¿A los maestros también se les pega la cobija?
Ernesto González egonzav@uam.edu.ni
En una ocasión me encontraba sentado en una reunión de análisis —al finalizar el curso 2001—de los resultados docentes, alumnos que irían a reparación, resultados por asignaturas y para el final se analizaron el resultado de cada profesor o profesora, en cuanto a diversos puntos: resultados académicos, asistencia y puntualidad de los profesores, entrega de documentos en tiempo, calidad de las clases visitadas, etc.
A partir de ello, previo a la graduación de bachilleres del centro, la intención de la dirección del centro era seleccionar a los mejores profesores del año, y por ende estimularlos (excelente práctica) y por supuesto a aquellos compañeros no estimulados, que les sirviera de reflexión, ¿qué debían hacer para el próximo curso para mejorar su trabajo? en fin ser de los mejores al igual, que muchos de los compañeros del colectivo.
La subdirectora fue leyendo los incumplimientos que se habían presentado a lo largo del curso que terminaba, y uno de los aspectos que más había incidido era la puntualidad (o la impuntualidad) y la ausencia de los profesores a clase.
¡Qué casualidad!, justamente en el mes de abril, que casi recién finalizó según el decálogo planteado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD), correspondía la Práctica de la Puntualidad. Que por cierto no son normas sólo para los estudiantes, también para los docentes, también para la población en general.
Resulta obvio pensar el trastorno y las consecuencias negativas, el impacto que causa que los docentes no lleguemos a tiempo, a veces lo comparo con una ambulancia, que en busca del accidentado, no salga ante la llamada de emergencia, porque el chofer llegó tarde, inevitablemente causaría la muerte del paciente; los profesores causaríamos inevitablemente la muerte del aprendizaje de nuestros estudiantes, cuando somos impuntuales o en el peor caso, faltamos.
Todo esto lo traigo a colación, producto del análisis que se hacía en ese momento con una profesora muy jovencita, que trabajaba en la primaria, la cual tenía un número de impuntualidades, y cuando se analizó el porqué de ello, la profesora, respondió: “... es que me da pereza levantarme temprano y cuando lo hago a veces el bus ya pasó, y por ello llego tarde, aunque sólo ha sucedido dos veces” ¡!!!???$$$$@@@@@
Buscar la justificación de lo injustificable, siendo tan joven, determinaba una falta de responsabilidad muy grande, y en ese momento se me ocurrieron muchas interrogantes ¿cursó una escuela donde no adquirió los valores morales necesarios? ¿se dio cuenta que el oficio o profesión donde se había metido requiere de muchos sacrificios? Constantemente somos evaluados, donde quiera que vamos, nos encontramos a los alumnos y alumnas en el cine, en el mar, en la discoteca (hay que bailar, ¿o piensan ustedes que no tenemos derecho de bailar?) y con alegría nos saludan ¡Qué tal profesor o profesora! Y cuando pasamos, ellos le dicen orgulloso a sus acompañantes (padres, amigos, novio, novia) —sacando pecho— ¡ése es mi profesor!
Creo profesora, que está a tiempo de rectificar, creo que lo dicho es muestra de una debilidad que debe superar —no sólo ella en este caso— sino a todos esos jóvenes que se vienen preparando para iniciarse como profesores, y a aquéllos por ahí que rondan algunas canas y que todavía de cuando en vez, llegan tarde a clase, y en general a todos aquéllos que llegan tarde a su trabajo.
Ser puntual, es una virtud muy gustada, muy bonita. ¿Se le olvidó acaso en la primera cita de amor, cuando usted llegó puntual y ya lo estaban esperando? ¿Y cómo respondió? Con una sonrisa. Recuerde profesor, profesora, que nuestros alumnos y alumnas siempre lo esperan de igual manera, pero a diferencia de su primera cita, en este caso son: muchas sonrisas. 
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