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SáBADO 1 DE JUNIO DEL 2002 / EDICION No. 22746 / ACTUALIZADA 02:45am
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Copa 2002 - El inolvidable Mundial de 1978
Estreno de Argentina

Foto  
.La albiceleste quiere emular a los héroes del 78, un mundial en el que España la pifió pronto

El partido final entre Argentina y Holanda se desarrolló dramáticamente en la final de Argentina 1978.

 

J. M. Gozalo
AS

Holanda había sido finalista en el Mundial 74 y volvió a serlo cuatro años después. Pero se encontró con Argentina, la selección anfitriona, y se quedó de nuevo con la miel en los labios.

El Monumental de Buenos Aires enmudeció cuando Rensenbrink mandó un balón al poste en el minuto 86, pero estalló de alegría con el triunfo de la albiceleste. España comenzó mal, con un viaje interminable, continuó con la concentración de La Martona, donde hubo tensión, y acabó, decepcionando al ser eliminada en la primera fase.

Nos dejó a todos decepcionados, frustrados y tristes. La cosa ya llevaba un olor raro desde que salimos de Madrid. Iberia estrenaba un avión, el Cornisa Cantábrica. El viaje era largo: Madrid-Sao Paulo-Asunción-Buenos Aires. Todo iba muy bien hasta que llegamos a Sao Paulo y nos dijeron que la escala iba a ser larga. Tan larga que, cuando la espera se nos hizo irritante por inesperada y preguntamos, el informe de la situación nos dejó helados.

A poco de salir de Barajas, el avión sufrió una avería por el mal estado de una pieza y así volamos hasta Brasil, donde se esperaba el repuesto que... no llegó. A pesar de todo, volvimos al aire hasta Asunción y allí las noticias tomaron el cariz de alarmantes. No podíamos seguir. Además estábamos en tránsito y eso impedía que saliéramos del aeropuerto. Pero, como la parada amenazaba con ser eterna, convencimos a las autoridades paraguayas y permitieron que nos diéramos una vuelta.

Cuando regresamos al aeropuerto casi tres horas después, nos encontrarnos con una auténtica rebelión. Las autoridades paraguayas decidieron dejar en tierra a pasajeros de casa y meternos a todos nosotros en un avión de Aerolíneas Paraguayas que iba a Buenos Aires. Hubo de todo: insultos, conatos de agresión, gritos... Y con razón. Los ciudadanos, con su billete en las manos, fueron obligados a ceder su plaza a un grupo de periodistas españoles. Fuimos subiendo al avión, un cuatrimotor, calladitos y perplejos, aunque inmensamente agradecidos, porque nuestro Cornisa Cantábrica se quedaba en Asunción esperando la famosa pieza. Pero, y de eso nos enteramos al llegar a Buenos Aires, en su bodega también se quedaron los equipajes. Así que figúrense el olor a sudor que todos despedíamos, la imposibilidad de cambiarse de ropa en el hotel y la desesperación hasta que al día siguiente aparecieron las maletas.

La situación política en Argentina con Videla al mando, los rumores de que el país anfitrión tenía que ganar el Mundial como fuera, la decisión de Menotti de dejar fuera del grupo a Diego Maradona y sustituirle por J. J. López y la maldita y mil veces recordada Hacienda La Martona, cuartel general de la Selección, la única satisfacción momentánea era pasear y comer en La Estancia de la calle Lavalle a esperar acontecimientos.

Nadie dudaba de que España se metería en la fase decisiva, porque en el grupo teníamos a Suecia, Brasil y la, según aseguró el entrañable Kubala antes de partir, fácil Austria. La de Krankl. Y esos austriacos fueron nuestros verdugos. Nos ganaron 2-1, nos dejaron en manos de Brasil en Mar del Plata y en la bella ciudad costera, los brasileños vieron, estupefactos, aquella dejada de Santillana, de cabeza, a un Cardeñosa solo, a diez metros de la portería, que nervioso y por asegurar, tiró flojo a un lado. Justo donde estaba un defensa que despejó el balón, que tampoco pudo rematar Leal. Luego ganamos a Suecia. Pero de nada sirvió.

La Martona había segado toda esperanza. Aquel cuartel general en medio de la nada, lejos de todo, frío, escondido, hostil, marcó a la Selección, que había llegado nerviosa, tensa y con problemas de comunicación.

Menotti les dijo a los jugadores aquella famosa frase: ‘Cuando salgan al pasto, no miren hacia el palco, miren a la tribuna. Ahí está el pueblo’. Y a fe que lo hicieron. Con Passarella de jefe, Kempes de ejecutor, Bertoni de violinista y el resto de la percusión a tope, la selección argentina jugó un fútbol sencillo, pero pleno de entusiasmo, vibración, casta, actitud ganadora y amor patrio. Esas mismas virtudes las tuvieron siempre, pero multiplicadas por cien en su Mundial.

Argentina logró su primer Mundial, pocos días después de la muerte de don Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, noticia que nos dejó sobrecogidos, y tuvo en Kempes a su máximo goleador.



Unidos por medio del fútbol

Abu Gosh GOSH

Durante algunas horas y durante una calurosa tarde, los árabes y judíos de esta población tuvieron algo parecido a un encuentro, al reunirse este viernes en un restaurante para observar por una pantalla grande de televisión el comienzo de la Copa del Mundo de fútbol.

Después de que Senegal venció sorpresivamente por 1-0 a Francia, actual campeón del mundo en Seúl, no hubo quien hablara de política y se habló de batallas, pero esta vez en la cancha de fútbol.

“Este es el momento para reunir a ambas partes, a árabes y judíos, durante un mes para que olviden la política por un rato y vean los partidos”, señaló el empresario palestino Jawdat Ibrahim, quien invitó a judíos a su restaurante para ver los partidos de la Copa del Mundo durante las próximas semanas.

Decenas de aficionados árabes y judíos se sentaron en las mesas, comieron ensaladas, fumaron trabajo en pipas de agua y bebieron cerveza, y se emocionaron cuando el senegalés Papa Bouba Diop anotó el único gol del partido al superar al portero francés Fabien Barthez a los 30 minutos del primer tiempo. (AP)  
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