Modelo para los políticos
Las Casas, Moro, don Enrique... y otro montón de personas más
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 | En el año 2000 Santo Tomás Moro fue consagrado por el papa Juan Pablo II como el patrono de los gobernantes y los políticos. Su vida, su ejercicio público y su sacrificio en el ara de los principios, constituyen un modelo para las personas que gobiernan y hacen política, pero lamentablemente son muy pocas, al menos en Nicaragua, las que siguen su ejemplo luminoso. |
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Alvaro Ponce Lanzas unnuji@ibw.com.ni
Cuando leí el libro La Misión y años más tarde vi la película basada en el libro, tuve la tendencia a tomar partido, quería que al final los indios sobrevivieran a la masacre portuguesa, que los valientes jesuitas tomaran las armas y se unieran a Robert de Niro y lo apoyaran en la lucha hasta derrotar a los colonizadores.Pero no fue así, todos los indios fueron exterminados, las chozas quemadas y los jesuitas —según el libro y el filme— también. Entonces es cuando se retorna a la realidad y queda el alivio de que eso ya pasó y que el tiempo cura todo tipo de heridas sentimentales, o como bien decimos los nicaragüenses: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.
Tiempo después, en 1989 —cuando ocurrió el huracán Juana— leí un artículo en LA PRENSA titulado “El país de Sísifo”. Sísifo, según la mitología, fue un griego castigado —por los si-glos de los siglos— a rodar una roca colina arriba, y cuando estaba por llegar a la cima y lograr su objetivo, la roca rodaba por encima de Sísifo y retornaba a su punto de partida. El autor, en su artículo, hace clara referencia a Nicaragua.
El libro del Dr. en Literatura Romántica, Juan Durán Luzio, titulado “Bartolomé de Las Casas, ante la conquista de América. Las voces del historiador”, me causó igual impresión que los escritos anteriores, pero lo que más llama la atención es que en este ensayo queda aún más evidente el sentimiento de impotencia ante los poderosos y todos aquellos que rigen el destino de las razas y los pueblos.
En el ensayo se analiza a dos “utópicos”, Bartolomé de Las Casas y Tomás Moro, uno en un continente remoto tratando de salvar los indios y pretendiendo que se podía convivir en armonía con los colonizadores y los indios de manera más humana —quizás menos garrotazos y un poco más de comida, lógico, esto era para los indios, pues no eran considerados como humanos por las autoridades religio-sas—. La relación en estas comunidades agrícolas, según la visión lascasiana, era asentar a cuarenta españoles con sus familias con doscientas familias indias y hacer producir la tierra, enviar la parte de la producción que le tocaba al rey y el resto repartírselo como “hermanos”.
El otro, era en una isla de Inglaterra, la “Utopía”, en donde todos los que en ella vivie-ran y la poblaran podrían en cualquier parte del continente formar colonias, poblar la tierra y vivir en armonía y justicia…
Pero, ¿qué tiene que ver esto con el presidente de Nicaragua, don Enrique Bolaños? Pues mucho, pues la lucha que él ha emprendido es una lucha lascasiana, tocando puertas a diestra y siniestra sin que “sus propios diputados” lo escuchen, tratando tímidamente de ejercer la “justicia” en este país. Igual que el padre Bartolomé buscaba justicia para los indios, Bolaños cree que encontrará justicia para los nicaragüenses, escuchando planteamientos como la isla de Utopía, en donde todos podamos vivir mejor.
El modelo en Nicaragua, según el señor Jorge Salaverry (columnista de LA PRENSA), serían las zonas francas, en las cuales nuestras mujeres y hombres vivirán una vida de trabajo más digna entre asiáticos y nicaragüenses, obteniendo más y mejores resultados económicos —¿para quién?, los lectores dedúzcanlo—. Si estas industrias aumentan de número en Nicaragua, en ellas no habría explotación, pues él no lo vio, como tampoco vio el extermino de indios el clérigo en 1516, y es que es difícil ver lo que no se siente en carne propia.
No sé si don Enrique es de estos utópicos seguidores de Tomás Moro, pero creo que los nicaragüenses hemos visto algo de “esperanza” en su gestión. La mayoría de los diputados del PLC lo han dejado solo, pero Bartolomé de Las Casas quedó igual de solo, y después de 50 años de escribir y protestar en contra de la barbarie indígena se rindió, “tiró la toalla” y no dio a luz a sus escritos. Ojalá que don Enrique y tantos otros que creemos en la utopía de Nicaragua, no quedemos desconsolados…
Juan Durán Luzio describe en una frase la causa del fracaso del Apóstol de los Indios, “… y es que el oro y la plata cerraban el camino a cualquier posibilidad de levantar una utopía en Nuevo Mundo”.
El autor es ingeniero investigador,
Universidad del Norte De Nicaragua 
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