Especial Mosaico
Mariposas colorean El Castillo
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 | Recorrer los viejos muros y pasillos del Castillo de la
Inmaculada Concepción, construido en 1675 sobre la
margen derecha del Río San Juan, no sólo es un placer por conocer una reliquia histórica y un atractivo turístico,
sino también un encuentro con una de las epopeyas más
gloriosas de toda América, en la que la Armada inglesa fue derrotada por un puñado de hombres dirigidos por la
joven Rafaela Herrera, en un acto de extraordinario
heroísmo, que por descuido de los grandes historiadores apenas aparece como una anécdota más de la historia |
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Hace mucho tiempo, en El Castillo existió un sistema de transporte por vagones de tren, del cual sólo quedan algunas ruedas al pie de la fortaleza. |
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Orlando Valenzuela. Fotos de Orlando Valenzuela
Nuestra travesía comienza donde nace el Río San Juan, en San Carlos. Allí se toma una de las lanchas que desde las cinco de la mañana empiezan a salir del muelle municipal rumbo a las comunidades que bordean este caudaloso río. A esta hora, el muelle es como un mercado persa, donde el ir y venir de viajeros, la mayoría de ellos emigrantes ilegales en busca de Costa Rica, se confunden con vendedores de café con pan embadurnado de mantequilla, “coyotes” cambiando córdobas por colones, taxistas llevando clientes hasta el portón de entrada, buhoneros ofreciendo corta uñas, lámparas de mano, relojes, llaveros con la imagen de Sor María Romero y otros productos.
Para viajar, lo primero es comprar el boleto del bote, que cuesta 35 córdobas hasta El Castillo, de lo contrario se puede quedar. Las lanchas son de fibra de vidrio, están techadas y provistas de “ventanas” de plástico transparente, que se bajan cada vez que en el trayecto le sorprende un chubasco.
El viaje es tranquilo y a la vez excitante, sobre todo para el que recorre la ruta por primera vez, ya que la quietud de sus profundas aguas contrasta con la exuberante vegetación llena de pájaros coloridos, patos “chanchos”, garzas blancas, monos congos, gavilanes, tucanes, golondrinas y otras aves, mientras en sus orillas se pueden apreciar iguanas verdes y tortugas que se asolean sobre un montículo o de vez en cuando, el zambullido de un cuajipal asustado.
MEDIO QUESO, EL SEBACO DEL SAN JUAN
Una de las cosas que más impresionan durante el viaje, es que a sólo media hora de camino, al pasar por la isla Medio Queso, la lancha prácticamente es abordada por una pequeña flotilla de pangas con motor fuera de borda, donde vienen de pie, como modernas amazonas, jovencitas y señoras con delantales, quienes sólo esperan que su bote se arrime a la lancha de pasajeros, que baja un poco la velocidad, para ofrecer ricos pescados fritos con yuca envueltos en hojas de chagüite, café caliente, refrescos, rosquillas, frutas, pescado en ristras, pipianes tiernos, huevos de amor y otros rubros que ellos producen en su comunidad. El abordaje es rápido, y el que no compró nada se queda sin comer hasta el muelle del próximo poblado, donde casi siempre hay vendedores esperando la llegada de las lanchas.
Hora y media después de salir de San Carlos, se llega a Boca de Sábalo, cabecera del municipio de El Castillo, donde las lanchas hacen una parada “técnica”, tanto para montar nuevos pasajeros como para bajarse a saborear una humeante taza de leche con café en los comedores populares del muelle local. De Boca de Sábalo a El Castillo sólo hay unos ocho kilómetros de distancia, que se recorren en menos de media hora.
Durante el trayecto, es común que el barco se detenga en improvisados muelles de madera, donde muchos nicas bajan con sus mochilas al hombro y se internan en la espesura de la jungla, todos con la misma intención: cruzar la frontera, evadir la guardia tica y buscar trabajo en el vecino país.
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