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SáBADO 1 DE JUNIO DEL 2002 / EDICION No. 22746 / ACTUALIZADA 02:45am
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El Canal, Rubén Darío y Zelaya

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Jorge Eduardo Arellano

Francisco mayorga ha acometido una empresa: la concepción y ejecución de una novela histórica. No es para cualquiera revisar lo que, en principio, implica esa paciente tarea: el dominio sostenido de una prosa rítmicamente adecuada y el manejo equilibrado tanto de la ficción como de los hechos históricos. Y Mayorga lo ha conseguido.

Esta novela, “La puerta de los mares”, es su tarjeta de crédito como narrador. La prueba de que no había en él sólo un hombre de números, un financista —como su ilustre antecesor leonés Fulgencio Mayorga— un actor de teatro y un cantante de boleros, un catedrático “incaico” y un combatiente de la civilidad, un analista macroeconómico y un aspirante a la Presidencia de la República. La demostración de que no existe cárcel alguna capaz de someter el ánimo creador, de extinguir los vuelos de la imaginación.

Con este volumen de extensión mamotrética, pero legible por su amenidad cohesionadora, Mayorga centra su trama en ese residuo de la fantasía de nuestra nación incompleta que es el mito del canal. Documentado suficientemente, la enlaza con la figura paradigmática de Rubén Darío y del autócrata militarista José Santos Zelaya (1893-1909). Catorce son sus capítulos, iniciado cada uno con la indicación de los años (1894, 1895-1896, 1896, 1896-1901, 1903-1904, 1910-1915, 1916), para delimitar una secuencia cronológica que ubique al lector. Al mismo tiempo, cada capítulo va precedido de fragmentos poemáticos unas veces o de textos completos otras, cuyo autor es Darío, aunque el autor —familiarizado con todos ellos— no lo estimó necesario consignar.

Técnicamente, “La puerta de los mares” no tiene la estructura de una novela “post-moderna”, como se ha dicho. Pero asimila elementos de la Nueva Novela Histórica (NNH) latinoamericana que ha estudiado el crítico norteamericano Seymour Menton en su clásico libro sobre el tema (1993). Ahí analiza numerosas novelas publicadas entre 1979 y 1992. Uno de esos elementos es la distorsión consciente de la historia mediante omisiones, exageraciones y anacronismos; otro: el recurso de la intertextualidad, hoy de moda entre los teóricos y los propios novelistas desde hace dos décadas.

Ambos articulan esta novela. Su título ¿no procede del lema “De dos mares aquí está la vasta puerta”, estampado en el Correo del istmo, periódico de León editado en 1850? Espero que sí. Otro elemento que la define es el recurso del lenguaje cinematográfico. En realidad, su estructura original da la impresión de haber partido de un guión que el novel novelista desarrolló al máximo, aportando elementos autibiográficos como su experiencia parisina (como intelectual cosmopolita, Mayorga tiene “su” París) y profundo conocimiento de su León natal.

En este sentido, hereda la tradición civilista de los doctrinarios leoneses que se enfrentaron a la personalidad dictatorial del general Zelaya, de quien Mayorga traza la más contundente diatriba que ha recibido, en términos de ficción, este caudillo que distorsionó la herencia liberal de Máximo Jerez. Al mismo tiempo, critica a personajes leoneses, concretamente políticos, que la misma historia ha terminado de poner en su lugar. Pero la amorosa descripción de su microcosmos solariego se impone y alcanza niveles de maestría antológica. Uno de los numerosos ejemplos es su lección de finanzas, impartida a través de “Mayorguita”, al gabinete del presidente provisional Francisco Baca hijo, que emitió el único caso de moneda obdisional en Centroamérica con los billetes del ex Banco Agrícola Mercantil, fundado en León por Leonardo Lacayo en 1888.

Otro ejemplo memorable es el perfil del prócer Rigoberto Cabezas, a quien naturalmente encomia, retrata en su dignidad patriótica, relata su romántico noviazgo y describe su triste entierro. Pero Mayorga establece una novedad interesante: el autor intelectual de la hazaña nacionalista de Cabezas (la reincorporación de La Mosquitia) es nada menos que el poeta inglés Oscar Wilde. También le sirve al autor de “La puerta de los mares” para proyectar su affaire:

“La murmuración [de la nobleza inglesa, en nuestro contexto póngase o léase el sujeto correspondiente] es su deporte favorito. Por eso fueron capaces de ordenar al juez que me condenara a la cárcel sin tener ninguna base legal para hacerlo. Sin embargo, esos dos años en la cárcel de Reading fueron muy aleccionadores para mí. Comprendí que había una mayor corrupción que la de los oficiales de aduanas en las colonias británicas. Su vocación no es la ley, mucho menos la justicia. Su principal preocupación son los valores de la Reina Victoria. Asegurar con sus sentencias que nada cambie, que todo permanezca como está ahora” (pág. 102).

La novela, sin embargo, no carece de pecados veniales —o “pecadillos”— que se diluyen en su inmerso corpus narrativo: algún exceso de información canalera, la descalificación de personajes no todavía definitivamente condenables (como don Crisanto Medina, el célebre diplomático nicaragüense que escribió, por cierto, uno de los mejores estudios sobre el Canal, citado y reconocido ampliamente por el mismo Darío) y cierta tendencia a superfluas expresiones coprológicas.

Con todo, la integración narrativa se mantiene y el poeta, el dictador y el Canal quedan plasmados en una unidad verdaderamente ejemplar. Yo me atrevería a decir que, esta novela no desmerece relacionarse con Margarita está linda la mar, cuya visión esperpéntica de Rubén supera; y con la reciente novela —también la primera— del historiador inglés Ian Gibson: Yo, Rubén Darío / Memorias póstumas de un Rey de la Poesía.

El autor es Director de la Academia Nicaragúense de la Lengua.  
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