Nuestra Gente: Cosas Veredes Sancho Amigo
La casa de doña “Chinta”... la más vieja de Managua
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 | La casa de doña Jacinta es de madera, y sus paredes son de tablas viejas, de esas tablas que tienen color de tiempo. Buena cosa es preguntar: ¿De qué color es el tiempo? Que es como intentar saber cuál es el color de la distancia, del amor, la dicha, la tristeza y la esperanza. |
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La casa de doña Jacinta, tal vez la más antigua de Managua. A la der. “Ahora aquí vivimos recogiditos, pero tranquilos”, dice doña Chinta. |
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Mario Fulvio Espinosa Especial para LA PRENSA mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
Quizá si le preguntamos a los santos ellos nos dicen de qué color es el tiempo. Porque dicen que el tiempo perdido los santos lo lloran. De lo que se deduce que ellos conocen más a fondo lo que es el tiempo, pero... ¿Por qué lo lloran si ellos son eternos? ¿Será que no lo son tanto?
Recuerdo, querido Sancho, que Charles Perrault en su cuento “Piel de asno” nos narra la historia de una bella princesita a la que su padre quiere casar “por razones de Estado”. Ninguno de los pretendientes es del gusto de la muchacha, que para evadir el matrimonio exige al rey tres regalos que son producto de su imaginación, entre ellos un traje color de tiempo.
El rey acude a todos sus recursos y complace a su hija. Pero Perrault no define el color del tiempo, ni cómo se logra pintarlo en un lienzo con la paleta, óleos y el pincel.
Quede la respuesta para la imaginación de los poetas. Porque los buenos poetas, amigo mío, ven la realidad con los ojos del alma. Son los únicos capaces de interrogar a la conciencia humana y, además, tienen el poder de hablar con los meteoros, las flores, los ríos, las mariposas vagarosas, las libélulas cristalinas, la Luna y resto de astros.
En fin, los poetas son contertulios mimados de los dioses del Olimpo, intérpretes de sibilas y esfinges, ven colores y luz donde todo es negrura, y algunos cuentan con poderes proféticos sin necesidad de acudir a las ciencias prospectivas.
DOMADORA DE TERREMOTOS
Digo, pues, que la casa de doña Jacinta Helena Torres Reynosa, situada de Armando Guido dos cuadras al poniente, a mano izquierda para más señas, es quizás el edificio más viejo de Managua.
Y repito que sus paredes son de tablas color de tiempo, si el tiempo fue verde en sus mejores días, que hoy, al cabo de ochenta y pico de años ya no se sabe si es verde o ceniciento el color de esos maderos. Y agrego que sus pilares son de cedro real con espiches empotrados sobre sólidas piedras.
La casa es esquinera, sólo tiene una puerta que mira al Occidente y una ventana que se abre hacia el Norte.
“Vine a vivir a esta casa en 1972, seis años antes ya vivía aquí el que fue mi marido, pero de más antes ya estaba esta casa, y ¡Uhhhh!... tenía más de cincuenta años. Calcule usted, quizás la hicieron como en 1920... Pero no estoy muy segura”.
Si es como doña Jacinta Helena dice, la vivienda del cuento tendría a estas alturas ochenta y dos años, es por lo tanto sobreviviente a los terremotos de 1931 y 1972, y más antigua que todos los edificios que quedaron en pie después de este último sismo, incluyendo la Catedral en ruinas, el Palacio Nacional, las que fueron tiendas y almacenes ubicados en las cercanías del Parque Luis Alfonso Velásquez y otros, como el Palacio de la Suerte, el Teatro Margot y el Banco Nacional que ahora es sede del Parlamento.
Cuénteme más de la casa.
Es viejísima. Mi marido se llamaba Manuel Pérez Ruiz, tuvimos ocho hijos, porque a los muertos no los meto. Ocho están vivos. Ahora tengo esta ventecita de burusquitas y de algunas cositas, frutitas, arrocito, aceitito, y así poquito, hasta donde se ajusta. Mi marido se vino a vivir aquí en 1966, a esta casa le decían “La Hielera” porque antes aquí se fabricaba hielo. Era más grande antes, ocupaba casi una media manzana.
¿Quiénes eran los dueños de esa hielera?
Pues eso es lo que yo no le sé decir. Dicen que era “La Polar” y que sus dueños eran los Somoza. Aquí hace mucho tiempo se fabricaba hielo, pero después la fábrica se fue a establecer allá por Santa Ana, y aquí quedó una agencia distribuidora. Aquí trabajaban en aquellos tiempos alrededor de diez trabajadores.
¿Cómo lograron establecerse en esta casa?
Aquí vivía la Rosalía que era la que vendía el hielo cuando esto era agencia. La Rosalía era la mujer de don Juan, un señor chele, gordo, gordo. Él era el que tenía la fábrica de hielo y también la distribuidora. De aquí salían carretones y camionetas llevando las grandes marquetas.
¿Y qué pasó con don Juan?
Le pasó que fracasó, se enfermó de azúcar, y como tenía plata anduvo por todas partes buscando cura. Usted sabe, con el dinero todo se puede. Pero él no pudo porque ya no le hallaban remedio... Así dicen que un día se tiró.
¿Cómo que se tiró? ¿De dónde se tiró?
Es que se pegó un tiro. Entonces la viuda alquiló un cuartito de esa esquina a la media cuadra y se fue. Pero antes le dijo a mi hermano: “Toñitó, ¿no tenés alguien que me ayude?, porque mirá, voy fracasando, tengo muchas deudas, porque estos empleados que tengo ya no me rinden en nada.
