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MIéRCOLES 5 DE JUNIO DEL 2002 / EDICION No. 22750 / ACTUALIZADA 02:30 am
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A dónde va Nicaragua

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Donald Lacayo Núñez

Ésa es la pregunta que nos hacemos los nicaragüenses todos los días. hacia dónde queremos llevar a Nicaragua, país con apenas 181 años de vida independiente, parece más bien un país viejo y carcomido, como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas.

Y es que los nicaragüenses tenemos todos los inconvenientes de un pasado glorioso pero sin gloria, que nos hace vivir soñando e ilusionándonos de lo que pudimos hacer y no lo hicimos, y no avanzamos, por el contrario, el pueblo sigue pobre y miserable, desnudo, sin techo, falto de escuelas, carreteras en muy mal estado, caminos de penetración que con el primer aguacero quedan intransitables, no se abren fuentes de trabajo estables, sostenidas y de cara al futuro, todo parece indicar que estamos llevando a nuestro país a la decadencia sin haber tenido apogeo.

No se necesita ser especialista en ninguna rama del saber humano para darnos cuenta, que ante tantas limitaciones y pobrezas, ante tantos años de lucha estéril, pareciera más bien que somos un pueblo sin entusiasmo, sin fe, sin futuro, y para agravar la situación, cuando alguien, hombre o mujer, carga algo en sus sesos y quiere mejorar su vida y en muchos casos aún salvarse de la muerte, tienen que huir a países más propicios llevando su obra, su vida, su futuro, sus esperanzas y la de su familia en los brazos de la esperanza, como la Virgen llevaba a Jesús huyendo de Egipto, porque Nicaragua no le ofrece oportunidades. Qué triste.

Es preciso que los nicaragüenses nos vayamos diciendo la verdad, que no vivamos más sobre mentiras ni sobre falsas ilusiones debemos de desterrar la desconfianza entre nosotros mismos, esa desconfianza del idiota y del ignorante que no sabe distinguir si le hablan en serio o si le toman el pelo. Es preciso diseñar nuestro futuro sobre bases e instituciones políticas, sociales, económicas, culturales y judiciales sólidas, para que mañana tengamos hombres y no hombrinos.

Es necesario que con humildad, frente al flagelo, el hambre y la escasez, nos hagamos una autoconfesión y exclamemos públicamente, actuando y diciendo todos que queremos a Nicaragua y podemos levantarla, que amamos desesperadamente a este país, como se ama a una madre que en su lecho de enferma agoniza para despedirse de sus hijos para siempre.

Ya es hora que los nicaragüenses nos entendamos de una vez por todas para llevar a este país hacia nuevos destinos y derroteros, y que no siga siendo un país de pobres y paupérrimos, o un pobre país de hermosa rapiña para los fuertes. No permitamos más que Nicaragua se siga asemejando a un caballo muerto en las laderas de las montañas de Amerrisque, bajo un revuelo de cuervos.

Nosotros y sólo nosotros los nicaragüenses somos los responsables de nuestras vidas y de nuestro futuro, nosotros y sólo nosotros somos los responsables de que Nicaragua y los nicaragüenses mejoremos y no sigamos alzando voces para echarle la culpa de nuestros males a otros, especialmente a los extranjeros, porque el extranjero viene a nuestra Patria como va a cualquier parte del mundo a hacer negocios, a comprar y a vender porque se compra lo que se vende, y en un país en donde se venden conciencias, se compran conciencias, en donde se vende la dignidad, se compra la dignidad. Al final, la vergüenza es para el país, el oprobio es para el vendido, no para el comprador.

Tampoco a estas alturas debemos de buscar culpables de nuestros males y errores en las oligarquías, como se pretende en algunos círculos. Ni en la antigua oligarquía, tradicional, corrupta, que igualmente se vendía, ni a la nueva oligarquía de capitales de origen no muy claros, ambiciosa, sin patriotismo, para quienes la política vale tanto como puede sacarse de ella. Una y otra han despreciado a la clase media y pobre de este país.

Y ninguna, ni la una ni la otra de estas dos oligarquías han producido grandes hombres en Nicaragua. Ambas han defendido únicamente sus intereses financiero, de grupo y de clase.

Si no veamos. Acaso no es cierto que la historia financiera de Nicaragua se ha resumido en la biografía de algunos señores que tradicionalmente han asaltado el erario público, como el famoso Margarito, célebre bandido y violador, correcaminos en mi pueblo natal, Acoyapa. Pero aquellos eran más cobardes que éste, porque Margarito, por lo menos exponía su pellejo. Aún con todo, las viejas oligarquías que viven del recuerdo, las nuevas oligarquías y los financieros han entendido que debemos de compartir con los más pobres, algo de lo que tenemos. Ese es un avance importante.

Y la justicia que también es parte de nuestros males, es como Judas, sentado en el Tribunal después de la crucifixión, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas.

Nicaragua debe de caminar por un derrotero en donde para siempre derrotemos la injusticia, las profundas diferencias entre ricos y pobres, el acceso que deben de tener los más débiles y pobres a la educación, en donde solidariamente compartamos lo mucho o lo poco que tengamos, en donde no hayan privilegios, sino esfuerzos y sacrificios para que todos podamos gozar de las bondades con que Dios y la naturaleza ha dotado a Nicaragua.

La tarea no es fácil. Pero será menos difícil si nos abocamos a trabajar con entusiasmo y nos damos cuenta que el Superman que actuaba en las películas, lamentablemente lo tiró un caballo, está en sillas de ruedas y no puede andar solo, como tampoco puede andar y levantarse sola Nicaragua. Ningún nicaragüense puede o es capaz de sacar este país adelante. Todos debemos de ser partícipes, sin exclusiones.

El autor es abogado y diputado.  
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