Esperanzas y desesperanzas
Alejandro Serrano Caldera amara@teranet.com.ni
La historia de Nicaragua pareciera ser la reiteración de un mismo destino que se manifiesta de distintas maneras. Como en El Gato Pardo de Tomasso de Lampeduza, las cosas cambian para que todo siga igual. Bajo las formas mudables y proteicas de los acontecimientos políticos, subyace invariable una tendencia que, a pesar de la intensa actividad política y del derroche de energías producido, como en las bicicletas estacionarias para hacer ejercicios, se repite y reproduce y nos mantiene siempre en el mismo lugar.
Autoritarismo, clientelismo, Estado prebendario, corrupción, debilidad de las instituciones, personalización del poder, caudillismo, son algunos de los rasgos más visibles de la enfermedad política de Nicaragua que se han transformado en una especie de idiosincrasia del nicaragüense.
No obstante, en este momento el país tiene ante sí una oportunidad de revertir estas tendencias nocivas. Pero esto va a depender de la decisión consciente de la ciudadanía, pues el ejercicio de la política en Nicaragua no va a cambiar si no cambian las cúpulas políticas, y éstas no lo harán, si no hay una exigencia firme y constante de toda la sociedad, si se quiere que estos cambios sean cualitativos y no mutaciones deliberadas para que todo siga igual.
Conviene entonces preguntarse, ¿está decidida la comunidad nacional a cambiar la cultura política, su propia cultura política, o prefiere que continúe una política de cúpulas y caudillos en la que están ausentes los intereses del pueblo y la participación ciudadana?
La respuesta a favor de un cambio efectivo impone asumir un compromiso con seriedad y decisión. Lo contrario sería jugar con las esperanzas que hoy reaparecen, pues a pesar de todas las dificultades, que no son pocas, la esperanza ha renacido. Sin embargo, la confirmación de ese sentimiento esperanzador en una realidad compartida, pasa por el esfuerzo de todos para tratar de despersonalizar el ejercicio político, y encauzar una acción sostenida y eficaz en materia institucional, económica y social.
La situación no es fácil, pues más allá de los hechos concretos e inmediatos y de las personas y grupos individualizados, combaten dos tendencias de cuyo resultado va a depender el futuro de Nicaragua: o más de lo mismo, o la renovación de la política.
A nadie escapa que la lucha es muy dura, pues, a consecuencia del Pacto consagrado en la Reformas Constitucionales del 2000, los Poderes del Estado y las instituciones han sido literalmente secuestradas por las fuerzas políticas hegemónicas, produciéndose una especie de Golpe de Estado técnico anticipado ante la eventualidad de que surgiese un gobernante, como en efecto ocurrió, que tuviera la voluntad y decisión de gobernar al margen de los pactos de cúpula y de los intereses creados.
El amarre político del 2000 dificulta casi hasta la imposibilidad que el Estado y sus instituciones funcionen, porque todas las instituciones y Poderes del Estado que son cuerpos colegiados, están organizados (o desorganizados) sobre la base de representación partidaria.
No obstante, a pesar de todo, pareciera que existe una mayor conciencia de situación en la ciudadanía y una opinión pública que exige que las instituciones cumplan con su deber, que los poderes del Estado respondan a sus obligaciones, que son constitucionales y no partidarias, que los partidos políticos se democraticen y sobre todo que la clase política se renueve. Es imposible pretender la democratización y modernización del país, si lo dirigentes políticos siguen siendo los mismos caudillos y si el caudillismo pretende seguir siendo el modelo político del futuro. Ellos son la reencarnación de ese pasado que se debe superar y que inevitablemente reproducen con su presencia y actuación.
No hay que olvidar que el caudillismo, esa forma anacrónica de hacer política, impide el desarrollo institucional y que si no hay renovación y consolidación política e institucional, tampoco habrá desarrollo económico y social, pues la esencia de la economía es la estabilidad política, la solidez institucional, la legislación clara y transparente y el Estado de Derecho.
Nada sería más representativa de la parálisis política de Nicaragua que ver de nuevo enfrentados en las Elecciones del 2006 a Arnoldo Alemán y Daniel Ortega.
Nicaragua tiene hoy una oportunidad porque vuelve a creer y a tener esperanza. Pero esa fe individual y dispersa necesita reunificarse alrededor de una ciudadanía con un propósito común, cuyo papel no es sustituir a los partidos políticos sino presionar para que la política se modernice. Para hacer ver que si bien la política es insustituible en toda sociedad humana, los partidos políticos y los dirigentes, en todos los niveles de la sociedad, son medios y no fines, pues el fin es el país sustentado sobre los valores de paz, democracia y justicia social.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA. 
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