¡Como no! —le dijo mi hermano— tengo un cuñado que es muy buena persona.
En ese tiempo mi marido no tenía trabajo. Traémelo pues, le dijo ella. Así llegó mi marido a trabajar a ese lugar, pero parece que ella fue más y más quebrando. Ya se había enjaranado como en cinco mil pesos, según oía decir. “Pobrecita, dicen que la van a quitar”, me dijo el marido. Y por qué no tanteas vos, le dije. Yo voy a tratar de que me dejen a mí, respondió. Así fue, mi marido se fue portando bien, y cuando la Rosalía se largó él quedó encargado del hielo. Pero ya no había fábrica, sino que era agencia, a él le traían el hielo y él lo distribuía. Además, cumpliditamente pagaba. De esa manera un día me trajo a vivir a esta casa y ya no salimos más de aquí. Eso fue después del terremoto del 72.
Yo también tengo recuerdos lejanos de esta casa, ellos se relacionan con la antigua vía férrea que pasaba ahí enfrente. Desde muy niño me tocó viajar muy a menudo a Nindirí, y recuerdo que en esa casa tenían unas raras construcciones de madera que volaban agua como cascada todo el día. También aquí se mantenían varias personas a las que les gustaba decir adiós a los pasajeros que viajaban en el ferrocarril, ya sea a Masaya, Granada o Los Pueblos. A mí me encantaba decir adiós desde la ventana del vagón de segunda.
Sí, así era. Yo todavía pude pasear en tren gratis durante la época sandinista, el tren fue rehabilitado y se hicieron algunos viajes a esos lugares, pero todo terminó con doña Violeta, hasta los rieles y durmientes se llevaron. Aquí era alegre ver pasar el tren de la mañana y el de las cinco de la tarde, a veces nos salíamos a decir adiós. Eso es cierto.
SÓLO CAYERON LAS TEJAS
¿Qué le ocurrió a esta casa durante el terremoto del 72?
Los anexos que le habían hecho se derrumbaron. No quedó nada. La casa sólo sufrió daños en el techo, que era de tejas de barro. Unas tejas bien grandes. Las tejas se vinieron al suelo y mi marido le puso a la casa esas láminas de zinc que ahora están negras y viejas.
Entonces, pues, mi marido se quedó en este lugar con un entenadito mío, y después yo me vine a vivir.
¿Y en qué distribuía el hielo su marido?
En bicicleta. Le ponía un quintal y medio a la parrilla de la bicicleta y salía allá por el lado de Las Torres. Pero él iba donde le pedían hielo.
¿Y usted por qué no se quería venir a esta casa?
Porque yo le tenía miedo al viejito suicida. A don Juan. Porque yo lo miré una vez allí en la ventana. Él estaba así, sacando la cabeza. Yo ya estaba medio grandecita. Porque en ese tiempo mi papá vivía en este barrio y tenía coches y caballos, y me decía: “Andá, hijitá, traé arreados los caballos porque ya va a pasar el tren”. Y yo venía y los arreaba y en esas miraba al don Juan, que era chele y bien gordo, y me quedó ese miedo a que me apareciera ya como difunto.
¿Cómo se llamaban su papá y su mamá?
Mi papá, José Dolores Reynosa, y mi mamá Antonia Torres. Ellos eran de ahí al lado de Las Sierras de Santo Domingo. Pero se criaron en Managua. La mamá de mi papá se llamaba doña Carmela Reynosa, y recuerdo que vivía de la punta de plancha del Parque Bartolomé de las Casas cuadra y media al lago, al llegar casi al desembarcadero del lago.
¿Cuándo terminó el negocio de la venta del hielo?
Cuando la guerra. Mi marido era cabecilla del Frente y se metió a la guerra y nosotros salimos huyendo para Maderas. Cuando volvimos dijeron que él estaba de servicio en la Zona Franca, lo fuimos a buscar con mi hijo, pero no lo encontramos. Desde entonces ya no lo volvimos a ver. Desapareció.
¿Esta casa se las dio el Frente?
Cuando pasó la guerra regresamos a la casa. En aquel tiempo los CDS se encargaron de legalizar estas tierras y las casas. Ahora vivimos aquí muy pobremente pero tranquilos. Nadie ha venido a intranquilizarnos, gracias al Señor.
¿Cuántos viven en esta casa?
Vivimos tres familias. Yo y mis hijas. Estamos recogiditas aquí en este tuquito. De la niña esa son tres niños y el marido de ella. Si es la otra, ésa está con el marido, una nuera con dos niños. Total 18 personas que vivimos aquí hasta que Dios disponga otra cosa.
EL NEGOCIO DEL HIELO
En aquel tiempo el hielo se vendía en grandes marquetas que pesaban un quintal, si compraba menos el bloque se cortaba con un serrucho.
-Otro requisito para conservar el hielo era meter el quintal en un gran cajón que se rellenaba con bastante aserrín.
-“Estas marquetas de hielo llegaban hasta El Rama, porque los buses y camiones pasaban por aquí comprando”, dice doña Jacinta.
EL HIELO Y EL TREN
Hubo una época en que el ferrocarril se detenía a la entrada del Mercado Oriental y también allá por Santa Ana, entonces nosotros aprovechábamos para traer las marquetas desde La Hielera y las descargábamos aquí, porque así el transporte resultaba barato, explica doña Jacinta 
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