararlos para cuando salgan de la cárcel.

Cuando los presos no tienen una manera constructiva de pasar el tiempo, lo utilizan para planificar acciones delictivas que pondrán en práctica cuando salgan a la calle.

“Nuestras prisiones son magníficas para producir personas amenazadoras, violentas y ruines. La mayoría de los reclusos, cuando salen de la cárcel, quieren arreglar cuentas con la sociedad”, lo que no se puede negar es que el trato inhumano deshumaniza tanto a los que lo reciben como a los que lo administran.

El autor es experto en Derecho Tributario.  
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