IMÁGENES
Camoapeños dan vida al cogollo de la pita
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La blancura y la perfección son características de las prendas confeccionadas con pita. Entre tanto marfil, dos futuros artesanos. |
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Mario Fulvio Espinosa mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
Cuando Yavé se dio cuenta que Adán y Eva habían comido el fruto del “Árbol del bien y el mal”, procedió a increparlos. Por el poder de la manzana prohibida nuestros primeros padres descubrieron que estaban desnudos ante Dios, y muy avergonzados cubrieron sus cuerpos con hojas de plantas.
De esa manera el reino vegetal vino a proporcionar su primer abrigo al ser humano. Desde otra perspectiva, es lógico suponer que nuestros ancestros cavernícolas usaron las plantas para vestirse, lo mismo que para hacer lechos y frazadas dentro de las frías cuevas de Altamira, aunque posteriormente descubrieran otro abrigo en las pieles de los animales que cazaban.
Pensábamos en eso al ver cómo las hábiles manos de los artesanos de Camoapa escardaban los engendros de la pita para sacar las fibras blancas con las que entretejen toda clase de artículos hogareños, como sombreros, manteles, juguetes y carteras.
Esas fibras tan largas y tan blancas nos sirvieron para imaginar algunas cabelleras femeninas fabulosas y románticas, como las de Andrómeda y Berenice, o bien como la que lucía la Mulata de Córdoba, que al desatarse de la moña y caer por el cuerpo semejaba un torrente negro, luminoso, desbordado y libre de prejuicios.
Por allá... en la comarca El Mombacho, vive una de estas peinadoras y tejedoras de pita, Marisela del Socorro Picado. Trabaja solitaria, y baja de vez en cuando a vender sus artesanías a la cabecera del municipio. Se queja de los precios deprimidos con que otros valoran sus “cositas”.
La matriarca de las tejedoras y tejedores camoapeños es doña Magdalena Arróliga Soza, que comenzó a trenzar la jipi-japa a los siete años y después fue maestra de generaciones de los artesanos.
El pequeño taller familiar de doña Magdalena es dirigido ahora por su hija, doña Elsa Guevara Arróliga. “En Camoapa existen alrededor de 600 artesanos que se dedican a esta manualidad. Nosotros formamos parte de una Cooperativa Nacional que lleva el nombre de Manos Laboriosas, donde están todos los artesanos. En esta ciudad formamos cuatro grupos, dos comarcales que son El Mombacho y El Roblar, y dos urbanos, Palmata y El Sombrero. Yo dirijo Palmata y fui coordinadora de los cuatro grupos”.
Para tejer un buen sombrero, de superior calidad, a veces se necesita hasta seis meses, pero otros se pueden hacer en dos días. El precio lo establece la calidad.
“La palma la traen los tejedores de las comarcas de Masilla, Yalgua y Río Negro, ya viene ‘ripiada’ con peines de tres o más ganchos y del tamaño en que se solicita”, explica doña Elsa.
Las manos de las mujeres camoapeñas siguen moviéndose diligentes, y entre sus dedos van adquiriendo forma los cabellos suaves, puros y blancos de la pita... Es como peinar a Andrómeda, o como hacer más bello el cabello de Berenice.
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