Esperanza de querubines
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 | Menos del dos por ciento de niños discapacitados tiene acceso a la educación |
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John Bravo, de tres años, es un niño que no mira, no habla y no camina, y necesita apoyo para su tratamiento terapéutico. |
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Amalia Morales amalia.morales@laprensa.com.ni
Es hora de receso en la escuela de educación especial “Melania Morales”. En la cancha, un grupo de adolescentes juega baloncesto casi en silencio: algunos son sordomudos.
Alrededor de ellos gritan, platican y juegan otros niños cuya naturaleza los hace especiales.
Anielka Acuña, de 14 años, comparte su receso sentada a la par de Ana Isamar, una compañera de segundo grado.
“Me encanta venir a la ‘escueda’ porque tengo amigas. Me gusta ‘deer’ y escribir”, dice Acuña, quien padece de retardo mental.
Ana Isamar es más callada: “Sí, me gusta”, contesta a la pregunta de por qué le gusta la escuela.
A las niñas se arriman otros niños que comparten la misma deficiencia mental. “Mire ella también estudia conmigo”, dice Ana Isamar mostrando a Carolina.
EL ABURRIDO
“Yo también estudio con ellas”, se agrega José Santos Tapia. “Éste se llama Geovanni”, dice José Santos, mientras señala al más serio del grupo que mira con desconfianza.
“Para qué dijiste”, reclama el aludido, Geovanni Flores, como se identifica después.
Flores tiene 14 años, y dice que no le gusta la escuela.
“Me voy a ir de aquí, porque me aburro”, explica contundente. “Esta escuela no me gusta ¡Me aburro, me aburro!”, dice un poco exaltado.
Flores cuenta que antes estudiaba en la escuela República de Panamá, situada en San Judas, su barrio, pero lo sacaron y lo llevaron al “Melania” luego que un maestro se lo recomendara a una hermana, que estudia ahí.
“Pero aquí no me gusta”, insiste. “A mí, sí”, contradice José Santos Tapia, que explica así su deficiencia mental: “Cuando voy a la venta se me olvidan las cosas. No me acuerdo”.
Ir a la venta tampoco es muy grato para Geovanni Flores.
— “Me pegan si no los entrego los riales”.
— “¿Quién?”
—“Pues los vagos que se ponen ahí”, explica.
—“En la ‘cale’ me dicen vulgaridades. Eso no me gusta”, interrumpe Anielka.
OCULTOS POR TEMOR
En la Escuela “Melania Morales”, uno de los 25 centros especiales del país, estudian 700 menores con algún tipo de discapacidad.
Rosario García, directora del centro, dice que ahí los niños con retardo mental constituyen la mayoría de la población infantil.
Se calcula que en Nicaragua, el doce por ciento de la población tiene alguna discapacidad, lo que equivale a unas 600,000 personas. De esos, al menos la mitad son menores de 18 años.
Al sistema escolar están integrados sólo 4,645 menores, o sea menos del dos por ciento de estos niños especiales.
García dice que probablemente “muchos están todavía escondidos en su casa. Es difícil aceptar que se tiene un hijo con discapacidad. Eso es producto de la misma ignorancia”.
LA HORA DEL ADIÓS
El recreo termina. No hay un timbre marcial, que marque su fin. Al menos no se escucha. Nada más se ve a los maestros atrayendo con risas y con señas, en algunos casos, a sus alumnos.
Anielka Acuña es la primera que se despide. “Ya me voy”, dice.
— “¿La foto es gratis?”, pregunta antes de irse.
— “¿Esto va a salir en el periódico?”, quiere saber José Santos.
Ninguno espera respuesta. Su maestra Martha Corea, los llama desde la puerta.
El último en irse es Geovanni Flores, a quien todos acusan de “pleitisto”.
“Lo que pasa es que me aburre ese segundo grado”, contesta antes de entrar al aula.
JUANCITO NECESITA UNA MIRADA
John Bravo nació prematuro. De cinco meses y medio, dice su abuela Martha Flores.
A sus tres años John no mira, no camina y no habla. Si consigue llevar terapia desde ahora, es posible que a los ocho o diez años ande y hable, pero no verá nunca.
“Para eso se necesitan recursos que Martha no tiene, porque ella lava y plancha”, explica Reina Castillo, de la Fundación Nacional Pro-Niños Ciegos (Funapronic).
Castillo dice que Funapronic procura atención para unos 2,000 niños con deficiencias visuales que hay en el país.
Para John, que llegó a la Fundación por una ceguera que es irreversible, han conseguido más que eso. Martha Flores dice que de “no haber sido por la organización no le hubieran hecho la tomografía que necesitaba”, y cuesta unos 300 dólares.
Sin embargo, aún está pendiente un tratamiento terapéutico que dé firmeza a sus extremidades y le permita caminar algún día.
Mientras tanto, seguirá acomodado en los brazos de su abuela y de su madre, que apenas lo ve porque debe trabajar. 
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