La batalla de El Castillo
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Las casas de El Castillo, casi todas de madera, rodean el promontorio donde se emplaza la fortaleza de La Inmaculada Concepción. |
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Aquella tarde de agosto de 1762, la jovencita Rafaela Herrera sintió que el mundo se le vino encima cuando su padre, el capitán de artillería Josef Herrera, comandante de la fortaleza del Castillo de La Inmaculada Concepción, murió ante ella, y el capellán de la guarnición cerrar los ojos de éste.
En ese momento, no se sabe si por su mente pasaron los recuerdos de infancia al lado de su padre, de quien aprendió a usar la espada, el arcabuz y a disparar el cañón, o su corazón estaba tan destrozado que apenas tenía fuerzas para llorar.
La noticia de la muerte del comandante de la fortaleza corrió como reguero de pólvora entre los soldados, que a partir de entonces quedaban sin jefe, pues a excepción de un sargento de infantería, nadie más tenía rango militar entre la tropa.
De pronto se escuchó un murmullo y la noticia de que frente al Castillo se encontraba una flota de barcos atestados de piratas ingleses listos para asaltar la fortaleza. Rafaela, todavía frente al cadáver de su padre, escuchó cuando un enviado de la flota invasora le pidió a la guarnición que se rindiera y entregara la fortaleza. El sargento y parte de la tropa, desconcertados, no atinaron a decir nada, pero se sentía que no tenían ánimo para pelear. En eso, ella, que no cesaba de sollozar, se enjugó las lágrimas y dijo al enviado de los ingleses: “Decid a vuestro jefe que la fortaleza no se entrega, que venga por ella si quiere ganársela como soldado”, y lo dijo con tanta convicción que los soldados se animaron y se dispusieron a tomar sus posiciones de combate. Acto seguido, Rafaela dio la voz de ¡Fuego!, y ella misma tomó el portafuego y disparó el primer cañonazo, que cayó cerca de la flota enemiga, luego hizo otro disparo que también falló, pero al ejecutar el tercero, inesperadamente para los ingleses, la bala del cañón mató al comandante de la expedición que venía en una de las tres balandras que encabezaban la flota.
El fuego de cañones y arcabuces se intensificó por cuatro días, en los que la situación llegó a un punto de equilibrio. Sin embargo, esa cuarta noche, más oscura que de costumbre, Rafaela mandó a un grupo de soldados a que echaran al río tantas ramas secas como fueran necesarias para formar una pira flotante, a la que ordenó ponerle encima todas las sábanas de la guarnición previamente empapadas de aguardiente, para luego incendiarlas.
Las sábanas encendidas sobre las ramas secas fueron arrastradas por la corriente al encuentro de la flota invasora, que creyendo se trataba del fuego griego, las dejaron pasar río abajo sin investigar el hecho, más bien evitando el contacto con ellas. Al amanecer del quinto día, con serias bajas, su comandante muerto y derrotados, los ingleses abandonaron el sitio y salieron rumbo al Caribe. 
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