Del alcohol al suicidio recurrente
 |
|
|
Moisés Gutiérrez Navas. |
| |
Leslie Ruiz Baldelomar leslie.ruiz@laprensa.com.ni
Los efectos del alcohol provocaron que Moisés Gutiérrez Navas intentara suicidarse en tres distintas ocasiones. En una de ellas, casi pierde la vida. “Yo era un chavalo normal que estudiaba primer año de medicina en una universidad nacional. Incluso, era uno de los alumnos sobresalientes de la facultad. Pero tenía amigos raros, de aquellos que conciben el mundo diferente a los demás”, cuenta.
Ése fue el punto de partida de su tragedia. “Las primeras veces que me fui de parranda con mis amigos me lanzaba una botella de ron y te juro que me emborrachaba, pero a las horas estaba bien. Pero después me fue gustando hasta que empecé a beber guaro con frecuencia”. Para Gutiérrez era como un aliciente ante la supuesta falta de amor, atención y respeto por parte de sus padres, sobre todo de su papá que nunca se responsabilizó por él.
“Mi roco (papá) nunca se interesó por saber qué me pasaba, ni mucho menos por ayudarme a crecer tanto como persona y como profesional. Prácticamente era un hijo transparente”, comentó el joven de 23 años. Su vida de alcohólico le robó 5 años de su vida y 3 de su carrera universitaria.
Llegó a caer tan bajo, que se vio en la necesidad de vender su ropa, sus zapatos y hasta los artículos decorativos y de uso doméstico de su casa para comprar una “pescuezona”, nombre vulgar utilizado para referirse a la botella de licor.
Moisés Gutiérrez ya formaba parte de la lista de alcohólicos sin retorno. A veces amanecía postrado en las calles, sin un córdoba en la bolsa, sucio, despeinado y odiando a las personas que no comprendían su comportamiento.
“Creo que lo único bueno es que nunca me gustaron las drogas”, fue el comentario irónico del ahora rehabilitado social. Además negó haber tenido problemas policiales por su enfermedad.
SUICIDIOS FRUSTRADOS
Lo primero que se le ocurrió fue colgarse de un mecate en la solera de su cuarto, pero el destino hizo que la mamá lo encontrara justo a tiempo. Un segundo intento frustrado fue cuando se quiso cortar los pulsos y finalmente narra que una vez se tomó una sustancia que ni siquiera sabía de qué se trataba. Esta vez se lo llevaron al hospital y le practicaron un lavado estomacal.
“Me sentía grave, no pasaba de ser un estorbo social”, por lo que decidió buscar ayuda profesional en la fundación DIANOVA, un centro de rehabilitación para jóvenes adictos a las drogas y el alcohol. Su ingreso fue el 6 de diciembre del 2001. Seis meses después se integró a la lista de rehabilitados dispuestos a reinsertarse a la sociedad.
“Mi familia me apoya al máximo. Ellos están contentos de que vuelva a ser ese chavalo alegre, con energía y con ganas de salir adelante”, expresó el joven. Añadió que esta mala experiencia sólo significó un desvío en su camino y que sólo la recuerda para hacerse más fuerte. 
|