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MARTES 23 DE JULIO DEL 2002 / EDICION No. 22798 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Zona de strikes
¿Millonarios o miserables?

Edgard Rodríguez C.
edgard.rodriguez@laprensa.com.ni

Alguien ha dicho que toda ambición es legítima, excepto la que trepa sobre las miserias y la credulidad de los demás.

Por lo visto, los dueños de equipos y jugadores de Grandes Ligas no han tenido chance de reparar en esos conceptos.

Y en lugar de buscar un acuerdo que impida la posibilidad cada vez más inminente de una huelga, han flexionado sus bíceps y parecen dispuestos a cargar con los daños que ésta traería al juego. Después de la última huelga en 1994, el rechazo popular para dueños y jugadores fue enorme, y sólo un desempeño espectacular como el que lograron Mark McGwire y Sammy Sosa permitió el regreso del público a las tribunas.

En esta ocasión, el panorama no es tan halagador y las posiciones lucen más distantes.

El problema de fondo es la ambición. Por un lado los dueños, quienes han concebido los monstruosos salarios, quieren presentarse ahora como empresarios en bancarrota, y hasta aseguran que Montreal y Minnesota son insostenibles.

Y por otra parte, están los jugadores, quienes en primer lugar no creen lo expuesto por los dueños, y en segundo lugar, desean, además de los exorbitantes salarios, compartir las utilidades que el juego genera en otros ámbitos colaterales.

Para 1972, con 961 mil dólares, usted podía armar un equipo formado por

integrantes del Salón de la Fama. Hablamos de Bench (85 mil), McCovey (115 mil), Morgan (75 mil), B.Robinson (110 mil) y Aparicio (100 mil) en el infield.

Agregue a ellos a Rose (107 mil), Jackson (55 mil) y Mays (165 mil). Sin embargo, en esta época, con 961 mil, difícilmente se le paga el bono a un buen prospecto. Y quienes han llevado los salarios a ese nivel, son los dueños de equipos.

Existen, además, fuerzas políticas, específicamente en el Congreso, interesadas en entrarle al béisbol, no sólo para quitarle el estatus de pasatiempo, lo cual conlleva una serie de privilegios, sino aplicarle la carga impositiva correspondiente a un negocio.

De tal forma, que la posibilidad de un arreglo en el corto plazo es urgente, pero los niveles de ambición han cubierto la sensatez y amenazan con extraer del terreno de juego al béisbol y situarlos en mesas de discusiones hasta ahora estériles.  
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