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MARTES 4 DE JUNIO DEL 2002 / EDICION No. 22749 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Copa 2002
Así fue el maracanazo

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.El más grande drama deportivo de la historia

El tanto de la victoria de Uruguay, marcado por Alcides Ghiggia al arquero brasileño Paulo Víctor Barbosa. El pequeño delantero uruguayo, sólo contaba 23 años en aquel momento.

 

Esta es la crónica que escribiera Mario Filho, uno de los mejores comentaristas deportivos del Brasil, recordando el histórico triunfo de la selección uruguaya en el Maracaná.

El domingo, día del partido, los jugadores habían comenzado a almorzar. Estaban en la ensalada cuando llegó la orden que pasaran al Salón. Otra vez había discursos. Los personajes que no habían venido el sábado, llegaban el domingo para saludar, con una anticipación de horas a los campeones del mundo.

Antes del partido, la recomendación expresa del técnico Flavio Costa fue la de que ningún jugador brasileño aceptase una provocación uruguaya. Aún agredidos, debían ofrecer la otra mejilla. Y los jugadores brasileños, entrando a la cancha, vieron 220,000 espectadores comprimidos en el mayor estadio del mundo. Las enormes tribunas del Maracaná parecían un mosaico de Revenna, de piedritas coloridas, todas juntas, sin ninguna línea divisoria entre ellas. Era una masa compacta que se reunía para festejar a los campeones del mundo.

Sólo los jugadores pensaban en el partido o tenían que pensar en el partido. Millares de paquetes de serpentinas y papel picado se habían depositado sobre las barandas. En cuanto el árbitro, Mr. Reader, diera la pitada final, llegaría el diluvio de papeles de colores que acompañaría la entrada de las bandas del carnaval llevando banderas y lanza perfumes. Hasta el día de hoy el foso del Maracaná tiene la marca del puente por donde iban a entrar las carrozas.

¿Quién sabe si los jugadores brasileños, conociendo todo eso, no sintieron miedo de perder? ¿Y si perdiesen? La única salida era la victoria. Es posible que se recordasen del último encuentro entre Brasil y Uruguay, donde se habían impuesto apenas por 1-0 con un gol sobre la hora de Ademir. Lo cierto es que el equipo brasileño no soportó el peso de la responsabilidad de defender la alegría de todo un pueblo. Los uruguayos, ¿qué podían perder?

De quien se esperaba todo era de Brasil. Cuando Bigode comenzó a dominar a Ghiggia, Obdulio Varela se acercó, tomó por el pescuezo al defensor brasileño y lo sacudió. Pero nadie protestó pidiendo la expulsión del capitán uruguayo. Por el contrario, todos se alegraron de que Mr. Reader lo dejase pasar, sino, lo uruguayos podían abandonar el campo y arruinar la celebración.

El Brasil siempre marcaba un gol de los primeros 3 minutos. Y ahora había jugado 45 minutos y nada. Pero después llegó a alegría del gol de Friaca. La multitud de 220,000 personas que se deprimiera por el 0-0 tuvo su instante de liberación.

Ahora llegaba la goleada. Bastaba el empate para que Brasil fuera campeón, pero nadie quería el empate, como si fuera una mancha. Tenía que ser goleada.

Y en vez de ser goleada vino el gol de Schiaffino. Ghiggia fue arrastrado a Bigode hasta la línea de fondo y de allí el pase hacia atrás. Schiaffino desvió la pelota y gol uruguayo. Se hizo el mayor silencio de la historia del fútbol.

Brasil era todavía campeón del mundo. Pero ¿quién pensaba en el empate, que quemaba como una vergüenza? En vez de conformarse con el resultado, el equipo brasileño quiso quebrar ese silencio, y fue para adelante. Y vino el gol de Ghiggia. Bigode fue retrocediendo ante el avance de Ghiggia. Barbosa, esta vez, esperó el pase atrás. Ghiggia tiró entre Barbosa y el poste. No había lugar para que la pelota entrara. La impresión de todos era que la pelota había salido. Pero estaba en el fondo de la red.

¿Cómo hizo para entrar? Entonces el público se acordó de que con un empate bastaba para conseguir el título. Fue cuando se advirtió mejor quien era Obdulio Vareka, el gran capitán. Pellizcando, su camiseta con los dedos, llevaba a la desesperación a los jugadores brasileños diciéndoles: ¡Es la celeste! En el túnel se veían las cabezas blancas de los campeones del 24, del 28, del 30. Y el tiempo huía y el gol del empate no llegaba. Los uruguayos se agarraban con uñas y dientes al 2-1. Hasta que Mr. Reader levantó los brazos. Uruguay era campeón del mundo.

PETRIFICADOS

Jules Rimet entraba al campo para entregar la Copa del Mundo. Parecía que la multitud de 220,000 personas no se movía. Estaba paralizada, transformada en piedra. Pero los que podían llorar, sollozaban, los que podían andar, huían del Maracaná. Cuando yo iba saliendo, vi un muchacho rodar y caer de cara al piso, como muerto. Nadie lo socorrió.

Había gente paralizada. El estadio se vació y aquellos rostros permanecían inmóviles como si el tiempo se hubiese detenido como si el mundo se hubiera acabado. No se oía una bocina de los autos que regresaban. La ciudad cerró las ventanas, se sumergió en el luto. Era como si cada brasileño hubiera perdido al ser más querido. Peor que eso, como si cada brasileño hubiera perdido el honor y la dignidad. Por eso, muchos juraron aquel 16 de julio no volver nunca a una cancha de fútbol. Pocos se dieron cuenta de que en aquel desafío germinaba una generación de campeones del mundo.  
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