Tenemos derechos pero también deberes
Annabelle Sánchez Duarte
Mucho hablamos en Nicaragua y en el mundo entero sobre los derechos humanos y ya estamos adquiriendo en nuestro país el hábito de reconocer y hacer valer ante las personas individuales o institucionales varias los derechos que nos son inherentes por el mismo hecho de ser persona.
Cualquier persona sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquiera otra condición debe gozar de cada uno y todos los derechos consignados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Sin embargo, nos damos cuenta que queda aún mucho por recorrer en la promoción y educación en materia de Derechos Humanos. El hecho de que exista una Declaración Universal de los Derechos Humanos no es garantía para que todos los nicaragüenses conozcamos y vivamos todos los artículos de esa Declaración. Desde el punto de vista pedagógico sabemos que, para que una persona alcance la coherencia de vida deseable, debe conocer e interiorizar los conceptos; ejercitarse en la construcción de hábitos positivos y luego traducirlos en acciones permanentes que coincidan con el discurso que manifestamos con nuestras palabras.
En el ámbito universal —y muy en concreto en el ámbito nacional— tendemos a violentar con gran facilidad los derechos de los demás ciudadanos y, sin embargo, reaccionamos con mucha sensibilidad cuando vislumbramos la posibilidad de que violenten los nuestros. A todas luces nos olvidamos que los derechos tienen su corolario que son los deberes con los que debemos cumplir, precisamente porque somos personas y sujetos de derechos y de deberes.
Voltaire, en su Diccionario Filosófico, reflexiona sobre la tolerancia: “¿Qué es la tolerancia? Es la panacea de la humanidad. Todos los hombres estamos llenos de debilidad y de errores y debemos perdonarnos recíprocamente, que ésta es la primera ley de la naturaleza. Es indudable que todo particular que persigue a un hombre, que es su hermano, porque éste profesa distinta opinión, es un monstruo”.
Una vez sentadas estas premisas podría ser oportuno echar un vistazo al derecho que toda persona tiene con relación a su reputación, la cual se atropella con gran facilidad y anda en boca de las otras personas, sin ningún reparo. El artículo 12 de la Declaración arriba mencionada dice lo siguiente: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”.
Hoy día, la fuerza de los medios de comunicación, la televisión que llega al último rincón del caserío más perdido, es la mejor arma, para el bien o para el mal, de crear una opinión, verdadera o falsa, sobre cuestiones que, en principio, no son opinables. Hegel dice que “el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores, no convierte a éstos en verdades; y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gente equilibrada”.
Un logro práctico que convendría alcanzar a la luz de todas estas consideraciones podría ser el de, antes de hacer señalamientos en contra de los demás, utilizar la capacidad de razonar que tenemos los humanos y verificar si estamos cumpliendo con nuestros deberes y estamos respetando sus derechos.
La autora es doctora en Educación. 
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